Un hombre roto

El otro yo

En la noche, entre la penumbra.

Me acerque, lo miré.

Sentí como mi mente trataba de detenerme.

Sentí como mi cuerpo quería impulsarme.

Pasos.

Di pasos, camine hacia el otro yo.

Lo contemple fijamente.

Mis manos temblaron.

Puse sus manos en su cuello.

Lo estrangule.

Lo asfixie mientras le dejaba marcas.

El otro yo se despertó.

Trató de zafarse, pero no pudo.

Trató de soltarse, mas no lo logró.

Mis manos dolían.

Mis ojos soltaban lágrimas.

Mi boca soltaba disculpas.

Mis piernas flaqueaban.

Sentía como yo también me ahogaba con él.

Sentía la fuerza y como las manos me asfixiaban.

Sentí su mirada suplicante de milicia.

No me detuve.

No me relaje.

Seguí, lo apreté más fuerte.

Cada vez lo ahorcaba más fuerte.

Más intenso.

Más violento.

Más volátil.

Más frenético.

Más brutal.

Más brusco.

Más salvaje.

Más delirante.

Más agitado.

El otro yo estaba con una calma extraña.

Sonriendo, pero tratando de librarse.

Apreté con más fuerza su cuello.

El otro yo no habló, no se movió, no se quejó.

El otro yo sólo me vio, sólo sonrió, sólo se dejó.

El otro yo cerró los ojos.

El otro yo murió.

Me quite de encima.

Lo vi.

Vi su cadáver.

Vi mis manos.

Reí y lloré.

La habitación oscura fue testigo del despoje de ese muerto.

La habitación fue la única que presencio ese acto tan atroz.

Ya no hay otro yo.

Sólo estoy yo.



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En el texto hay: poemas, psicología oscura, elías

Editado: 07.10.2026

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