GALA
El olor a antiséptico y madera pulida de la sala de espera de la clínica me revolvió el estómago de una forma que nada tenía que ver con los síntomas de una gestación. Eran las siete y cuarenta de la mañana. Me quedé sentada en el sofá de piel negra, apretando el bolso contra mi vientre con una fuerza que me entumecía los dedos.
A mi lado, Maximiliano permanecía de pie, implacable, con los brazos cruzados y esa fijeza feroz en sus ojos oscuros que me indicaba que no iba a ceder ni un solo milímetro.
El pánico, sordo y asfixiante, comenzó a escalar por mi garganta. Había calculado cada movimiento, las filtraciones a la prensa, la empatía de los inversionistas minoritarios y las lágrimas en el despacho de Don Agustín. Incluso el historial médico de la clínica central estaba blindado gracias a los favores que el doctor Martínez le debía a mi familia. Pero este lugar estaba fuera de mi alcance. Las pantallas del consultorio del doctor Silva estaban conectadas a servidores con encriptación militar. Si cruzaba esa puerta doble de roble y me recostaba en esa camilla, mi mentira se desmoronaría antes de que el monitor de ultrasonido terminara de encenderse.
Me puse de pie lentamente, obligándome a recuperar esa parsimonia trágica y pacífica que había ensayado frente al espejo.
MAXIMILIANO
La desesperación de Gala vibró en el aire del consultorio con la nitidez de una alarma de incendio. La observé con una calma depredadora, notando cómo sus pupilas dilatadas y la palidez de sus mejillas delataban una verdad muy distinta al dolor físico que pretendía fingir. No había contracciones; había miedo. El miedo del estratega que ve cómo sus líneas de suministro han sido cortadas por completo.
Me acerqué a ella con pasos lentos y pausados, acortando la distancia milimétrica hasta que mi voz llenó el espacio, despojada de cualquier consideración.
La guie sosteniéndola firmemente por el codo, obligándola a cruzar el umbral del consultorio privado. El doctor Silva, un hombre de avanzada edad y mirada severa que no le debía nada al consorcio Alexander, se puso de pie para recibirnos. Detrás de él, el equipo de ultrasonido de última generación brillaba en la penumbra de la sala de exploración.
Gala se quedó estática en mitad de la habitación, apretando los dientes con una furia contenida que amenazaba con romper su máscara de mártir. Miró al médico y luego clavó sus ojos verdes en los míos, dándose cuenta de que todo lo que yo estaba dispuesto a hacer por Kathryn desangrar mi fortuna, financiar el hotel y vigilar su salud se traducía aquí en una desconfianza.
Me crucé de brazos, interponiéndome físicamente entre ella y la puerta de salida, fijando mi mirada oscura en su rostro con una fijeza feroz. Había llegado al fondo de su juego. Su resistencia no era orgullo; era la confirmación del fraude.
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Editado: 01.11.2026