KATHRYN
Un sonido agudo y metálico brotó de las bocinas del estudio, seguido por un destello rojo que bloqueó la pantalla central de mi terminal, parpadeé de golpe, intentando asimilar el mensaje que flotaba en letras mayúsculas sobre el render tridimensional del hotel.
"ACCESO DENEGADO: CLAVE DE FIRMA SUSPENDIDA POR ORDEN DEL COMITÉ DE AUDITORÍA EXTERNA".
Un frío repentino me recorrió la espina dorsal, desplazando las náuseas que me habían atormentado durante toda la mañana.
Tecleé febrilmente mis códigos de seguridad una, dos, tres veces. El sistema rechazó cada intento con una frialdad matemática. El contraataque de Gala ya no era una simple amenaza mediática o un berrinche en los pasillos de relaciones públicas, había penetrado las venas financieras del consorcio con la precisión de un bisturí. Al abrir la terminal de control de tesorería y revisar los anexos de los movimientos matutinos, descubrí el origen exacto del bloqueo. Los tres fondos de inversión minoritarios, que controlaban en conjunto el bloque del cuarenta por ciento de las acciones de la división de desarrollo, habían invocado una cláusula de emergencia por "riesgo reputacional severo".
Habían congelado las cuentas de la licitación del hotel, dejándome al frente de un gigante de concreto que ya no tenía dinero para pagar a sus ingenieros ni para mantener las máquinas operando en el terreno. Me eché hacia atrás en la silla sintiendo el peso de la jaula en la que Maximiliano me había confinado. Estar en este ático, rodeada de servidores de última generación y pantallas gigantes que parpadeaban con advertencias de error, solo acentuaba mi impotencia. Gala estaba usando su condición, su embarazo, no como un motivo de alegría sino como un escudo y un mazo para desmantelar mi reputación. Para los inversionistas, yo era la ingeniera que se había convertido en un peligro, la amante desvergonzada que amenazaba la estabilidad moral de la empresa.
Pasé una mano temblorosa por mi vientre, sintiendo la punzada del estrés acumulado. Cuatro semanas. Mi hijo apenas era una promesa en mi interior, y ya se encontraba en el epicentro de una guerra de sucesión corporativa que amenazaba con devorarnos a todos.
MAXIMILIANO
El abrecartas de plata se partió en dos bajo la presión salvaje de mis manos cuando terminé de leer la notificación digital que parpadeaba en mi tableta presidencial. Gala había ejecutado su movimiento con una precisión corporativa que destilaba un despecho absoluto y una planificación fría. La convocatoria a la junta extraordinaria de accionistas estaba firmada por el quórum de los inversionistas minoritarios y fijada para el próximo viernes a primera hora.
Di un paso al frente en el estudio del ático, con la mandíbula apretada y esa calma depredadora que siempre utilizaba para triturar a quienes osaban desafiar mi autoridad en el mercado.
Me acerqué a ella a zancadas implacables, acortando la distancia milimétrica que nos separaba del escritorio, al ver el destello rojo en su monitor y sus dedos quietos sobre el teclado, las pupilas se me dilataron por una oleada de furia posesiva y protectora que me quemó las venas. Kathryn no iba a pagar el precio de mi pasado en la cabaña. No lo iba a permitir.
Le tomé las manos con firmeza, obligándola a apartarse de la pantalla, fijando mi mirada oscura en la suya con una fijeza feroz.
Apreté mis dedos sobre los suyos, transmitiéndole la inmensidad de la responsabilidad que cargaba sobre los hombros. No dudaba de que Gala estuviera esperando un hijo mío, y asumiría cada una de mis obligaciones con ese bebé. Tendría los mejores fideicomisos, la protección legal y el apellido Alexander. Pero mi hogar, mi futuro y este ático no eran parte del trato.
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Editado: 01.11.2026