Götterdämmerung
La ciudad se nublaba, la lluvia caía de forma pasiva, casi melancólica. La personas caminaban por la calle, unas hablaban otras reían, y otras miraban. Cada mente metida en su mundo, cada paso de ellos eran automáticos. Cada risa era alegría, cada sollozo era tristeza.
Elías caminaba por la ciudad como todos ellos, reía, sonreía, era feliz. Un nuevo día había empezado para él, la oportunidad estaba frente a él, un trabajo, una nueva vida una forma de aislarse de su soledad.
Su corazón palpitaba de emoción, por fin lo habían aceptado en un trabajo serio. Por fin tendría la oportunidad de respirar un aire de oficina y no el aire de su departamento, no es que le molestara, pero estar el día ahí en un monótono y ordenado apartamento lo volvía loco.
Llegó a la puerta gigantesca de cristal, la lluvia seguía cayendo tenuemente, el con medio y nervios abrió la puerta. Cuando al abrió el aire fresco del lugar le inundo, un escalofrío le recorrió su ser. La felicidad que sentía era inigualable, una sonrisa de nervios se formó en su rostro. Elías fue a la recepción para registrase para la entrevista y luego una mujer le guió hasta la oficina.
Sus piernas flaqueaban ante la emoción, ambos llegaron y la mujer le abandonó dejándole con el entrevistador.
— ¿Elías paselaca?
— Es Passalacqua señor —le corrigió Elías.
— Como sea.
La entrevista ocurrió con normalidad, con ciertas cosas raras, como la actitud del entrevistador hacia él porque al parecer tal vez le ofendió que el corrigiera. Al final la entrevista termino y él volvió a su departamento, uno que era tan ordenado y limpio y eso lo alteraba. Cerró la puerta tras él, peor un sonido le llamó de vuelta, Elías soltó un bufido y abrió nuevamente viendo a su casera, una señora mayor, quien extendía la mano exigiendo dinero.
— La renta —dijo la señora.
— Ya voy
Ella fue ir el poco dinero que le quedaba y se lo entregó a la señora que enseguida se fue no sin antes sacarle el dedo por la tardanza. Elías soltó maldiciones inaudibles y se dejó hacer en su cama. Vio al ventana y como el sol desaparecía entre el horizonte. Suspiró con desamino, de verdad deseaba que su vida cambiara y diera un rumbo diferente.
***
La mañana empezó nuevamente y un zumbido lo sacó de su sueño, su teléfono estaba sonando. Abrió los ojos con pavor e inmediatamente tomó el teléfono entre sus manos, una persona le estaba llamando. Al contestar la llamada le fue dada la mejor noticia de su vida: Había sido contratado.
***
Los días pasaron aquel sueño se convirtió en un calvario un dolor. Los días hermosos fueron destruidos. Empezó como cualquiera y al destacar lo ocuparon como un saco de boxeo. Cada vez más trabajo, más amenazas, más humillaciones, más soledad, más tristeza, más dolor, más acoso, más gritos, más exigencia y él no se quejaba.
Si alguien le molestaba él callaba. Si alguien lo sobrecargaba el callaba. Si alguien lo calumniaba él callaba. Si alguien le amenazaba él callaba. Si alguien le acosaba él callaba. Si alguien le humillaba él callaba.
Poco a poco su espacio para trabajar se volvió en un infierno personal. No quería volver a su departamento, no así, no destruido. De un momento a otro el tiempo se volvió relativo y monótono y cuando volvió a pisar su departamento se topó con algo peor: Sus cosas fuera.
Cuando fue a reclamar la casera le informó que había otro cliente dispuesto a pagar más por ese lugar así que le echó. Elías se molestó y reclamó mas la anciana llamó a la policía para que se lo llevaran y por más que él intentó explicar todo se fue a la mierda.
Paso cuatro horas encerrado en una jaula como un animal y cuando por fin se liberó los policías se burlaron de él. Al salir la lluvia comenzó y no pudo sentirse más miserable. Tomó sus cosas y se fue a otro lugar. Se dio de baja de su trabajo y fue a vivir a otra ciudad.
Creyó que eso lo salvaría
***
Se mudó a otra ciudad y ¡vaya que las cosas empeoraron!
Al no tener contactos, ni amigos, ni familia ni compañeros, a Elías le fue mal. En cada lugar al que iba a pedir trabajo, era rechazado y humillado por no tener una buena presentación social. Claro, Elías quería trabajos de oficina, algo que implicara números, papeles, letras y demás; pero era obvio que pedía demasiado. Con eso en mente, Elías se rebajó a buscar trabajos más solicitados y que no estaban acordes a sus estándares, mas él los necesitaba porque el dinero era importante para mantenerse, para su vida diaria y para subsistir.
Cada trabajo era una tortura, no solo porque era de medio tiempo, sino también porque Elías tenía que interactuar —cara a cara— con las personas. ¡Pobre de él en su desdicha! Era un calvario lidiar con clientes enojados: algunos que reclamaban u otros que exigían. Elías era el tapete, una persona que los demás utilizaban para que afrontara los problemas.
Cada mañana, cada tarde, cada noche.
Cada segundo, cada minuto, cada hora.
Cada día, cada semana, cada mes.
Los días pasaban, y el ayer y el ahora eran conceptos tan extraños y perversos que no llegaba a comprender.
El tiempo pasaba, las inseguridades crecían, el dolor aumentaba.
Su mente lo atormentaba; su ansiedad era una tortura silenciosa, su melancolía era tormentosa.
Cada sueño era destruido hasta convertirse en una miga, una mota.
Una mancha de hollín que ennegrecía la hoja.
Comenzó a llover; no literalmente, sino metafóricamente.
Elías se destruía. Luchaba por escapar, pero nada —ni nadie— acudía a sus gritos enmudecidos de ayuda.
Intentaba encontrar un sitio de paz, mas eso era imposible.
Las gotas caían sobre la tierra, la inundaban y la arrasaban hasta convertirse en un mar a punto de desbordarse.
Y Elías llegó a un punto de quiebre.
***
— ¿No has terminado?
— No señor —respondió con cierto miedo y enojo.