Un Huracán para el lobo

CAPITULO LXXXVIII

KATHRYN

Un sonido agudo y metálico brotó de las bocinas del estudio, seguido por un destello rojo que bloqueó la pantalla central de mi terminal, parpadeé de golpe, intentando asimilar el mensaje que flotaba en letras mayúsculas sobre el render tridimensional del hotel.

"ACCESO DENEGADO: CLAVE DE FIRMA SUSPENDIDA POR ORDEN DEL COMITÉ DE AUDITORÍA EXTERNA".

Un frío repentino me recorrió la espina dorsal, desplazando las náuseas que me habían atormentado durante toda la mañana.

  • No... no puede ser - murmuré para mí misma, y mi voz, rota por la incredulidad, resonó en la solemnidad del estudio - El presupuesto está blindado por la firma de Don Agustín. Nadie tiene la autoridad para congelar mis credenciales de esa manera.

Tecleé febrilmente mis códigos de seguridad una, dos, tres veces. El sistema rechazó cada intento con una frialdad matemática. El contraataque de Gala ya no era una simple amenaza mediática o un berrinche en los pasillos de relaciones públicas, había penetrado las venas financieras del consorcio con la precisión de un bisturí. Al abrir la terminal de control de tesorería y revisar los anexos de los movimientos matutinos, descubrí el origen exacto del bloqueo. Los tres fondos de inversión minoritarios, que controlaban en conjunto el bloque del cuarenta por ciento de las acciones de la división de desarrollo, habían invocado una cláusula de emergencia por "riesgo reputacional severo".

Habían congelado las cuentas de la licitación del hotel, dejándome al frente de un gigante de concreto que ya no tenía dinero para pagar a sus ingenieros ni para mantener las máquinas operando en el terreno. Me eché hacia atrás en la silla sintiendo el peso de la jaula en la que Maximiliano me había confinado. Estar en este ático, rodeada de servidores de última generación y pantallas gigantes que parpadeaban con advertencias de error, solo acentuaba mi impotencia. Gala estaba usando su condición, su embarazo, no como un motivo de alegría sino como un escudo y un mazo para desmantelar mi reputación. Para los inversionistas, yo era la ingeniera que se había convertido en un peligro, la amante desvergonzada que amenazaba la estabilidad moral de la empresa.

Pasé una mano temblorosa por mi vientre, sintiendo la punzada del estrés acumulado. Cuatro semanas. Mi hijo apenas era una promesa en mi interior, y ya se encontraba en el epicentro de una guerra de sucesión corporativa que amenazaba con devorarnos a todos.

MAXIMILIANO

El abrecartas de plata se partió en dos bajo la presión salvaje de mis manos cuando terminé de leer la notificación digital que parpadeaba en mi tableta presidencial. Gala había ejecutado su movimiento con una precisión corporativa que destilaba un despecho absoluto y una planificación fría. La convocatoria a la junta extraordinaria de accionistas estaba firmada por el quórum de los inversionistas minoritarios y fijada para el próximo viernes a primera hora.

Di un paso al frente en el estudio del ático, con la mandíbula apretada y esa calma depredadora que siempre utilizaba para triturar a quienes osaban desafiar mi autoridad en el mercado.

  • ¡Gala se atrevió a cruzar la línea! - solte mi voz vibrando con una fuerza pausada y feroz que llenó todo el salón del segundo piso - Convocó a la junta extraordinaria usando su papel de víctima para arrastrar a los fondos extranjeros a su favor. Exigen tu destitución inmediata, Kathryn. Creen que pueden acorralarme usando la moralidad como moneda de cambio.

Me acerqué a ella a zancadas implacables, acortando la distancia milimétrica que nos separaba del escritorio, al ver el destello rojo en su monitor y sus dedos quietos sobre el teclado, las pupilas se me dilataron por una oleada de furia posesiva y protectora que me quemó las venas. Kathryn no iba a pagar el precio de mi pasado en la cabaña. No lo iba a permitir.

  • Me bloquearon la firma, Maximiliano - dijo ella, levantando esos ojos grises cargados de una madurez trágica y pacífica que me helaba la sangre - No puedo liberar los pagos de la cimentación del ala norte. Ella está asfixiando el proyecto desde adentro. Los obreros van a detener las máquinas si el viernes no se reflejan las transferencias. No importa cuánto me respalde Don Agustín si los fondos están congelados por el comité.

Le tomé las manos con firmeza, obligándola a apartarse de la pantalla, fijando mi mirada oscura en la suya con una fijeza feroz.

  • Escúchame muy bien, Kathryn, porque no voy a permitir que des un solo paso atrás - le solté, modulando mis palabras con la fuerza de un ultimátum definitivo - Este imperio lo fundé yo desde cero con mis propias manos y no voy a dejar que un grupo de accionistas asustados por las lágrimas ensayadas de Gala dicten las reglas en mi casa ni en mi consorcio. Quieren una guerra en la junta directiva, la van a tener. No voy a negociar con Gala, ni voy a permitir que use su embarazo como un arma de reclamo para apartarte de lo que te pertenece.

Apreté mis dedos sobre los suyos, transmitiéndole la inmensidad de la responsabilidad que cargaba sobre los hombros. No dudaba de que Gala estuviera esperando un hijo mío, y asumiría cada una de mis obligaciones con ese bebé. Tendría los mejores fideicomisos, la protección legal y el apellido Alexander. Pero mi hogar, mi futuro y este ático no eran parte del trato.

  • Mañana mismo transferiré fondos privados de mis cuentas personales para mantener la obra del hotel activa sin que la junta pueda tocar un solo centavo - sentencié, dando el caso por cerrado con una determinación salvaje - Tu firma volverá a tener valor porque yo voy a respaldar cada ladrillo con mi propio dinero. De este ático no te mueves, Kathryn. Te vas a quedar aquí donde puedo encargarme de tus cuidados, vigilar tu salud, tu embarazo y recordarle a Gala que no importa cuántas juntas convoque: el apellido Alexander lo gobierno yo.




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