Prefería estar sola, por eso solía rechazar cualquier acercamiento o amabilidad de los Baker. A excepción de Ámbar y Cloe, me describía como una chica solitaria. Pero Owen tenía algo que me llamaba. Era… diferente. Y aunque no sabía la razón, me daba igual. Owen me ayudaba a evadirme. Y después de haber dado la noticia que me había destrozado la vida, lo único que necesitaba era escapar. Dejar de pensar.
Owen me llevó a la pequeña casa que había alquilado a las afueras de Mynster. Era normal y corriente, de una sola planta, nada que llamara la atención. Pensaba que habría trasladado todos sus lujos a aquel hogar temporal, pero no podría haber estado más equivocada. La casa no parecía pertenecer a un adolescente millonario. Por dentro estaba perfectamente amueblada con un mobiliario común y corriente que daba la sensación de no pertenecerle.
Owen entró a la cocina con la comida que había pedido para llevar mientras yo examinaba el pequeño salón. Su guardaespaldas se detuvo en mitad del pasillo, sin despegar su mirada de mí.
La mesa grande del salón, de madera oscura, tenía un cuenco blanco con cinco bolas de cristal de diferentes colores a modo de decoración. Los muebles que circundaban la enorme pantalla de plasma, estanterías y armarios con puertas de cristal, estaban todos vacíos. Como si en esa casa no viviera nadie.
Owen se acercó para dejar la comida sobre la mesa pequeña que había a los pies del sofá oscuro. Su guardaespaldas lo siguió de cerca.
—¿Cuánto tiempo dices que llevas aquí?
—Dos semanas. La casa está muy vacía, lo sé. No planeo quedarme mucho tiempo en Mynster, así que pensé que hacerla mía sería una tontería. Tampoco quiero encariñarme del lugar. En cuanto resuelva un par de asuntos, volveré a mi casa.
Su tono cambió ligeramente al pronunciar esas dos últimas palabras. Owen me miró, de repente inquieto. Desapareció otra vez en la cocina para traer las cosas que faltaban.
Llevaba poco más de una semana con los Baker, pero ya me había acostumbrado a ver las pertenencias de los chicos por todas partes. Era una casa que rebosaba de vida y de color, un tanto caótica, pero me gustaba. En cambio, aquel lugar era diferente. Los colores fríos, la tenue iluminación, la atmósfera silenciosa. Todo me resultaba familiar.
Lo odié.
El guardaespaldas de Owen no me quitó la mirada de encima. Él comió solo en la mesa grande del salón y Owen y yo nos acomodamos sobre la alfombra con estampado de cebra. Owen no había dejado de hablar durante el camino hacia su casa, pero en el transcurso de la comida no abrió la boca. Ese rato fue tranquilo. En casa de los Baker la tranquilidad no estaba a la orden del día. No llegaba a comprender cómo Helen era capaz de tener tanta paciencia para convivir con esos chicos.
—¿No tienes hambre? —preguntó Owen al ver que apenas le había dado un par de mordiscos a mi hamburguesa. Tampoco había probado los nachos con queso.
—Soy de estómago pequeño —mentí.
—¿Me lo dices a mí, que te he visto comerte un desayuno hecho para tres personas? —Hablaba del día que nos conocimos, cuando me invitó a desayunar en una cafetería.
—Hablas con demasiada confianza para lo poco que me conoces.
Owen sabía que tenía razón, así que no gastó saliva en contradecirme. De repente, las imágenes que aparecieron en la televisión llamaron su atención. En las noticias hablaban de un concierto. Los vídeos que aparecieron mostraban a miles de personas en un gran estadio.
—Ayer, miles de fans mostraron su descontento ante la ausencia de Owen Sanders en el concierto que daba comienzo a la nueva gira de Thorns. El pasado siete de julio, Robert comunicaba con orgullo la presencia de su hijo en su primer concierto, pero el momento más esperado de la noche nunca llegó. El vocalista de la banda todavía no ha explicado el motivo por el cual su hijo no habría podido asistir a su primer concierto. Fuentes externas aseguran que el motivo de su ausencia habría sido una disputa familiar.
Owen cogió el mando de la televisión y cambió de canal. La incomodidad tensó su cuerpo y le borró la sonrisa.
—No sabía que había gente tan interesada en tu vida personal.
—Te sorprendería. Podrían informar de cosas más importantes en vez de hablar de un adolescente que se ha negado a aparecer en el concierto de su padre.
—¿Tienen razón? ¿Estás aquí por problemas familiares?
—Me encanta que por fin te muestres, aunque sea, un poco interesada en mí, pero no creo que pueda responderte a eso. Todavía no.
—Así que sí.
Owen resopló con cierto aire divertido. Los músculos de sus hombros se relajaron.
—A veces pienso que intentas incomodarme. Y que eso te gusta.
—¿Lo estoy consiguiendo?
La sonrisa de Owen volvió, amplia y brillante. Creo que podía llegar a comprender a muchas de sus fans. Era un chico joven, guapo y de aspecto agradable. Su popularidad estaba bien cimentada.
Owen optó por no responder y sin dejar de sonreír se levantó y fue a la cocina para lavar las cosas. Su guardaespaldas lo siguió de cerca para ayudarlo y, por supuesto, para hablar de mí. La conversación comenzó con un recordatorio de lo confiado que era Owen, y si en algún punto quiso defenderse de esa acusación no llegué a escucharlo porque preferí no entrometerme en ella.