GALA
El cristal de champagne crujio bajo la presión de mis dedos mientras contemplaba la panorámica de la ciudad desde mi piso. Eran las diez de la mañana. En la pantalla de mi tableta las métricas del reportaje financiero seguían subiendo, replicadas por los principales portales de negocios del continente.
Había sido un jaque perfecto. La altiva e intocable Kathryn, la protegida de Don Agustín, ahora era el centro de un debate público sobre nepotismo y privilegios en el ático de Maximiliano.
Dejé la copa sobre la mesa de cristal y esbocé una sonrisa triunfal, acariciando con una parsimonia deliberada mi vientre vacio y que ahora el mundo creía que albergaba una vida, Maximiliano pensó que un fideicomiso millonario y un batallón de abogados de su consorcio me harían replegarme a las sombras. Qué poco me conocía. Las lágrimas que derramé en el despacho de Don Agustín habían sido la inversión más rentable de mi vida. Hoy, el país entero me veía como la madre desprotegida del primogénito Alexander, despojada de sus derechos por una amante oculta.
Me di la vuelta, permitiendo que la seda negra de mi vestido se ciñera a mi cuerpo con una elegancia impecable. El escándalo mediático era solo la cortina de humo para mi verdadera jugada. Maximiliano creía que controlaba el tablero porque Don Agustín mantenía su respaldo financiero, pero el viejo patriarca dependía del quórum de la junta directiva y, sobre todo, del humor de los inversionistas minoritarios.
Pero el escándalo mediático era solo la cortina de humo para mi verdadera jugada, Maximiliano creía que controlaba el tablero porque Don Agustín mantenía su respaldo financiero pero el viejo patriarca dependía del quórum de la junta directiva. Caminé hacia mi escritorio de diseño y abrí el borrador de la convocatoria que enviaría en los próximos minutos. Una junta extraordinaria de accionistas.
Mi próximo movimiento sería letal. Aprovechando la volatilidad de las acciones del consorcio por el escándalo, exigiría la destitución inmediata de Kathryn bajo la cláusula de conflicto de intereses y riesgo reputacional. Si Maximiliano quería protegerla, tendría que congelar sus propios fondos o disolver la sociedad, lo que hundiría el imperio Alexander-Agustín por completo. Iba a obligar a Maximiliano a elegir entre el proyecto de su vida o la mujer que se escondía en su cama y con el apoyo de los inversionistas minoritarios que ya se habían tragado mi papel de víctima, la balanza de poder estaba a punto de inclinarse definitivamente hacia mi hijo falso.
Caminé hacia mi escritorio y miré los perfiles de los tres principales fondos de inversión extranjeros que controlaban el cuarenta por ciento de las acciones flotantes del consorcio. Ya se habían comunicado conmigo temprano, alarmados por el impacto reputacional del artículo. Les había hablado con la voz entrecortada, fingiendo una dignidad herida que los conmovió por completo. Les hice creer que temía por el patrimonio de la empresa bajo el control de una ingeniera que mezclaba las sábanas con las finanzas.
Abrí el borrador de la convocatoria oficial y presioné el comando de envío. Si Maximiliano quería protegerla, tendría que vetar la moción usando sus propias acciones, lo que congelaría los fondos de Don Agustín o disolvería la sociedad, y con el apoyo de los fondos de inversión era muy poco lo que podía hacer.
El tablero estaba encendido, y esta vez, las garras de Maximiliano no serían suficientes para salvar a su protegida.
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Editado: 01.11.2026