Un imposible

5

James Montgomery

 

—¿Pretendes injuriarme?

Dejó de girar a la vez que tenía los grisáceos ojos, que tanto amaba, desmesurados. Tampoco me pasó desapercibido el leve temblor en las manos con las que no sabía si cubrirse los labios o apoyárselas sobre la garganta. El vestido se le resbaló por el cuerpo hasta formar un bulto deforme en el suelo. Aspiré en un movimiento violento —por falta de aire— cuando hizo acto de aparición el puchero en los labios y la amonestación en la mirada, la cual perdió un ápice de la adoración a la que me tenía acostumbrado. «Sard!». Cerré las manos y las extremidades me temblaron, a pesar de que me obligué a permanecer inmóvil.

—Te das aires de grandeza cuando solo eres una irresponsable a la que lo único que le interesa es si luce bonita para los demás. ¿Para eso murieron los hombres en la guerra?

¿Por qué tuvo que traicionarme así? Había supuesto que era diferente y que esas banalidades no le interesaban. ¿De verdad creí que se conformaría con vivir en esa casa? ¿Que en sus pensamientos la consideraba hermosa? Me había confiado y había caído en el engaño otra vez. Le había mostrado mis defectos y no me quedaba duda de que se burlaría de mí y contrario a Ethel, Barbara podría destruirme.

Por un segundo se hizo pequeñita, mas se creció ante mí. Se limpió las lágrimas con saña y giró para irse, sin embargo agarró el pomo de la puerta con tanta fuerza que lo trabó por lo que la frustración que la recorría se multiplicó a tal grado que comenzó a pegarle una y otra vez como si con ello pudiera abrirla. Al no conseguirlo, se volteó y pude conocer lo que era el verdadero infierno, pues podría jurar que olvidó que alguna vez me idolatró y solo le quedaba odio en el corazón.

—¡Mi padre fue uno de ellos! ¿Murió para que tú te intoxicaras?

Giró e insistió con el pomo de la puerta el cual no cedió a sus demandas. Volvió a observarme y para ese momento yo tenía las manos dentro de los bolsillos y seguía inerte. En mi mente buscaba la manera de detener esa tormenta que ella experimentaba en su interior, pues no tuve dudas de que era el único responsable, peor aún, no creía haberla creado en ese instante, sino que existía desde muchísimo antes.

—Y discúlpame por hacer un gran alboroto por un vestido nuevo, quizás lo entenderías si es el primero que tienes, pero tú jamás repites atuendos, ¿o sí?

La mujer que amaba me hizo sentir insignificante por lo que un vacío se me apoderó del pecho y los músculos del cuerpo se me agarrotaron. Deseé regresar en el tiempo y jamás haber dicho esas palabras. Me humedecí los labios y ansié una maldita copa que me calmara el dolor, si bien levanté la mirada y la fijé en esos ojos cubiertos en lágrimas. Merecía su desprecio y lo recibiría con estoicismo. Di un paso por lo que ella retrocedió. Sin embargo no me detuve, aunque intenté mostrarle serenidad, si bien lo que en realidad sentía era un frío gélido en la espina dorsal. Ella chocó contra la pared y fue el momento en que la acorralé, le rodeé con los brazos la diminuta cintura y me aferré a ella para entonces apoyarle la cabeza en el hombro e inhalar profundo para adueñarme de su olor y tibieza.

—Solo tenías que decir que me vería hermosa. ¡Me hiciste creer que te importaba!

No respondió a mi caricia, y lo único que consiguió fue que la aprisionara más. Cerré los ojos ante la certeza de que se sentía dolida conmigo. No era un hombre que tolerara la incertidumbre, y ese era el motivo que me llevaba a controlar mi entorno, mas tenía que dejar de pensar y elucubrar ideas extrañas. De algún modo tenía la certeza de que ella nunca me confesaría dónde nos conocimos y si anhelaba una vida juntos tendría que aprender a vivir con la duda.

—¡Oh, babe! Eres la única en mi corazón. Perdóname, estoy bajo mucha presión y me desquité contigo.

Solo entonces la tensión en sus hombros cedió y me subió las manos por el pecho hasta rodearme el cuello.

—Están tras tus pasos, ¿verdad? ¿Por eso destruyeron el joint?

No podía creer que con tan solo tenerla cerca y escuchar su voz, pudiera olvidar el mundo que me rodeaba y hasta creer que podríamos ser felices.

Shh… No quiero que te preocupes. Solo promete que harás lo que te pedí.

Asintió con fervor y me entrecerró entre los brazos con tanto ahínco que tuvo que ponerse de puntitas.

—Lo haré, confía en mí.

Me separé de ella para poder observar esos ojos que me trasportaban a aquel día en que por fin regresé a casa. Me dedicó una sonrisa tímida y la adoración en su mirada intentaba sobreponerse a la aflicción. Le acomodé un mechón de cabello y con los dedos le recorrí el terso rostro y le dejé un beso en la nariz respingona antes de capturarle los adorables labios entre los míos.

—Dime por qué es tu primer vestido.

Contuvo el aliento mientras se cubría la boca con los dedos y se le volvieron a humedecer los ojos. Entonces se mordió las mejillas y negó con la cabeza. Le acuné el rostro y di un paso hacia ella. Esperaba que mi calor la reconfortara, que mi serenidad se convirtiera en la suya.

—Yo… no debí decir nada. Contigo siempre actúo sin pensar.

—Quiero creer que es porque te soy tan familiar que no existen barreras entre los dos.




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