Un Huracán para el lobo

CAPITULO XCI

GALA

El olor a antiséptico y madera pulida de la sala de espera de la clínica me revolvió el estómago de una forma que nada tenía que ver con los síntomas de una gestación. Eran las siete y cuarenta de la mañana. Me quedé sentada en el sofá de piel negra, apretando el bolso contra mi vientre con una fuerza que me entumecía los dedos.

A mi lado, Maximiliano permanecía de pie, implacable, con los brazos cruzados y esa fijeza feroz en sus ojos oscuros que me indicaba que no iba a ceder ni un solo milímetro.

El pánico, sordo y asfixiante, comenzó a escalar por mi garganta. Había calculado cada movimiento, las filtraciones a la prensa, la empatía de los inversionistas minoritarios y las lágrimas en el despacho de Don Agustín. Incluso el historial médico de la clínica central estaba blindado gracias a los favores que el doctor Martínez le debía a mi familia. Pero este lugar estaba fuera de mi alcance. Las pantallas del consultorio del doctor Silva estaban conectadas a servidores con encriptación militar. Si cruzaba esa puerta doble de roble y me recostaba en esa camilla, mi mentira se desmoronaría antes de que el monitor de ultrasonido terminara de encenderse.

  • Señora Gala, el doctor Silva la espera - anunció la enfermera desde el umbral, con una cortesía profesional que sonó como una sentencia.

Me puse de pie lentamente, obligándome a recuperar esa parsimonia trágica y pacífica que había ensayado frente al espejo.

  • Maximiliano, esto es una degradación innecesaria - dije, bajando la voz a un hilo tembloroso, buscando desesperadamente apelar a su sentido de la responsabilidad - Me duele el vientre. El estrés de este viaje intempestivo y el cambio de médico me están provocando contracciones. Si me someto a un examen con un desconocido ahora mismo, podrías poner en riesgo la vida de tu primogénito. Vámonos, por favor. Regresemos al auto. Mañana podemos agendar con Martínez.

MAXIMILIANO

La desesperación de Gala vibró en el aire del consultorio con la nitidez de una alarma de incendio. La observé con una calma depredadora, notando cómo sus pupilas dilatadas y la palidez de sus mejillas delataban una verdad muy distinta al dolor físico que pretendía fingir. No había contracciones; había miedo. El miedo del estratega que ve cómo sus líneas de suministro han sido cortadas por completo.

Me acerqué a ella con pasos lentos y pausados, acortando la distancia milimétrica hasta que mi voz llenó el espacio, despojada de cualquier consideración.

  • El doctor Silva es el mejor obstetra del país, Gala. Si hay un riesgo real para mi sangre, estás en el lugar correcto para contenerlo - le solté, modulando mis palabras con la fuerza de un ultimátum definitivo - Camina hacia adentro.

La guie sosteniéndola firmemente por el codo, obligándola a cruzar el umbral del consultorio privado. El doctor Silva, un hombre de avanzada edad y mirada severa que no le debía nada al consorcio Alexander, se puso de pie para recibirnos. Detrás de él, el equipo de ultrasonido de última generación brillaba en la penumbra de la sala de exploración.

  • Buenos días. Todo está listo para la ecografía transvaginal de control - explicó el médico, señalando la camilla - Revisaremos la frecuencia cardíaca embrionaria y confirmaremos el tiempo exacto de gestación para actualizar los servidores seguros. Por favor, pase al vestidor, licenciada.

Gala se quedó estática en mitad de la habitación, apretando los dientes con una furia contenida que amenazaba con romper su máscara de mártir. Miró al médico y luego clavó sus ojos verdes en los míos, dándose cuenta de que todo lo que yo estaba dispuesto a hacer por Kathryn desangrar mi fortuna, financiar el hotel y vigilar su salud se traducía aquí en una desconfianza.

  • No me voy a hacer el examen - soltó Gala, y su voz, desprovista de toda fragilidad, resonó con una rigidez que heló la estancia - No reconozco la autoridad de este médico ni tus métodos salvajes, Maximiliano. Es mi cuerpo y mis derechos legales me amparan. Exijo que me regreses a mi residencia ahora mismo. Si insistes en obligarme, la junta directiva de este viernes sabrá que usaste la fuerza para violentar a la madre de tu heredero.

Me crucé de brazos, interponiéndome físicamente entre ella y la puerta de salida, fijando mi mirada oscura en su rostro con una fijeza feroz. Había llegado al fondo de su juego. Su resistencia no era orgullo; era la confirmación del fraude.

  • De este consultorio no sales sin que ese monitor se encienda, Gala - sentencié con una determinación salvaje que silenció cualquier réplica - El juego del silencio y el victimismo se terminó hoy. Si de verdad llevas a mi primogénito, te vas a recostar en esa camilla. Si te niegas, asumiré tu silencio como una confesión y el viernes no habrá junta extraordinaria que te salve de una demanda penal por fraude y extorsión. Elige ahora mismo, porque el tiempo se te acabó.




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