¡Estás embarazada!
—No voy a permitir que te marches.
Shera giró hacia él.
Sus miradas se encontraron justo como la primera vez. Ella vio ese brillo en sus ojos y parpadeó al reconocerlo. Su corazón latía de forma frenética, en el estómago sintió contracciones y algunos recuerdos sacudieron su mente: los besos, las caricias, la forma en que él la hizo suya, sus jadeos y quejidos.
—Usted no es quien para decirme que no me puedo marchar —dijo, esforzándose por sonar firme—. No pertenezco a esta manada, así que no puede retenerme.
El rostro de Leo se contrajo.
Nadie se había atrevido a enfrentarlo desde que tomó el trono, y esa mujer, esa humana, lo hacía frente a su gente. Pero eso no importaba en ese momento; ya se encargaría después de enseñarle a respetar al rey.
Lo principal era lo que ocurría en el cuerpo de ella. Estaba empezando a gestar a su cachorro. Al fin tenía lo que tanto quería, y lo peor era que una humana sería la madre de su sucesor.
—No tengo motivo para quedarme en este lugar —alegó Shera, dando dos pasos.
—Yo te daré el principal motivo —dijo Leo, avanzando dos pasos más y quedando a escasos centímetros de la rubia.
Abrió la boca para continuar, pero el aroma que ella desprendía enloquecía a su león, y a él también, y no lo dejaba pensar con claridad.
—Mi padre está muerto. Solo vengo aquí por honor a su memoria y por mi amiga, pero no hay nada que me ate a este lugar.
Todos estaban impresionados por la forma en que Shera le hablaba al rey.
Leo sonrió y acortó la distancia que faltaba, hasta que su cuerpo quedó pegado al de ella.
—Dime qué te recuerda esto —susurró en su oído.
Shera se estremeció y recordó aquel beso en el cuello que la catapultó al clímax.
—Tu cuerpo se estremece. Eso me hace saber que lo recuerdas.
Shera negó con la cabeza.
—¿Qué fue lo que me hiciste? —preguntó, dando un paso atrás.
Para entonces Blake ya había sacado a todos del lugar. Los únicos que permanecían dentro eran Shera y Leo.
Afuera, Sheila se acercó a Blake.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué el rey no deja ir a Shera? Lo que sucedió no es para que él tome esa actitud con ella. Ella ni siquiera sabe que Leo es el rey, no sabes los problemas que eso le va a causar —dijo con la cabeza inclinada.
Debía respetar el rango de Blake en la manada: después del rey, era el segundo al mando.
—No sé qué sucede, Sheila, pero si el rey dice que Shera no se puede marchar, sus razones tendrá —respondió Blake, sin entender siquiera por qué Leo le había dicho a la humana que no podía irse.
Dentro, Shera y Leo seguían discutiendo.
—¿Acaso no recuerdas esa noche, o estabas ebria? —argumentó Leo.
Shera soltó un suspiro y dio un paso para marcharse.
—No voy a perder mi vuelo por ti —le dijo con seriedad, aunque por dentro sentía el deseo de besar y acariciar a ese hombre, y no entendía por qué.
—Dije que no te voy a dejar marchar. —Leo la interceptó antes de que diera otro paso.
—No estoy para juegos.
—¿Crees que estoy jugando?
—Entonces déjame ir.
—No lo haré. Tienes algo que me pertenece —argumentó.
—¿Algo que te pertenece? No tengo nada tuyo, estás demente. Ni siquiera sé de dónde eres ni dónde vives —replicó ella.
—No hablo de algo material. Hablo de mi semilla.
Shera frunció el ceño.
—¿Qué semilla? Sé más específico.
No entendía de qué pertenencia hablaba. Se quedó pensativa: tampoco se había llevado nada de él aquella noche.
Leo, por su parte, buscaba las palabras exactas para decirle que lo que ella tenía de él era su hijo.
—Llevas en tu vientre a mi hijo —rugió Astor, ya cansado.
—¿Qué? —Shera se quedó aturdida.
—Tienes a mi hijo creciendo en tu vientre —repitió Leo.
Shera se estremeció y lo observó.
—No seas mentiroso. ¿Cómo podrías saber que estoy emb…? Si ni siquiera hace diez días que tú y yo…
—Eso no importa. No importa cuántos días hace de nuestro encuentro. Soy un león y…
—Ya deja tus mentiras, deja de inventar. No voy a seguir perdiendo mi tiempo contigo.
Las manos de Leo se volvieron puños. Respiró hondo, se acercó a Shera y la olfateó. Sus fosas nasales se inundaron de ese inconfundible aroma.
—¿Crees que estoy inventando todo? ¿Crees que quiero que seas tú quien…? —No terminó, porque Astor lo interrumpió.
—No te atrevas, Leo.
—¿Y cómo quieres que se lo diga, dime? Esta mujer es una cerrada —gruñó Leo.
—Ya basta. No voy a seguir hablando contigo, y mucho menos escuchándote. —Shera se apartó de él y dio cuatro pasos hacia la salida.
Leo y Astor estaban seguros de que en el vientre de esa mujer yacía su hijo. No había otra explicación para que sus aromas estuvieran combinados.
—Llevas en tu vientre a mi hijo —vociferó a todo pulmón, ya cansado de repetirle la misma frase y de explicarle por qué no podía dejarla ir.
Sus puños se abrían y se cerraban, y sus venas palpitaban por la impotencia.
—Eso no es cierto, yo no podría, no pertenezco a tu raza. Ustedes solo… eso significa…
Shera lo miró con los ojos vidriosos. Sabía que llevar al hijo de un león en su vientre podía condenarla para siempre.
—No, no, no es cierto —dijo, y su cuerpo empezó a temblar por el miedo.
Se acercó a él con pasos temblorosos y colocó las manos sobre su pecho.
—Dime que no es cierto. Dime que no es verdad —le pedía con la voz quebrada—. Sabes lo que puede pasar conmigo y con él.
Leo la miró. Era cierto: ella podía morir antes de tener al cachorro, o después. El linaje de él era muy fuerte, y eso podía costarle la vida.