Ataque
—¡Quiero verla! —exigió Astor.
—Cálmate, Astor —pidió Leo.
—No puedo. Ella es mía.
Leo quedó sorprendido ante las palabras de su león. Nunca había hablado con tanta pertenencia sobre una mujer.
—No es una de nosotros. Ni siquiera es una leona de clase baja —se molestó Leo.
—No me interesa qué raza es. La reclamé como mía. Me entregó su cuerpo y su inocencia.
Leo se sorprendió aún más. Su león había estado presente esa noche; es más, había tomado el control en su primer encuentro.
—No puedes reclamarla como tuya, Astor.
—Lo haré, y tú no vas a impedirlo —sentenció, retirándose al fondo de su mente.
—No, Astor. Astor, te estoy hablando.
Por más que Leo lo llamó, Astor no respondió.
—¿Qué sucede? —preguntó Blake al ver la contienda que se libraba en el rostro del rey.
—Astor se volvió loco.
—¿De qué hablas?
—Nada, yo me arreglo con él luego. Consígueme la información de ella.
Blake salió de la oficina. Sabía que debía tenerla lo antes posible.
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Shera regresó a las tiendas y se unió a los demás. El atardecer llegó, compartieron entre todos y, al anochecer, cada quien se encerró en su carpa.
—Shera —la llamó su amiga—. ¿Cómo te sientes? ¿Ya estás mejor? —preguntó, refiriéndose a sus recuerdos.
—Estoy bien, ya me he olvidado de eso —respondió Shera, pensando que su amiga hablaba de su escape con aquel extraño—. ¿Tú lo conoces, verdad? —preguntó.
—No hablo de eso, sino de los recuerdos con tu padre. —Shera abrió los ojos de par en par y se sonrojó—. Y sí lo conozco, él es…
—No quiero saber —la interrumpió.
—Bueno, está bien. —Sheila cambió el tono—. ¿Cómo te sientes?
—Estoy bien. Aunque papá me haga falta, venir a estos lugares me hace sentir que está conmigo —contestó con una sonrisa.
Al día siguiente, ambas se levantaron muy emocionadas. Tomaron una ducha, se vistieron, desayunaron y se prepararon para empezar el día explorando las cuevas.
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Leo, por su parte, no pudo pegar el ojo en toda la noche. No podía creer que Astor no se hubiera comunicado con él ni en el resto de la tarde ni en toda la madrugada.
Por la mañana su humor era irreconocible. Pidió que no lo molestaran y prefirió encerrarse a trabajar; eso era mejor que pagar su malhumor con alguien más.
Blake llegó al castillo a comunicar sus hallazgos y poner al tanto al rey de su investigación.
—Señor Blake —lo saludó uno de los guardias—. Su majestad está de mal humor hoy.
—Prepárate, que su humor va a empeorar —contestó Blake.
Caminó hasta el estudio de Leo y tocó la puerta. Un gruñido se escuchó desde dentro, pero Blake abrió sin importarle.
—¿No dije que no estoy de humor? —fue lo primero que escuchó al entrar.
—Y tu humor va a empeorar —contestó Blake.
Lo miró por unos segundos, estudiando en qué estado se encontraba y si era conveniente decir algo o mejor esperar un poco más. Leo le devolvió la mirada, dejando claro que no estaba para chistes.
—Bueno, hermano, al parecer te levantaste del lado contrario de la cama —se mofó—. ¿Se puede saber por qué estás así?
—Astor está de mal humor desde que dijiste que la chica se va a casar —confesó Leo.
—¿Qué? ¿Y qué tiene eso de malo? Está en todo su derecho. No es una de nosotros.
—Sí, pero a Astor se le metió en la cabeza que ella será nuestra y la reclama como suya.
Blake se quedó mudo. ¿Cómo podía un león reclamar a una humana, y más el rey, el león más fuerte de la manada y de toda la sabana?
—¿Cómo es eso? —preguntó, aún aturdido.
—Yo tampoco lo entiendo, Blake. Ella no puede ser nuestra pareja, pero Astor…
Sus palabras fueron cortadas, porque Astor había tomado el control y dejado a Leo a un lado.
—¿Dónde está? —preguntó una voz gruesa.
—¡Astor! —exclamó Blake—. Su majestad, ella no está.
Un rugido de molestia retumbó en la oficina.
—¿Dónde? —se limitó a preguntar.
Blake dudó entre mentir o decir la verdad. Prefirió arriesgarse y decirla: no quería mentirle al rey y mucho menos ser tachado de traidor.
—Está en la sierra, su majestad, con Sheila. Andan de excursión con otros humanos y leones guías.
Un estruendo resonó en la oficina cuando Astor estrelló las manos contra la madera. Sin decir nada más, le cedió el control a Leo.
Leo quedó anonadado. Respiró profundo y miró a Blake.
—Manda a algunos leones a vigilar —se limitó a decir.
—En seguida. —Blake obedeció sin objetar.
—¿Y lo demás? —preguntó Leo.
—Aún no he podido ingresar a los archivos. Tendré que buscar a un león experto que pueda abrirlos, o podemos…
—No, ni se te ocurra —lo interrumpió Leo, casi gritando.
—Pero es el único que puede darte respuestas, el único que tiene las claves para saber sobre esa mujer.
—No voy a recurrir a él. —Leo apretó los puños.
Hacía años que no lo veía. Desde que dejó el poder en sus manos, no se habían vuelto a ver.
—Seguiré intentando. —Blake dio media vuelta y salió.
Debía escoger a los leones que mandaría a la sierra.
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Shera y Sheila exploraban las cavernas, maravilladas por su belleza. Algunas estaban iluminadas por cristales incrustados en las paredes, y el agua, gota a gota, había tallado formaciones con los años. Las aguas subterráneas eran cristalinas.
Pasaron todo el día explorando y, antes del atardecer, regresaron al campamento.
Mientras tanto, Blake aún no conseguía abrir los archivos confidenciales de Shera. ¿Por qué tanto misterio con su nacimiento y con el lugar de donde provenía?