Temor.
Miedo.
Inquietud.
Agobio.
La puerta cerrada.
¿Qué habría detrás?
Tal vez un monstruo.
Tal vez habría personas.
Tal vez habría otra puerta.
Tal vez habría un abismo.
Abrirla o no abrirla.
Exponerse o no exponerse.
Perder la incertidumbre o consumirse en ella.
Valor o cobardía.
Sus ojos ―durante mucho tiempo― no habían avistado luz.
Sus pupilas estaban deseosas de contemplar el esplendor del sol.
Mas la angustia también lo apresaba.
El saber que tras la puerta ―tal vez― no encontraría lo que ansiaba.
Sus retinas buscaban algo de claridad dentro de su oscura habitación.
El silencio predominaba, la penumbra también lo hacía.
Su espejo estaba destrozado, fragmentado, él también lo estaba.
El brillo lo perdió. Su reflejo no era más que pedazos de vidrio rotos esparcidos por el suelo.
Su vista ―con la que, milagrosamente, aun contaba― vislumbro la puerta.
El inquietante pedazo de madera con un pomo al lado.
No divisaba sus colores, sus matices, lo único que percibía era a la opacidad.
Caminó lento, sus paso pesaban.
Tocó la puerta, la áspera madera rozó con sus nudillos.
Un escalofrío recorrió su espalda.
¿Era seguro?
¿Escapar?
¿Huir?
¿Quedarse y fingir?
Sus dedos tambaleaban.
Su frente sudaba.
Sus ojos se movían de manera errática.
El pomo.
Mugriento, desusado, frío.
La madera.
Áspera, agrietada, fea.
Tomó la decisión.
No lo tocó.
Lo dejo.
Quieto, inerte.
Volvió atrás.
Viéndole fijamente.
La puerta no se abrió.
Él no pudo hacerlo.
Se condenó en su encierro.
Enjaulado como un animal salvaje.
Uno que está harto de la vida.
Uno que no supo cómo vivirla.
Sus ojos no podrán ver luz.
Sus manos no sentirán calidez.
Su reflejo seguirá roto.
Por decisión.
Por voluntad propia.
Porque lo roto sigue roto.
Porque si agrieta se fragmenta.
Porque si no lo reconstruyes se rompe.
La puerta no se abrió.
Sus miedos, penas, desgracias, desdichas.
Todo, lo consumió.
Lo saturó.
Lo desbordó.