GALA
La penumbra de mi habitación principal se sentía como el preludio de un reinado. Eran las tres de la madrugada. Estaba de pie junto al gran ventanal de mi departamento, sosteniendo una copa de agua mineral entre los dedos y contemplando las luces de la ciudad debía moverme rápido había perdido mi participación en el hotel pero Federico ya estaba moviendo los hilos en el consorcio para cerrarle el cerco legal a Maximiliano. Todo marchaba a la perfección.
La voz, monótona y disciplinada, rompió mi burbuja de triunfo. Me giré lentamente, forzando de inmediato la expresión de fatiga y debilidad que requería mi papel. En el umbral de la puerta estaba la enfermera de los Alexander, la sombra que Maximiliano me había impuesto bajo el pretexto de vigilar mi salud pero que en realidad funcionaba como su guardiana privada. Vestía un uniforme blanco impecable y sostenía una pequeña bandeja de plata con el medicamento y un vaso de agua.
La mujer me miró con ojos analíticos, registrando cada facción de mi rostro. El dinero de Maximiliano compraba la mejor atención pero también la máxima vigilancia. Ella no se movió de inmediato se limitó a asentir con una rigidez profesional que me erizaba los cabellos.
En cuanto la puerta se cerró y me quedé a solas bajo la sombra de mi propia mentira casi expuesta, Maximiliano tenía dudas pero no la certeza real, dejé escapar un suspiro de desprecio, creía que ponerme una celadora en el apartamento bastaría para controlar mi vida. No sospechaba que cada día que pasaba, la red de Federico se volvía más fuerte en la junta. El embarazo era mi escudo invulnerable, me hacía intocable. Mientras el no pudiera probar que no existía un hijo todavía había posibilidad que Kathryn terminara huyendo destrozada por el remordimiento de ver como el despreciaba a ese supuesto hijo.
El zumbido violento de mi teléfono, el que mantenía oculto en el cajón de la lencería para las comunicaciones con la prisión de mi padre, cortó el silencio de la madrugada.
Sentí un escalofrío extraño en la nuca. Nadie llamaba a esta línea a menos que fuera una emergencia absoluta. Saqué el dispositivo y vi un número desconocido. Al presionar el botón de recepción, la voz al otro lado de la línea sonó acelerada, con una respiración rota que me encendió todas las alarmas del instinto. Era uno de mis contactos clave en la administración de la Clínica Central.
El vaso de agua mineral se deslizó de mis dedos, estrellándose contra la alfombra con un golpe sordo. Sentí un vacío violento en las entrañas. La certeza de mi victoria se tambaleó en un segundo.
La respiración se me cortó. Las luces de la ciudad al otro lado del cristal parecieron desvanecerse, reemplazadas por la imagen de las rejas de la prisión donde mi padre cumplía su condena. Maximiliano, Tenía que ser él. El cazador implacable había empezado a buscar la verdad detrás de mis sutiles mentiras, su mente matemática y desconfiada no se había dejado doblegar por el papel científico que le arrojé a la cara.
Colgué el teléfono de golpe, con las manos temblando de furia pura.
Miré la puerta de la habitación, detrás de la cual la enfermera de Maximiliano seguía vigilando mis movimientos. El panorama se había vuelto crítico. La duda en Maximiliano iba a crecer exponencialmente a partir de este momento. Si él cruzaba los datos de la sangre, mi falso embarazo caería antes de que Kathryn se marchara de la ciudad. El tiempo ya no era mi aliado, la tormenta se había adelantado.
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Editado: 01.11.2026