Capítulo 35: Las cenizas del coloso
El nombre de los De Luca ya no se pronunciaba en los círculos sociales con la reverencia de antes; se susurraba con pánico.
En menos de cuarenta y ocho horas, el imperio corporativo de Lorenzo se volcó por completo a una sola tarea: la destrucción sistemática y pública de todos los medios, agencias de paparazzi y reporteros independientes que habían estado en la fatídica escalinata de la gala. Los contratos de exclusividad fueron revocados, las demandas por negligencia e invasión a la privacidad llovieron sobre los consorcios de comunicación y el fotógrafo que había provocado el empujón directo contra la baranda perdió su licencia profesional antes de que terminara la semana. Lorenzo no buscaba compensación económica; buscaba tierra arrasada.
Sin embargo, el eco de esa venganza implacable resonaba de forma sorda en el interior del penthouse, donde el silencio se había vuelto más pesado que el plomo.
Rous llevaba tres días en la habitación principal, negándose a recibir visitas, incluso la de su hermano Dominic. El dolor físico de la pérdida se mezclaba con una apatía gélida que la había devuelto al punto de partida, encerrada tras murallas invisibles. Ya no había planes de fuga, ni auditorías de venganza, ni estrategias de poder. Solo quedaba el eco de una promesa rota y el vacío irreparable en el centro de su cuerpo.
Esa madrugada, Lorenzo entró al dormitorio con pasos lentos. Ya no vestía el traje impecable de magnate; llevaba la camisa oscura arrugada y el rostro marcado por la fatiga y el insomnio. Se acercó a la cama con una vacilación que jamás se le había visto, y se sentó en el borde, manteniendo una distancia prudente, como si temiera que su presencia fuera a romperla del todo.
—Los responsables ya pagaron, Rous —murmuró él con voz ronca, mirando fijamente hacia las sábanas—. Ninguno de los medios que estuvieron esa noche volverá a operar. Y la clínica privada... he dispuesto un equipo completo a tu entera disposición para cuando desees regresar a casa.
Rous no se movió de inmediato. Pasaron largos segundos en los que el único sonido era la respiración contenida de ambos. Lentamente, giró el rostro hacia él. Sus ojos verdes ya no tenían el brillo desafiante de la guerrera ni la rabia de la estratega; estaban bañados por una vulnerabilidad tan honda que a Lorenzo le dolió más que cualquier golpe.
—¿De qué sirve destruir a todo el mundo, Lorenzo? —preguntó ella, con la voz quebrada, delgada como un hilo de cristal a punto de romperse—. ¿De qué sirve tu imperio, tus abogados y tu dinero... si el bebé ya no está?
Las lágrimas que Rous había retenido durante días finalmente se desbordaron, cayendo en silencio por sus mejillas.
Por primera vez, el titán invulnerable se derrumbó. Lorenzo no intentó mantener su postura rígida; se inclinó hacia adelante y rompió la distancia que los separaba, rodeando el cuerpo frágil de su esposa con los brazos y pegándola contra su pecho.
Rous se quedó inmóvil un segundo, tensa bajo el contacto, antes de dejar escapar un sollozo ahogado que llevaba atragantado en el alma. Hundió el rostro en el hombro de Lorenzo, aferrándose a la tela de su camisa con las manos temblorosas, desgarrada por el dolor de la pérdida, pero encontrando por fin en ese abrazo la trinchera que creía haber perdido para siempre.
—Lo siento... perdóname, Rous —susurró Lorenzo contra su cabello, con la voz rota por un llanto sordo y contenido que jamás le había mostrado a nadie—. Perdoname por no haber estado a un centímetro de distancia cuando pasó.
La tormenta no había terminado, y las cicatrices del golpe permanecerían abiertas durante el resto de sus días. Pero abrazados en la penumbra de la habitación, entre los escombros de un matrimonio construido a base de guerra y orgullo, comprendieron que ya no luchaban el uno contra el contra el otro. De entre las cenizas de su dolor, el amor no había nacido como una tregua limpia, sino como un pacto de supervivencia: dos almas rotas que, por fin, aprendían a sostenerse de verdad.