Un golpe de realidad

CAPITULO 29 - El circulo se cierra

El círculo se cierra

La mañana no trajo luz a la habitación de Micaela.

Solo sombras alargadas que se filtraban por los bordes de las gruesas cortinas de terciopelo que Jackson había cerrado la noche anterior.

Micaela permaneció sentada en el borde de la cama durante más de una hora, vestida con un pantalón negro y un suéter holgado, mirando fijamente la puerta cerrada.

El sonido metálico de herramientas en el pasillo le confirmó lo que ya sabía: estaban cambiando las cerraduras del ala este.

«La biblioteca fue un error».

Aquellas palabras se repetían en su mente con una insistencia cruel.

No le dolía el encierro. Le dolía la mentira. Le dolía que, en el instante en que ella había comenzado a bajar la guardia, él hubiera levantado un muro de hielo más alto que los de la propia mansión.

Un par de toques suaves anunciaron una visita.

—Adelante.

La puerta se abrió y Elena entró con una bandeja pequeña. Detrás de ella, en el corredor, Micaela alcanzó a ver a dos hombres armados custodiando el pasillo. Uno de ellos era de los Carter; el otro vestía el abrigo oscuro de los hombres de Alexander.

Elena cerró con cuidado.

—Te traje té. Supuse que no querrías bajar al comedor.

Micaela intentó componer una sonrisa, pero no lo logró.

—Gracias.

Elena dejó la taza humeante sobre la mesa de noche y se sentó en un sillón cercano. Sus ojos claros recorrieron la habitación en penumbra, las cortinas selladas y la expresión apagada de su hija.

—Es sofocante, ¿verdad?

Micaela levantó la mirada.

—Siento que el aire aquí dentro no es real.

Elena suspiró suavemente y apoyó las manos sobre su regazo.

—Durante veinte años viví en una casa donde cada ventana estaba blindada y cada rincón tenía una cámara. Alexander creía que construyendo una fortaleza me mantendría a salvo de la culpa de haberte perdido. Pero las fortalezas no curan el miedo, Micaela. Solo te enseñan a vivir con él.

—No sé a quién le tengo más miedo —admitió Micaela en un susurro áspero—: a la persona que me está buscando o a las personas que dicen que me están protegiendo.

Elena la miró con una ternura desarmante.

—Los hombres de este mundo solo conocen una forma de cuidar lo que aman: construir jaulas. Jackson... Alexander... Gonzalo. No saben hacerlo de otra manera. Pero no significa que debas acostumbrarte a ser un pájaro enjaulado.

Micaela apretó la taza caliente entre sus dedos. Por primera vez, en medio de la frialdad de esa casa, sintió que las palabras de Elena no buscaban moldearla ni reclamarla. Solo intentaban entenderla.

En el despacho de Richard Carter, el aire era espeso, casi irrespirable.

Sobre el gran escritorio de caoba no había contratos ni botellas de licor.

Solo una fotografía.

Micaela junto a la fuente.

Richard Carter estaba de pie frente al ventanal, observando el patio interior con las manos cruzadas a la espalda. Gonzalo Stevens permanecía sentado en un extremo, con los labios apretados en una línea pálida y rígida. Al otro lado, Alexander Volkov apoyaba los puños sobre la mesa, con una furia contenida que amenazaba con hacer trizas la madera.

Jackson permanecía en una esquina, junto a Matteo, con los brazos cruzados y la mandíbula en tensión.

—¿Una foto tomada desde el invernadero? —la voz de Alexander resonó como un trueno contenido—. ¿Me estás diciendo que acepté que mi hija se quedara bajo tu techo, Richard, y permitiste que una rata se paseara por los tejados a fotografiarla?

Richard ni siquiera parpadeó al girarse.

—El sistema de sensores fue desactivado durante cuatro minutos exactos —respondió con frialdad matemática—. No hubo rastros de pisadas, ni huellas en los accesos. Quien lo hizo sabía qué cámara apuntaba a dónde y a qué segundo cambiaba el ciclo de grabación.

—Fue alguien de adentro —intervino Gonzalo con voz ronca.

Todos lo miraron.

Gonzalo levantó la vista, mostrando ojeras profundas.

—En España ocurrió lo mismo. Sabían la ruta del hospital, el blindaje de los vehículos, los horarios de cambio de turno. No es un grupo improvisado de sicarios. Es alguien con recursos infinitos y ojos en todas partes.

Alexander golpeó la mesa con la palma abierta.

—Pues se acaba aquí. Mis hombres ya están en camino desde San Petersburgo. Sacaré a Micaela de Italia antes de la medianoche.

—Si intentas moverla a un aeropuerto, firmarás su sentencia de muerte —soltó Jackson, dando un paso al frente.

Alexander clavó sus ojos gélidos en el joven Carter.

—Cuida tu tono, muchacho.

—Es la verdad —replicó Jackson sin retroceder un solo milímetro—. Si el objetivo fuera Gonzalo o usted, ya habrían puesto un coche bomba en la entrada. Pero quieren a Micaela viva. La están rastreando, esperando que cometamos el error de sacarla a carretera abierta para interceptarla.

Gonzalo asintió despacio, con pesar.

—Jackson tiene razón, Alexander. Sacarla ahora es jugar a la ruleta rusa con su vida.

El despacho quedó en un silencio de tregua forzada.

Tres imperios criminales. Tres hombres que en cualquier otra circunstancia jamás habrían respirado el mismo aire sin derramar sangre.

Richard se acercó al escritorio y colocó una mano sobre los documentos de seguridad.

—Haremos lo siguiente —dijo con la autoridad que no admitía réplicas—. Mis hombres mantendrán el anillo exterior de la propiedad. Los soldados de Alexander tomarán las entradas principales y los tejados. Y la seguridad personal de Micaela quedará bajo un protocolo cerrado.

Alexander lo observó durante varios segundos, midiendo sus palabras.

—¿Quién estará a cargo de ese protocolo?

Richard miró a su hijo.

Jackson sostuvo la mirada de su padre sin pestañear.

—Yo —dijo Jackson con voz firme—. Y Matteo. Nadie más entra a esa ala sin nuestra autorización. Ni guardias italianos, ni rusos, ni españoles.




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