Un Huracán para el lobo

CAPITULO LXXXIX

GALA

El informe de tesorería cayó sobre mi escritorio de cristal con un impacto sordo que pareció congelar el aire de mi oficina. Eran las seis de la tarde. Miré las cifras reflejadas en la pantalla de mi terminal: una transferencia multimillonaria, originada desde las cuentas personales de Maximiliano Alexander, había ingresado directamente a las subcuentas operativas de la constructora del ala norte del hotel.

Mis dedos comenzaron a temblar sobre el borde del escritorio, no por debilidad, sino por una furia helada que amenazaba con asfixiarme.

  • No... esto es una locura legal - siseé para mí misma, y mi voz sonó extraña, despojada de la seguridad que me había acompañado toda la mañana - Está saltándose al comité de auditoría. Está ignorando el bloqueo del cuarenta por ciento de los fondos minoritarios.

Revisé el historial de transacciones una y otra vez, buscando la fisura, el error técnico que me permitiera interponer una demanda inmediata por desvío o mala praxis corporativa pero Maximiliano era un estratega implacable. No había tocado un solo centavo de los activos del consorcio. Había liquidado parte de sus inversiones en la bolsa de Nueva York y había inyectado su propia liquidez directo a la obra, esquivando las restricciones de la junta como si el dinero fuera un recurso infinito.

Me levanté de la silla sintiendo un vacío brutal en el estómago que esta vez no era ensayado. Caminé hacia el ventanal, contemplando los rascacielos de la ciudad pero por primera vez, el panorama me pareció hostil. La verdad me golpeó con la fuerza de un camión de carga, Maximiliano no estaba defendiendo un proyecto hotelero. Estaba defendiendo a Kathryn.

Estaba dispuesto a desangrar su propia fortuna personal, a arriesgar su reputación ante los analistas de Wall Street y a ponerse en la mira del comité de ética con tal de mantener a esa mujer blindada en el estudio de su ático. Ayer pensé que mi vulnerabilidad, combinada con el apoyo de los fondos extranjeros, sería un mazo indestructible, creí que al quitarle los fondos del consorcio, la obligaría a ella a renunciar por orgullo y a él a suplicar por una negociación que salvara la fusión con Don Agustín.

Pero Maximiliano no negociaba, Maximiliano destruía el tablero.

Un sollozo de pura frustración y despecho escapó de mis labios, rompiendo mi perfecta máscara de mártir. Me pasé una mano por el cabello, dándome cuenta de la terrible realidad, mis números no daban. Aunque lograra arrastrar a todos los inversionistas minoritarios al viernes de la junta extraordinaria, Maximiliano y Don Agustín seguían controlando el cincuenta y cinco por ciento de las acciones con derecho a voto. Yo no tenía el poder real para destituirla si él estaba dispuesto a comprar la voluntad de los contratistas con su propia billetera.

Para Maximiliano, el hijo que yo llevaba en mi vientre era solo una obligación legal que liquidaría con cheques millonarios y abogados de sastre pero el hijo que Kathryn ocultaba en el ático... ese era su futuro. Ese era el heredero que él protegería con garras, destruyendo mi vida, mis acciones y el consorcio entero si se cruzaban en su camino. La guerra apenas comenzaba pero la certeza de su devoción salvaje por Kathryn me dejó claro que en su mundo, yo ya era el pasado.




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