Un Huracán para el lobo

CAPITULO XCIII

MAXIMILIANO

El zumbido violento y errático de mi teléfono personal cortó la tensión antes de que Gala pudiera estampar su firma en la renuncia. No era una llamada ordinaria, era la frecuencia que solo utilizaba mi jefe de seguridad en el ático para emergencias críticas.

Gala se quedó estática con el bolígrafo suspendido en el aire pero yo ya le había dado la espalda, presionando el botón de recepción con una fijeza feroz.

  • Habla, Alexander - soltó mi voz de barítono, que resonó pastosa y áspera en el cubículo médico.
  • Señor, tenemos una situación en el ático -respondió la voz apurada de mi jefe de escoltas, rompiendo el protocolo habitual - La señorita Kathryn sufrió un colapso en el estudio del segundo piso hace diez minutos. Las pantallas del proyecto siguen encendidas pero la encontramos desvanecida junto al escritorio. Está consciente pero tiene un dolor abdominal severo y las náuseas no remiten. Ya contactamos a la ambulancia privada del consorcio.

El impacto de la noticia me encendió una oleada de furia posesiva y pánico protector en las venas. Mis pupilas se dilataron por completo. Me olvidé del fraude de Gala, de las acciones de la división hotelera y de la junta extraordinaria del viernes. En mi mente solo se proyectó la imagen de Kathryn, sola en esa inmensidad de mármol y tecnología, lidiando con el peso del estrés que yo mismo había arrastrado a su vida con mi pasado irresponsable. Su embarazo estaba en riesgo.

  • No muevan a nadie hasta que yo llegue - le rugí al teléfono, modulando mis palabras con la fuerza de un ultimátum definitivo - El doctor Silva va en camino conmigo en el sedán. Cancelen la ambulancia usaremos el equipo médico de alta especialidad. Si un solo reportero filtra esto en la entrada de la torre, te despido antes del mediodía.

Colgué el teléfono de un golpe y me giré hacia el escritorio, donde Gala me miraba con una mezcla de sorpresa y un destello de triunfo perverso en sus ojos verdes.

  • Parece que tu fortaleza perfecta en el ático se está cayendo a pedazos solo, Maximiliano - siseó ella, intentando recuperar su.voz pausada y tranquila - El karma no perdona.

Me acerqué a ella en dos zancadas implacables, acortando la distancia hasta que la fijeza de mi mirada oscura la obligó a encogerse en la silla. Le arrebaté el bolígrafo de la mano y lo estampé junto al documento de renuncia.

  • Firmas esto ahora mismo, Gala, o saldrás de este edificio esposada por la policía - le solté, y mi voz vibró con una determinación salvaje que le heló la sangre - No tengo tiempo para tus libretos de víctima. Firma la renuncia de la división hotelera y desaparece de mi vista porque si el estrés de tus auditorías y tus llamadas a la prensa le cuesta la salud a Kathryn o a mi hijo, el fideicomiso mínimo de liquidación será el menor de tus problemas. Te destruiré hasta que no quede un solo centavo a tu nombre.

Gala, temblando por primera vez ante la fijeza feroz de mi rostro desprovisto de cualquier estrategia presionó la punta del bolígrafo contra el papel y firmó con un trazo rápido y errático. Recogí la carpeta con un movimiento seco, girando hacia el doctor Silva, quien ya estaba guardando su equipo portátil de ultrasonido en un maletín de cuero.

  • Vámonos, Silva. Mi mujer me necesita en el ático - sentencié, dando el caso por cerrado mientras cruzaba la puerta doble de roble a grandes pasos, dejando atrás el pasado muerto para rescatar el único futuro afectivo que de verdad me importaba.

El sonido del ascensor abriéndose de golpe directo en el vestíbulo del ático fue como un estallido en mitad del silencio sepulcral que dominaba el apartamento. Crucé el umbral a grandes zancadas, manteniendo la puerta abierta con el brazo para obligar al doctor Silva a seguirme el paso, arrastrando su pesado maletín de cuero. No había tiempo para sutilezas ejecutivas ni para la parsimonia corporativa que solía gobernar mis movimientos. Esto era una cuestión de vida o muerte para mi futuro.

Subí los escalones hacia el estudio del segundo piso de tres en tres, con la mandíbula apretada y una furia posesiva quemándome las venas. Al entrar, la escena me oprimió el pecho. Las pantallas seguían encendidas, proyectando el render tridimensional del hotel y las alertas de los fondos bloqueados pero en el suelo de felpa, junto al escritorio de nogal, Kathryn permanecía recostada sobre unos cojines que mi jefe de seguridad le había acomodado.

Su rostro, habitualmente de una palidez majestuosa y fría, estaba completamente desencajado. Tenía los ojos grises entornados, fijos en el techo, y apretaba los dientes mientras cruzaba los brazos sobre su vientre como si intentara blindar físicamente la semilla de los Alexander contra el dolor que la estaba consumiendo.

  • Kathryn - murmuré, y mi voz vibró con un hilo de desesperación real que jamás me había permitido mostrar en las juntas del consorcio.

Me arrodillé a su lado en un movimiento implacable, apartando con suavidad los mechones de cabello húmedo que se le pegaban a la frente. Estaba fría. Un sudor helado emanaba de su piel, el testimonio físico del estrés brutal al que mi irresponsabilidad y los ataques mediáticos de Gala la habían sometido.

  • Max... —alcanzó a susurrar, y sus pupilas dilatadas buscaron las mías con un miedo que me heló la sangre - El proyecto... los inversionistas minoritarios... me duele mucho, Max. No quiero perderlo. No a él.
  • No vas a perder nada, Kathryn - sentencié, fijando mi mirada oscura en la suya con una fijeza feroz - El juego de Gala se terminó hoy. Ya tengo su renuncia firmada y las pruebas del fraude están en manos de mis abogados. Tu firma vuelve a estar blindada y el hotel es tuyo. Pero ahora necesito que te dejes cuidar. Silva, muévase.

El médico se arrodilló al otro lado de Kathryn con una calma profesional que contrastaba con mi violencia interna. Abrió su maletín y sacó el monitor portátil de ultrasonido, conectando los transductores con rapidez mientras mi jefe de seguridad se retiraba en silencio, cerrando las puertas dobles del estudio para dejarnos en absoluta intimidad.

  • Licenciada, necesito que respire hondo y mantenga la calma - pidió el doctor Silva, modulando sus palabras con suavidad mientras descubría el vientre plano de Kathryn - El dolor abdominal severo y las náuseas agudas suelen estar vinculados a picos extremos de cortisol por estrés, pero debemos descartar cualquier desprendimiento o amenaza inmediata. Voy a aplicar el gel. Está frío.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.