Un Huracán para el lobo

CAPITULO XCII

GALA

El aire se volvió irrespirable dentro de las cuatro paredes del consultorio del doctor Silva. El sonido de los ventiladores del equipo de ultrasonido, esperando en la penumbra, parecía marcar la cuenta regresiva de mi destrucción. Me quedé de pie, rígida, con los tacones clavados en el linóleo, sintiendo que la tela de mi abrigo se ponía pesada sobre mis hombros por un sudor frío e incontrolable.

La mirada severa del médico que permanecía en silencio junto a la camilla, era el menor de mis problemas. El verdadero peligro era el hombre que bloqueaba la única salida del consultorio.

  • No puedes hacerme esto, Maximiliano - siseé intentando que mi voz recuperara esa vibración trágica que siempre hacía dudar a los hombres - Estás cometiendo un delito. Estás coaccionando a una mujer embarazada. Te lo juro por la memoria de la amistad que tuvimos... si me obligas a subir a esa camilla bajo amenaza, Don Agustín y los fondos de inversión minoritarios destruirán tus acciones antes de que abran los mercados el lunes. Te quitaré la presidencia del imperio Alexander.

Di un paso atrás, buscando desesperadamente espacio pero choqué contra el borde del escritorio médico. El papel de mártir, mi mejor arma se estaba deshilachando por las esquinas ante la muralla de frialdad que Maximiliano había levantado frente a mí.

MAXIMILIANO

Una sonrisa fría y carente de humor torció la línea de mis labios al escuchar su última amenaza. Di un paso al frente, acortando la distancia milimétrica que nos separaba hasta que pude ver el temblor errático en sus pupilas verdes. El tiempo de las suposiciones y los debates legales se había terminado. La fijeza feroz de mi mirada oscura se clavó en su rostro, desnudando la mentira que había pretendido incendiar mi hogar y el futuro de Kathryn.

  • ¿El lunes, Gala? - soltó mi voz de barítono, modulando cada palabra con una fuerza pausada y letal - Estás muy confiada con los plazos de tus cómplices pero la junta del viernes se cancela hoy. Y tus amenazas de quitarme la presidencia no valen más que el papel amarillista donde filtraste tu libreto de víctima.

Me llevé la mano al bolsillo interior del saco de sastre y saqué una pequeña unidad de almacenamiento seguro, arrojándola con un golpe seco sobre el escritorio de nogal. El objeto brilló bajo la luz fluorescente del consultorio.

  • ¿Creías que iba a dejar el destino del imperio Alexander en manos de un certificado alterado de una clínica? - le solté, y las pupilas se me dilataron por una oleada de furia posesiva y protectora - Esta madrugada, mi equipo de seguridad privada terminó de descargar los registros de los servidores externos de la cabaña. Sabías perfectamente que esa propiedad no tiene una sola cámara en el interior por cuestiones de privacidad y confiaste tu farsa a ese vacío ciego. Pero los vídeos de seguridad del perímetro exterior cuentan una historia completamente diferente de la que me contaste.

Gala contuvo el aliento, su rostro perdiendo el último rastro de color. Intentó hablar pero el hilo de desesperación real en su garganta se convirtió en un ahogo silencioso.

  • No voy a negar que estuviste conmigo, que te quedaste en la cabaña toda la noche, Gala - sentencié, dando un paso más, invadiendo su espacio con una calma depredadora - Pero las cámaras de la entrada y el estacionamiento te captaron a las tres y media de la madrugada. Tuviste que salir a tu coche y el lente infrarrojo te grabó vestida tal cual como llegaste, con la ropa impecable, los botones intactos y el maquillaje intacto sin un solo rasguño. Nadie que acaba de salir de una cama en mitad de una noche tras una supuesta velada de pasión salvaje camina por el jardín de esa manera. Tu farsa se cayó en el segundo exacto en que pisaste ese asfalto para buscar tus papeles. No hubo noche de pasión, no hubo errores de cálculo y por supuesto, no hay ningún hijo en tu vientre. El único embarazo real, legítimo y que voy a blindar con cada ladrillo de mi fortuna es el de Kathryn.

Gala retrocedió un milímetro más, atrapada entre el escritorio y la fijeza de mi ultimátum. El tablero que ella misma había encendido estaba a punto de colapsar sobre su cabeza.

  • Tienes dos opciones exactas en este consultorio, Gala - le solté, modulando mis palabras con la fuerza de un veredicto definitivo - O te recuestas en esa camilla ahora mismo y dejas que el doctor Silva certifique tu fraude en un reporte oficial para mi equipo legal o firmas la renuncia irrevocable a tus acciones de la división hotelera antes de que salgamos por esa puerta. Si eliges la camilla, el reporte médico junto con las grabaciones del coche irán directo a la Fiscalía por extorsión, si firmas la renuncia, te permitiré salir del país con el fideicomiso mínimo de liquidación para que le expliques a los inversionistas minoritarios por qué tu papel de madre desprotegida se quedó sin argumentos. El caso está cerrado, Gala. Súbete a la camilla o firma tu ruina.




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