MAXIMILIANO
El zumbido violento y errático de mi teléfono personal cortó la tensión antes de que Gala pudiera estampar su firma en la renuncia. No era una llamada ordinaria, era la frecuencia que solo utilizaba mi jefe de seguridad en el ático para emergencias críticas.
Gala se quedó estática con el bolígrafo suspendido en el aire pero yo ya le había dado la espalda, presionando el botón de recepción con una fijeza feroz.
El impacto de la noticia me encendió una oleada de furia posesiva y pánico protector en las venas. Mis pupilas se dilataron por completo. Me olvidé del fraude de Gala, de las acciones de la división hotelera y de la junta extraordinaria del viernes. En mi mente solo se proyectó la imagen de Kathryn, sola en esa inmensidad de mármol y tecnología, lidiando con el peso del estrés que yo mismo había arrastrado a su vida con mi pasado irresponsable. Su embarazo estaba en riesgo.
Colgué el teléfono de un golpe y me giré hacia el escritorio, donde Gala me miraba con una mezcla de sorpresa y un destello de triunfo perverso en sus ojos verdes.
Me acerqué a ella en dos zancadas implacables, acortando la distancia hasta que la fijeza de mi mirada oscura la obligó a encogerse en la silla. Le arrebaté el bolígrafo de la mano y lo estampé junto al documento de renuncia.
Gala, temblando por primera vez ante la fijeza feroz de mi rostro desprovisto de cualquier estrategia presionó la punta del bolígrafo contra el papel y firmó con un trazo rápido y errático. Recogí la carpeta con un movimiento seco, girando hacia el doctor Silva, quien ya estaba guardando su equipo portátil de ultrasonido en un maletín de cuero.
El sonido del ascensor abriéndose de golpe directo en el vestíbulo del ático fue como un estallido en mitad del silencio sepulcral que dominaba el apartamento. Crucé el umbral a grandes zancadas, manteniendo la puerta abierta con el brazo para obligar al doctor Silva a seguirme el paso, arrastrando su pesado maletín de cuero. No había tiempo para sutilezas ejecutivas ni para la parsimonia corporativa que solía gobernar mis movimientos. Esto era una cuestión de vida o muerte para mi futuro.
Subí los escalones hacia el estudio del segundo piso de tres en tres, con la mandíbula apretada y una furia posesiva quemándome las venas. Al entrar, la escena me oprimió el pecho. Las pantallas seguían encendidas, proyectando el render tridimensional del hotel y las alertas de los fondos bloqueados pero en el suelo de felpa, junto al escritorio de nogal, Kathryn permanecía recostada sobre unos cojines que mi jefe de seguridad le había acomodado.
Su rostro, habitualmente de una palidez majestuosa y fría, estaba completamente desencajado. Tenía los ojos grises entornados, fijos en el techo, y apretaba los dientes mientras cruzaba los brazos sobre su vientre como si intentara blindar físicamente la semilla de los Alexander contra el dolor que la estaba consumiendo.
Me arrodillé a su lado en un movimiento implacable, apartando con suavidad los mechones de cabello húmedo que se le pegaban a la frente. Estaba fría. Un sudor helado emanaba de su piel, el testimonio físico del estrés brutal al que mi irresponsabilidad y los ataques mediáticos de Gala la habían sometido.
El médico se arrodilló al otro lado de Kathryn con una calma profesional que contrastaba con mi violencia interna. Abrió su maletín y sacó el monitor portátil de ultrasonido, conectando los transductores con rapidez mientras mi jefe de seguridad se retiraba en silencio, cerrando las puertas dobles del estudio para dejarnos en absoluta intimidad.
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Editado: 01.11.2026