Un imposible

6

James Montgomery

 

Me detuve en la intersección con la 1ra y la avenida Church. Lawrence hacía negocios en el establo Horton en tanto yo visitaba la oficina postal, pues la notificación que solicité en Richmond llegó puntual. En el bolsillo derecho de la chaqueta tenía la licencia que me cambiaría la vida. Una que pedí mucho antes de conocer la verdad que me obligó a modificar mis planes. Bajé la cabeza y me llevé la mano a la frente. Mi blue serge provenía de mi futuro, mas yo no tenía la entereza necesaria para permitir que el azar fuera quien decidiera por mí. Me pregunté si ella sería capaz de comprenderlo y estaba seguro de que enfurecería conmigo.

—Stude está en el río.

Solté una bocanada de aire y me metí las manos a los bolsillos, mi expresión era severa. Lawrence se detuvo junto a mí y le dio una calada larga al gasper. Él también tenía sueltos los botones de la camisa por lo que Mary debía pasar unas noches terribles con Winston.

—Nos detendremos en el salón de muestras de Jarrett–Chewning y encargaremos otro.

Lawrence tiró el resto del cigarrillo y lo aplastó con la suela del zapato, se movía con lentitud, a conciencia. Cuando salí de la casa, lo encontré en el granero, él cortaba un poco de leña para asegurarse de que la temperatura del whiskey se mantuviera estable. Guardó silencio mientras le relataba lo que pretendía hacer.

—¿Estás seguro de lo que haces? ¿Qué sabes de esa joven?

«Mucho más de lo que ella compartió conmigo». Sabía que no podía ser diferente, que la mujer que me amara estaría emparentada con Lawrence.

—Llegará el día en que te arrepientas de tus dudas, capitán.

Él resopló, no obstante, permaneció sereno. Cuando se trataba de mí nada podía perturbarlo, aunque analizara los posibles escenarios en la mente, su confianza en mí estaba por encima de todo.

—Ni siquiera sabes de dónde viene.

Una punzada de vergüenza me golpeó el pecho. No me gustaba ocultarle nada a mi amigo, sin embargo, todavía me costaba entender a cabalidad lo que sucedía y no se me hacía justo exponerlo a la verdad. No tenía dudas de que Barbara era su nieta y la de Mary, si hasta utilizaban la misma concocción para conservar la juventud y sus tartas eran igual de deliciosas por supuesto que las de Barbara un poco más. Lawrence solía ser calmado, si bien decirle que su nieta viajó del futuro a mi pasado y que nos enamoramos le provocaría contrariedad y yo necesitaba que la protegiera cuando no pudiera hacerlo. Imaginaba que después tendría tiempo de solicitar su permiso.

—Vio lo peor de mí.

Mi mejor amigo se metió las manos a los bolsillos, si bien no me pasó desapercibida su preocupación. Sacó un gasper, lo encendió, se lo llevó a la boca y le dio una bocanada profunda.

—Solo quiero entender qué sucedió para que cambies de parecer.

No podía decirle, pero sí insistir en que Barbara era especial, que en los momentos de adversidad ella siempre estuvo presente. Incluso, para ser una mujer tan impulsiva, permaneció estoica al enterarse de que era un productor de whiskey.

—Cosas que tú ni siquiera sospecharías de mí y ella está a mi lado. Si no puedes ayudarme, lo entenderé.

Negó con la cabeza, para él eso sería inconcebible.

—¿Estás seguro de que va a actuar como dices?

—Sí.

De pronto levantó la quijada y apuntó sobre mi hombro. A nuestro alrededor había varios vehículos estacionados, además de los transeúntes, que continuaban con su día a día. Algunas miradas curiosas intentaban ocultarse bajo los sombreros.

Ethel Richardson acudía al encuentro pautado. Se presentó con un vestido en azul royal y por primera vez tenía las rodillas cubiertas. El sombrero cloche en color crema era sencillo. Pretendía imitar a Barbara, continuar con la farsa y eso hacía bullir mi interior.

Lawrence se retiró el sombrero e inclinó la cabeza, entonces se marchó. Cuánto ansié tener un gasper entre los dedos en ese momento. La comunidad pensaba que Ethel era la mujer con la que me casaría, esa era la guerra de mi blue serge. Mi etapa de rebeldía tenía que finalizar y debía aceptar las consecuencias de mis acciones. En cuanto terminara de conversar con la señorita visitaría a mi hermana y le daría las buenas nuevas.

La señorita se detuvo frente a mí, en los labios tenía dibujado ese puchero exagerado y fingido que las jóvenes de esa época dominaban a la perfección.

—¿Por qué le permitiste que nos separara?

Desvié la mirada cuando el dejo de su fragancia me golpeó, era un aroma artificial, a rosa y a vainilla, que no le favorecía.

—Ella no fue quien nos separó.

Extendió la mano y me la deslizó sobre la chaqueta como si me retirara una pelusa. Me obligué a permanecer estático y con la mirada fija en ella.

—Yo te amo.

Quizás sí, tal vez no. Para ese momento no estaba seguro y creo que jamás lo había estado. Esos dos meses antes de que Barbara llegara habían sido un descontrol. Habían existido mucho más que besos robados y caricias furtivas. Desnudos y en la cama habíamos compartido el sabor de lo prohibido y juntos habíamos descubierto el gusto por el opio. No obstante, con Ethel jamás había sentido lo que Barbara me provocaba con tan solo una mirada. Me gustaba más el hombre que era con Barbara que con Ethel. No entendía cómo funcionaba lo del viaje en el tiempo, pero creía que en algún momento le prometí a mi blue serge que sería un mejor hombre. ¿Todo ese esfuerzo sería para alguien que no lo apreciaría? Me tragué el gruñido y hasta sonreí, si bien existía tirantez en mi rostro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.