El tiempo de las lágrimas y la anticipación para Rous había llegado a su fin. La mañana decidió abrirse paso rodeada por la calidez inesperada de los brazos de Lorenzo. Había logrado dormir profundamente, algo que parecía imposible bajo el peso de sus múltiples batallas, y al despertar, lo observó con detenimiento. Dormido, con el rostro relajado y sin la máscara de magnate frío y controlador que solía portar ante el mundo, no parecía el monstruo calculador que ella misma se empeñaba en combatir.
Se levantó con sigilo, tratando de no perturbar su sueño, y caminó directa hacia el baño. Tras completar su minuciosa rutina de cuidado facial —ese pequeño ritual que la conectaba consigo misma—, se metió bajo la regadera. El agua tibia cayó con fuerza sobre su espalda, desatando de golpe los nudos de tensión acumulados en sus hombros.
De pronto, notó cómo la presión del agua disminuía de intensidad. Unos brazos firmes se deslizaron con familiaridad por su cintura, y Rous se tensó al instante. Un beso cálido y deliberado rozó la curva de su cuello, mientras las manos de Lorenzo comenzaban a recorrer su piel con una urgencia contenida. Sin darse cuenta, su resistencia se fue desmoronando, convirtiéndola en una gelatina de sensaciones y emociones desbordadas.
Tras una sesión intensa de besos y caricias que aceleraron sus latidos hasta el borde del vértigo, Lorenzo la acorraló suavemente contra los azulejos de la esquina, buscando profundizar el momento.
—No podemos, Lorenzo... es muy pronto —logró decir ella entre gemidos, apoyando las manos en su pecho.
(Recordaba con nitidez el pasado; si no le daba tiempo al tiempo, era probable que volviera a embarazarse, y ella no estaba preparada para eso. No en ese momento, con tantas cosas por resolver, con su carrera, los contratos y el frágil equilibrio de su vida pendiendo de un hilo).
—Rous, por favor, te necesito —le suplicó él.
Era la primera vez que Lorenzo De Luca no exigía ni tomaba lo que quería; por primera vez en su vida, lo estaba pidiendo.
—Así no. No sin antes tomar precauciones, no quiero otra sorpresa —respondió ella, sosteniéndole la mirada.
—¿Por qué, Rous? ¿Por qué? Un hijo nuestro sería perfecto.
Ella lo miró con una compleja mezcla de orgullo, deseo y un profundo anhelo que le dolía admitir.
—No.
Su "no" fue absoluto, una línea trazada en piedra. Lorenzo, conteniendo el aliento y la marea de sus propios impulsos, la abrazó con fuerza contra su pecho, dejando que el agua tibia los relajara a los dos en un silencio cargado de entendimiento.
Más tarde, en la penumbra de la habitación mientras terminaban de vestirse para salir, un peso invisible oprimió el pecho de Rous. Doblegando su orgullo —el mismo que la había mantenido de pie frente a su familia y al propio Lorenzo—, giró la cabeza hacia él.
—¿Podrías... podrías acompañarme a la clínica? Tengo que ver a la especialista.
Lorenzo la observó un instante, sorprendido por la vulnerabilidad que ella tanto intentaba ocultar, pero su respuesta fue inmediata y firme.
—Por supuesto. Yo me encargo de cancelar la agenda de la mañana.
—Gracias —murmuró ella bajando la mirada.
El trayecto en coche transcurrió en un silencio tenso, pero al llegar a la clínica privada, la atmósfera se volvió densa e irrespirable. La sala de espera olía a cloro y anticipación. Cuando la puerta del consultorio se abrió y el médico llamó sus nombres, la sorpresa los golpeó a ambos: el especialista asignado era un hombre joven, de facciones atractivas, una sonrisa encantadora y, para colmo de males, un declarado fan de la carrera de modelaje de Rous.
El doctor levantó la vista del expediente, reconociéndola al instante, y sus ojos brillaron con una mezcla de fascinación profesional y evidente coqueteo.
—Vaya... Rosangela Bozzo. Es un verdadero honor tenerla por aquí. Siga por favor, y cuénteme qué la trae a consulta hoy... y a usted también, caballero —añadió el médico, lanzándole a Lorenzo una mirada de reojo que medía al rival con sutil arrogancia.
A su lado, Rous sintió cómo la mandíbula de Lorenzo se tensaba hasta volverse de granito, mientras una sombra de peligrosa posesividad cruzaba por sus oscuros ojos. El juego de las apariencias y el contrato acababa de chocar de frente con los celos más puros y viscerales.