Soy tu prisionera
Shera se quedó inmóvil bajo el cuerpo de Leo. Las palabras "eres mi pareja" le retumbaban en la cabeza.
Conocía las leyes de la manada, Aión se había encargado de enseñárselas. Cuando el rey nombraba a una hembra como suya delante de su gente, ya no era una simple visita. Y ella no podía negarlo sin que su rechazo se tomara como una afrenta al trono.
—Eso no es verdad —susurró—. Ni siquiera soy una leona.
—No necesitas serlo para que mi palabra tenga peso —respondió Leo, sin apartar la mirada.
Se incorporó despacio. Shera se levantó de la cama y retrocedió hasta quedar frente a la ventana, lo más lejos de él que la habitación permitía.
—Entonces dilo como es —le dijo, con la voz firme a pesar del temblor de sus manos—. Soy tu prisionera.
—Eres mi invitada.
—Una invitada puede irse cuando quiere.
Leo apretó la mandíbula. Astor, desde el fondo de su mente, gruñó con desaprobación.
—Le estás hablando como a una enemiga —le reprochó—. Ella tiene miedo, y tú lo empeoras.
—Ella quiere huir. No pienso permitirlo.
—Entonces dale una razón para quedarse, no una jaula.
Leo ignoró a su león y caminó hacia la puerta.
—Te traerán comida. Tu maleta está junto a la cama. —Se detuvo con la mano en la manija, sin girarse—. Nadie va a hacerte daño aquí. Eso te lo prometo.
—Lo único que quiero es mi teléfono —dijo ella.
Leo se tensó. Recordó las líneas del informe que había destrozado: «Shera Duncla, comprometida con…» Y recordó la furia de Astor al leerlas.
—Mañana —respondió con sequedad.
—Tengo que hablar con mi…
—Mañana —repitió, y salió.
Shera oyó los pasos alejarse. No oyó llave. Probó la puerta y cedió. Al abrirla vio, al fondo del pasillo, a dos guardias que se enderezaron al verla. No hacía falta ningún cerrojo.
Cerró despacio y se dejó caer al borde de la cama.
Le dolía el pecho, pero no por Leo, sino por todo lo demás: el vuelo perdido, el compromiso que no sabía cómo confesar, y esa cosa diminuta que, según un desconocido que era el rey, crecía dentro de ella. Se llevó una mano al vientre. No sentía nada. Ninguna señal, ninguna diferencia.
—No puede ser cierto —murmuró—. No puede.
Pero entonces recordó la voz del león marrón, en su cabeza. Los ojos dorados. El hormigueo. Se quedó helada. ¿Y si no era casualidad que esos ojos le resultaran conocidos?
Alguien tocó a la puerta. Era una moza joven, con una bandeja y la cabeza inclinada.
—Su comida, señorita. El rey ordenó que no le falte nada.
—No tengo hambre —dijo Shera.
La moza dejó la bandeja sobre la mesa y se retiró con una reverencia. Shera intentó ignorar el aroma. Aguantó un minuto, dos, y al tercero ya estaba comiendo con una voracidad que no reconocía en sí misma. Terminó el plato, se quedó mirando los huesos del cordero y se llevó una mano a la boca, avergonzada, aunque nadie la veía.
Del otro lado de la pared, Leo oía cada movimiento. Se había recostado contra el muro de su propia habitación, con los ojos cerrados.
—Está comiendo —dijo Astor, satisfecho.
—Está secuestrada.
—Está comiendo —repitió el león—. Eso es lo que importa.
Leo no respondió. Pensaba en el torrente de preguntas que ella había lanzado, en el miedo en sus ojos vidriosos, y en lo poco que se parecía a lo que había planeado decirle. Quería un heredero. Lo tenía. Entonces, ¿por qué se sentía como si hubiera perdido algo?
Abajo, en el patio, Blake llegaba al castillo con Sheila a su lado.
—Necesito verla —dijo ella, sin rastro de la reverencia de antes.
—Sheila, hay cosas que el rey…
—Es mi amiga, Blake. Y hay algo que ella no sabe.
Leo oyó el motor del auto de Blake desde su habitación. Se despegó de la pared, echó un último vistazo a la puerta contigua y bajó a su oficina. Si Blake venía, no era para hacer una visita de cortesía.
En el vestíbulo, Blake se detuvo y miró a Sheila.
—Espera aquí. Tengo que hablar con el rey primero.
—Blake, es mi amiga…
—Lo sé. Dame diez minutos.
Sheila asintió, con las manos apretadas contra el pecho. Blake subió y tocó la puerta de la oficina antes de entrar.
Leo estaba de pie junto al ventanal, de espaldas.
—Dilo —ordenó sin girarse.
—¿Qué quieres que diga? Entraste a una cafetería, la cargaste en el hombro delante de media manada y te la trajiste al castillo. —Blake cerró la puerta—. Eres el rey, Leo. No puedes secuestrar a una mujer y esperar que nadie pregunte.
—Nadie va a preguntar.
—Sheila ya lo hizo. Y no es la única que va a hacerlo.
Leo giró despacio. Blake lo conocía desde que eran cachorros y supo, por su mirada, que el asunto era más grave de lo que había imaginado.
—Está embarazada —dijo Leo.
Blake se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Lo olí en la cafetería. Su aroma está mezclado con el mío. —Leo se pasó una mano por el rostro—. Ella lleva a mi hijo, Blake.
—Pero es humana, no puede…
—Ya sé que no puede. —Leo le sostuvo la mirada—. Por eso no la dejé ir. Si se marcha y algo le pasa, o si pasa algo con el cachorro, y yo no estoy cerca…
—Entiendo. —Blake respiró hondo y tomó asiento—. Entonces dime cómo piensas explicarlo. Cuando se sepa que el heredero viene de una humana, el consejo no se va a quedar quieto.
—Por eso nadie lo sabe. Solo tú, yo y ella.
—Y Astor.
—Y Astor.
Blake se frotó la cara con ambas manos.
—Tienes razón en protegerla. Pero hay formas de hacerlo, Leo. Si la tratas como prisionera, solo vas a conseguir que te odie.
—Ya me odia.
—Entonces no lo empeores. —Blake se levantó—. Sheila quiere verla. Es la única persona en toda esta sabana en la que ella confía ahora mismo. Déjala.