Secuestrada
—Sabes lo que puede pasar conmigo y con él.
Leo la miró. Era cierto: ella podía morir antes de tener al cachorro, o después. El linaje de él era muy fuerte, y era posible que ninguno de los dos sobreviviera.
—¡Dime que no es cierto! —gritó Shera.
—Quisiera que fuese así —respondió Leo, con sinceridad.
Shera negó. Miró al hombre y negó de nuevo. Eso solo podía ser una artimaña para que se quedara, pero ¿con qué objetivo?
Leo no sabía qué hacer. ¿Cómo era posible que esa mujer llevara al futuro rey en su vientre? Ahora más que nunca necesitaba saber quién era. Una cosa era que se hubieran acostado y otra muy distinta que ella hubiera podido concebir a la primera.
«Tal vez deba dejarla ir. Tal vez mi hijo muera junto con ella», pensó.
—Ni se te ocurra, Leo. No te vas a deshacer de ella. La vas a llevar a casa. Sé que nuestro hijo nacerá.
—Es humana, Astor. ¿Es que no lo entiendes? No va a aguantar nuestra sangre.
—Si no la hubiera aguantado, ya habría perdido a nuestro hijo. Ni siquiera se estaría gestando.
—¿Cómo lo sabes? Ni siquiera tienes la certeza de que ella lo tendrá.
—Yo sé que lo tendrá, y tú te vas a tragar tus palabras. Ahora llévala al castillo, manda preparar una habitación para ella y dale todas las comodidades que merece.
—No, yo no puedo estar embarazada de un león. No puedo, no puedo… —repetía Shera, negando.
Leo giró hacia ella y la miró por unos segundos. La seguridad que había mostrado minutos atrás se había desmoronado, y ahora se veía más frágil de lo que aparentaba. Estaba vulnerable, eso era seguro.
—Ya basta. Te vas conmigo —le comunicó.
—No iré contigo a ningún lado —respondió con voz quebrada—. No puedes obligarme —lo retó.
Eso molestó a Leo, que en dos zancadas quedó a su lado y le tomó la barbilla para que lo mirara.
—No te pregunté si querías venir conmigo. Dije que te vas conmigo, y no está a discusión.
Tomó la maleta que estaba en una esquina.
—Vienes por tus propios medios o te atienes a las consecuencias.
—Dije que no me iré…
No terminó la frase, porque ya estaba siendo alzada y puesta sobre el hombro de aquel hombre. Empezó a patalear y a golpearle la espalda, golpes que no le hacían daño en absoluto.
—Quédate quieta —dijo él, saliendo del local.
—¡Auxilio! Este hombre me está secuestrando. ¡Hagan algo, por favor! —gimoteaba Shera.
Sheila y Blake miraron la escena. La primera en reaccionar fue Sheila.
—Su… Su majestad, ¿qué está haciendo? Si Shera hizo algo, no la castigue —pidió.
Un auto se estacionó junto a Leo. Él subió a Shera y miró a Sheila, pero no le dirigió ninguna palabra.
—Majestad, por favor, si va a castigarla, castígueme a mí —suplicó por su amiga.
Blake se acercó y la sujetó por el hombro.
—No creo que el rey vaya a castigar a tu amiga —le susurró.
La voz de Shera pidiendo ayuda se escuchaba dentro del auto. La puerta se cerró y el vehículo arrancó de inmediato.
Tanto Blake como Sheila estaban confundidos. ¿Qué había pasado dentro del local después de que todos salieron? Blake se enteraría en el transcurso de las horas, o de los días.
—No puedes hacerme esto —le gritó Shera.
—Puedo, y lo haré. Mientras lleves a mi hijo en tu vientre, harás lo que yo diga —rugió Leo.
—Estás demente. No tengo ningún síntoma de embarazo. —Se cruzó de brazos.
Cuanto más se enojaba, más deliciosa le resultaba su aroma a Leo y a Astor. Leo ponía todas sus fuerzas en controlarse para no saltar sobre ella y hacerla suya como aquella noche.
En el auto no se escuchó nada más que el rugido del motor. Al llegar al castillo, Leo bajó y esperó a que Shera bajara, pero ella no se movió.
—¿Esperas una invitación?
—No voy a bajar. Quiero que me lleves de vuelta. Es más, llévame al aeropuerto, y te juro que no volveré a pisar estas tierras. ¿Por qué no me llevas ante el rey? —Leo sonrió.
—¿Y con quién crees que estás hablando? ¿Quién crees que soy yo?
Shera lo miró detenidamente y sus ojos se abrieron de par en par. Con la frustración de la noticia no había visto bien a aquel hombre. Su rostro le resultaba conocido, pero no le había dado importancia. Se llevó las manos a la boca. Ahora entendía por qué se le hacía tan familiar: tenía un parecido al rey Dakon. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?
—Vas a salir.
—No, quiero irme de este lugar.
—Ya te dije que no será posible.
—Entonces me quedaré aquí.
—Me has colmado la paciencia —dijo, ya furioso.
Metió medio cuerpo en el auto y arrastró a Shera hasta el borde del asiento. No le importó que ella lo arañara ni que le diera manotazos. La subió a su hombro y se adentró en el castillo. Subió las escaleras hasta la habitación contigua a la suya y la colocó en la cama, inclinándose sobre ella.
—Escúchame bien: te quedarás aquí hasta que yo diga. No saldrás sin mi consentimiento. ¿Estamos?
—Me tendrás aquí obligada, en contra de mi voluntad. No importa si eres el rey o no: ¡esto es un secuestro, para que lo sepas! —le gritó.
—Llámalo como quieras. No te irás de aquí. Eres mi pareja…