KATHRYN
El zumbido insistente de mi teléfono sobre la mesa de noche me despertó a las seis de la mañana. No era una llamada, sino una ráfaga ininterrumpida de notificaciones. Me incorporé en la cama sintiendo un vuelco en el estómago que esta vez no tenía nada que ver con las náuseas matutinas.
Al encender la pantalla, el primer titular del diario financiero más importante del país me heló la sangre en las venas.
"Guerra de herederos en el Imperio Alexander: la licitación del nuevo hotel, bajo la sombra de un doble escándalo familiar"
Esa información solo podía haber sido proporcionada por una sola persona, Gala. Cada detalle del escritor era una filtración quirúrgica que detallaba con precisión milimétrica hasta las semanas de gestación de su embarazo, mi retiro estratégico en el ático y sembraba dudas sobre si Don Agustín mantendría sus millones en un proyecto dirigido por una ejecutiva que necesitaba ser protegida en el anonimato por el presidente del consorcio.
Me levanté de inmediato, ignorando el frío del suelo de mármol. Me vestí a toda prisa con un pantalón sastre negro y una blusa de seda gris, decidida a no dejarme ganar por el pánico. Subí las escaleras hacia el estudio del segundo piso a paso firme. Cuando encendí los servidores seguros y las pantallas de alta definición, el canal de comunicación con el equipo de inversión de Don Agustín ya parpadeaba en rojo. Los inversionistas internacionales exigían una declaración.
Presioné el botón del intercomunicador, modulando mi voz con esa parsimonia fría y majestuosa que siempre usaba en las crisis de mercado.
MAXIMILIANO
El sonido de los flashes de los paparazzis apostados en la entrada de la torre se filtraba a través de los reportes en tiempo real que mi jefe de seguridad me enviaba al celular. Gala había cumplido su amenaza. Había incendiado el tablero en una guerra mediátics, presentándose implícitamente ante la opinión pública como la madre del primogénito Alexander, arrastrada a un litigio corporativo por mi decisión de blindar a Kathryn en el ático.
Entré al estudio del segundo piso a grandes zancadas, con la mandíbula apretada y esa calma depredadora que utilizaba para destrozar a mis competidores. Me desabroché los botones del saco y me paré detrás de Kathryn, apoyando una mano firme sobre su hombro. Mi voz de barítono vibró con una fijeza feroz que llenó todo el espacio y cruzó la línea de audio hacia los inversionistas.
Cerré la transmisión con un golpe seco en el teclado y giré a Kathryn hacia mí, tomándola de los brazos para obligarla a mirarme a los ojos oscuros.
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Editado: 01.11.2026