El estudio de diseño del departamento se había convertido en un campo de batalla donde el aire vibraba con electricidad estática. Sobre la mesa de caoba, los bocetos de las piezas de alta costura y las campañas de lencería artística se extendían como un mapa de guerra.
Para Rous, aquello no era solo trabajo; era una cuestión de supervivencia espiritual. Cada pluma, cada hilo de seda transparente y cada centímetro de encaje representaban su trinchera. La necesidad visceral de demostrarse a sí misma —y al mundo entero, pero sobre todo a él— que seguía siendo dueña absoluta de su destino ardía en sus venas con furia. Nadie iba a recortarle las alas. Ni su familia, ni los contratos, ni el hombre imponente que ahora la observaba desde el umbral de la puerta con los brazos cruzados y los ojos oscuros ensombrecidos por una tormenta contenida.
—¿Vas a presentarte ante media industria prácticamente desnuda y esperas que actúe como si estuviera firmando un balance contable? —la voz de Lorenzo sonó baja, cortante, vibrando con una posesividad enfermiza que intentaba disimular bajo una fachada de fría lógica—. El contrato estipula protección mutua, Rous. Exponer tu cuerpo de esa manera no es independencia; es una provocación innecesaria.
Rous giró sobre sus talones, con los ojos verdes echando chispas y la mandíbula tensa. Dio dos pasos largos hacia él, plantándose a pocos centímetros de su pecho, negándose a ceder ni un milímetro de terreno.
—¿Una provocación? —soltó una risa seca, cargada de un orgullo indomable—. Qué curioso que uses esa palabra, Lorenzo. ¿Te molesta el diseño de la ropa o te aterra pensar que otros hombres puedan mirar lo que crees que te pertenece en exclusiva?
—Sé perfectamente lo que es mío —replicó él al instante, con un tono de voz que dejó de ser glacial para convertirse en un rugido sordo. En un movimiento rápido y felino, Lorenzo la acorraló contra el borde del escritorio, aprisionándola con su cuerpo—. Lo que no soporto es la idea de que cientos de buitres hambrientos de la alta sociedad te devoren con los ojos mientras tú desfilas medio desnuda solo para demostrarle al maldito espejo que nadie te manda. ¡Juegas con fuego, Rous!
—¡Pues que arda el mundo entero! —le desafió ella, inclinando el rostro hacia arriba, con los labios a nada de rozar los suyos, exhalando un desafío que quemaba—. ¿Crees que no conozco tu juego? Te compraste un matrimonio por contrato creyendo que me meterías en tu telaraña para encerrarme en una jaula dorada donde solo tú tengas la llave. ¡Pues te equivocaste de mujer, Lorenzo De Luca! Yo no vine a ser la esposa trofeo que adorna tus galas empresariales. Si quieres estar conmigo, tendrás que aprender a tragar tus celos y aceptar que mi libertad no se negocia.
Las palabras de Rous cayeron como dinamita pura. En los ojos de Lorenzo se rompió el último dique de contención. No había rastro del magnate frío, metódico e intocable; solo quedaba el hombre hambriento de poseer, devorar y proteger a la única criatura en la tierra que desafiaba sus dominios.
—Crees que te tengo miedo a ti... o a tu rebeldía —murmuró Lorenzo con la voz ronca, áspera por el deseo y la rabia contenida.
Sus manos grandes y firmes se cerraron con fuerza sobre su cintura, levantándola sin esfuerzo para sentarla sobre la madera del escritorio, invadiendo su espacio vital de golpe.
—No te tengo miedo, Lorenzo... te detesto cuando te pones en modo tirano —susurró ella, aunque su respiración ya se había vuelto trémula, traicionando la coraza de hielo que intentaba sostener.
—Mientes —sentenció él antes de capturar sus labios en un beso voraz, desesperado, una colisión de bocas que sabía a castigo y a rendición al mismo tiempo.
Rous soltó un jadeo ahogado contra su boca, pero en lugar de empujarlo, sus dedos se enredaron con furia en el cabello oscuro de Lorenzo, atrayéndolo aún más hacia ella. Era un amor tan voraz como feroz, cubierto por mil capas de orgullo, cicatrices y un pasado que intentaba asfixiarlos. Cada mordisco, cada roce de pieles cargado de una urgencia salvaje era una batalla sin tregua donde ninguno de los dos estaba dispuesto a perder, pero donde entregarse al otro era el único destino ineludible.
Cuando finalmente se separaron, respirando agitadamente, con las frentes juntas y el pecho subiendo y bajando al unísono, Lorenzo le acarició la mejilla con una suavidad que contrastaba violentamente con la tormenta de sus ojos.
—Haz tu maldito desfile, Rous —susurró él contra sus labios, con una intensidad que le heló la sangre—. Pero que te quede claro: cuando bajes de esa pasarela, cada segundo de tu piel me va a pertenecer en exclusiva a mí.
Rous lo miró con el pecho latiendo a mil por hora, sintiendo que el suelo se le movía, consciente de que acababa de aceptar una guerra íntima de la que ninguna de las dos partes saldría ilesa.