Un Hijo Para el Rey León

CAPÍTULO 6

La protegida

Leo salió de la carpa con la mente todavía enredada en lo que acababa de pasar. Astor no había vuelto a decir palabra desde que cortó el vínculo, y el silencio en su cabeza se sentía más pesado que cualquier discusión.

Llamó a uno de los leones guías que custodiaban el campamento.

—Quiero que se queden cerca de las dos mujeres hasta que terminen la excursión. Que no se enteren de que las vigilan. Si ven una sola hiena, me avisan de inmediato.

—Sí, majestad.

Leo se quedó un momento mirando hacia la sierra. En algún lugar de esas cavernas estaba ella, y lo que no dejaba de repetirse era que nada de lo que la rodeaba tenía sentido. La habían criado entre leones, pero la información de su origen estaba clasificada. Una mujer común, repostera, a punto de casarse, protegida por alguien que se había tomado la molestia de borrar su pasado. ¿Por qué tantas molestias con ella? ¿Qué era lo que querían esconder?

No lo pensó más. Subió al Jeep y condujo de vuelta al castillo, decidido a saber quién era Shera. Tendría respuestas de una u otra forma.

El camino fue largo. Astor seguía en el fondo de su mente, callado pero presente, y Leo lo sentía como quien espera a que el otro ceda primero.

—Sé que me escuchas —gruñó—. No voy a admitir nada.

Silencio.

Apretó el volante. Había algo más que le daba vueltas: que su padre fuera quien clasificó la información de Shera. Su padre, que un día lo llamó al salón del trono y le entregó el poder sin explicaciones ni instrucciones, y que después se marchó sin mirar atrás.

«¿Qué escondes, viejo?», pensó, y la rabia que creía enterrada le subió por la garganta.

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Mientras tanto, Blake hacía todo lo posible por abrir aquellos archivos, pero no daba con nada. Algunas carpetas estaban vacías y otras lo conducían a más carpetas, pero ninguna contenía información relevante.

—Pude pasar la seguridad de esta —le informó el hacker que había contratado.

—Haz todo lo posible para abrirla y no dejes que ese archivo se corrompa como los otros.

—No se corrompieron. Ese virus troyano lo eliminé, pero solo era un señuelo.

Blake no sabía qué más hacer. La única solución que veía viable era que Leo le preguntara directamente a su padre, pero hacía años que no se hablaban, desde que el viejo rey lo obligó a tomar el trono sin que él estuviera listo y sin haberlo instruido.

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—Señor, alguien está tratando de entrar a los archivos de la protegida —comunicó un hombre corpulento al hombre que permanecía sentado frente a un ventanal.

—¿Es de la manada? —preguntó el hombre de cabello largo y canoso.

—Sí, señor.

—Ya saben qué hacer.

—Estamos en eso, señor.

—Quiero la información de quien busca desenterrar el pasado.

El otro hombre no respondió. Giró sobre sus talones y salió de aquella habitación oscura.

Los ojos del hombre canoso brillaron en la penumbra, incandescentes y rojos. Y, como cada vez que alguien tocaba aquellos archivos, recordó unas palabras.

—Cuídala. No dejes que ellos lleguen a ella. Si es posible, borra toda su información. —Hizo una pausa—. Prométeme que cuidarás de ella.

—Cuidaré de ella —le prometió al hombre que yacía en el suelo.

—No le digas que morí por protegerla.

—No lo haré.

—Cuida de mi hija.

—Lo haré.

Apretó los puños.

—Prometí protegerla a toda costa, y eso haré. Nadie debe saber quién es.

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—Ya casi lo logro —celebró el hacker que ayudaba a Blake. Pero de pronto exclamó—: ¡Oh, no! Los archivos se volvieron a encriptar.

Blake observó cómo la pantalla del ordenador se llenaba de números y, de repente, quedaba negra.

—No, no… —dijo el hombre, presionando las teclas, pero la pantalla no respondía.

Entonces aparecieron unas letras:

«Deja el pasado enterrado, no quieres desatar una guerra».

La pantalla se apagó de nuevo. Blake y el hombre se miraron sin entender.

—«Deja el pasado enterrado, no quieres desatar una guerra». ¿Qué significa esto?

—No sé —respondió el hombre.

—Ni una sola palabra de esto —amenazó Blake.

El hombre solo asintió. Blake salió de aquel cuarto. Debía informar a Leo de los problemas que habían tenido al tratar de abrir los archivos.

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Cuando Leo llegó al castillo, bajó del Jeep y vio a Blake esperándolo en la entrada.

—Dime que me tienes algo.

—Estuvimos a segundos de desencriptar el archivo, pero no se pudo. Es más, se le fundió el disco duro al computador que usábamos —informó Blake—. Además, recibimos una advertencia.

—¿Qué clase de advertencia?

Blake le mostró su teléfono. Había tomado una fotografía de la pantalla cuando apareció el mensaje.

Leo lo leyó dos veces. Su mandíbula se tensó.

—Alguien se está tomando muchas molestias para que no sepamos nada de esa mujer. ¿Qué es lo que quieren esconder de ella?

—No lo sé, Leo, pero sospecho que detrás de Shera Duncla hay algo muy turbio. O tal vez me equivoco.

—También lo creo. Pero ¿quién la protege tanto?

—¿Crees que alguien la protege?

—Por supuesto que es la protegida de alguien, y esa persona es quien mandó este mensaje. —Leo miró a Blake, pensativo—. Si damos con esa persona, obtendremos información de Shera. Por ahora es mejor mantenerla bajo vigilancia…




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