Un Matrimonio por Contrato

Capitulo 34

Capítulo 34:

El derrumbe del imperio

La gala benéfica organizada por los Bozzo en el salón principal del hotel más exclusivo de la ciudad era una trampa de sonrisas falsas, luces cegadoras y cuchillos ocultos bajo la alta costura. Rous había respondido cómo debía: aceptó la invitación con elegancia, se enfundó en un vestido de alta costura que ocultaba magistralmente los primeros indicios de su estado y cruzó las puertas del brazo de Lorenzo.

Por primera vez en su vida, Rous había decidido delegar la batalla. Cuando sus padres se acercaron con la falsa cordialidad de siempre, buscando acorralarla con preguntas sobre su matrimonio, no necesitó sacar las garras. Lorenzo se interpuso como un muro impenetrable, desmantelando los comentarios venenosos de su propia familia con una frialdad tan cortante que los Bozzo retrocedieron despacio, recordando de golpe quién era el verdadero dueño del tablero.

Aun así, el cuerpo le pesaba. La fatiga del viaje reciente y el desgaste emocional la mantenían al límite de sus fuerzas. Se comportó a la altura, sonrió para las cámaras institucionales y soportó el ambiente cargado de los salones, protegiendo celosamente su secreto. No quería, por nada del mundo, que nadie supiera lo que crecía en su interior; quería mantenerlo a salvo de la vorágine de su mundo.

Pero esa noche, el destino decidió ensañarse.

Pasada la madrugada, cuando decidieron marcharse para huir de la pesadez del evento, la salida se convirtió en una ratonera. Una horda de paparazzi y reporteros ávidos de exclusivas se abalanzó sobre ellos en la escalinata exterior. La marea humana fue feroz y agresiva, empujando sin control entre flashes y gritos.

Lorenzo estaba a apenas un metro de distancia, abriéndose paso con los hombros y los escoltas bloqueando el flanco, pero la masa de periodistas dio un giro violento. Un empujón colectivo desequilibró a Rous.

El impacto fue seco y brutal contra la gruesa baranda de metal de las escaleras del salón de fiestas. Su vientre recibió el golpe directo de la estructura.

—¡Rous! —rugió la voz de Lorenzo, rompiendo el caos.

En cuestión de segundos, tanto Lorenzo como Dominic —que había asistido de imprevisto a la gala— abrieron camino a golpes a través de la muchedumbre, apartando a los reporteros con furia ciega hasta meterla en el asiento trasero de la limusina.

—¿Estás bien? —preguntó Lorenzo con el rostro pálido y la respiración cortada, revisándola de arriba abajo mientras el vehículo arrancaba a toda velocidad dejando atrás el tumulto.

Rous, respirando con dificultad y con el rostro contraído por una mueca de dolor sordo, asintió con lentitud. Aparentemente estaba bien; el golpe había sido fuerte, pero el pánico inicial parecía disiparse conforme el auto avanzaba por la avenida vacía.

Treinta minutos después, al cruzar las puertas del penthouse, la falsa calma se desmoronó.

Un calambre agudo, visceral y punzante atravesó el bajo vientre de Rous, haciéndola doblarse de rodillas sobre el suelo de mármol de la entrada. Un hilo de sangre tibia comenzó a teñir la tela clara de su vestido.

—¡Lorenzo...! —graznó ella, con los ojos abiertos de par en par por el terror puro, antes de que el mundo se le apagará entre los brazos de su esposo.

Las horas en el área privada de urgencias de la clínica transcurrieron como una pesadilla borrosa y estéril.

Cuando el médico salió del quirófano con el rostro ensombrecido por la derrota, ni siquiera hizo falta que abriera la historia clínica. La mirada del especialista bastó para que el mundo de Lorenzo De Luca se fracturara en mil pedazos.

El impacto contra la baranda había desatado un desprendimiento fulminante. A pesar de los esfuerzos quirúrgicos, el frágil latido que habían visto en la pantalla días atrás se había apagado para siempre.

Rous había perdido al bebé.

En la fría soledad de la habitación del hospital, mientras el suero goteaba lentamente en su vena y el monitor marcaba la monotonía de sus signos vitales, Rous despertó. No lloró. No gritó. Se quedó mirando el techo blanco con los ojos vacíos, sintiendo cómo el hueco en su vientre se correspondía exactamente con el vacío helado que se había instalado en su alma.

La celda biológica se había roto, pero el precio había sido la vida misma. Y mientras Lorenzo permanecía de pie junto a la ventana, con los puños apretados contra los cristales y el reflejo de la culpa destrozándole las entrañas, ambos supieron que las ruinas de su matrimonio acababan de convertirse en un campo de batalla del que jamás lograrían salir.



#1843 en Novela romántica

En el texto hay: romanse pasión

Editado: 18.10.2026

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