El bajo profundo del sistema de sonido vibraba directamente contra las costillas de Lorenzo, haciendo eco del tambor frenético que llevaba en el pecho. Las luces cenitales del recinto cortaban la penumbra como cuchillas de plata, iluminando una pasarela que, en ese preciso instante, se había convertido en el círculo más sofisticado del infierno.
Lorenzo ajustó los puños de su camisa con una rigidez militar, sintiendo que la tela se negaba a ceder ante la furia sorda que le quemaba las manos. A su lado, sentado en la primera fila de asientos VIP, Dominic apuraba con total naturalidad un vaso de agua con gas, cruzando una pierna con la relajación irritante de quien asiste a un espectáculo de comedia y no a la ejecución pública de su mejor amigo.
—Te dije que no iba a usar un velo de novia tradicional, cuñado —murmuró Dominic de reojo, sin apartar los ojos de las pantallas gigantes que colgaban sobre el escenario—. Y mírala. Si sigues apretando la mandíbula así, vas a romperte una muela antes de que empiece el bloque de lencería. Cierra la boca, Lorenzo. Estás babeando rabia.
—Cierra la maldita boca tú, Dominic, o te juro que te cancelo la cuenta de la división internacional antes de que termine el desfile —siseó Lorenzo con la voz grave, ronca, conteniendo un impulso asesino que pocas veces solía experimentar.
Dominic soltó una carcajada baja, divertida, aunque en el fondo de su mirada había un destello de genuina compasión masculina.
—Tranquilo, tiburón de las finanzas. Aceptaste las reglas del juego cuando le pusiste ese contrato en las manos. Ella es un huracán; querías poseer el ojo de la tormenta y ahora te sorprende que te arrastre el viento.
Lorenzo no respondió. No podía. Sus ojos oscuros se habían quedado fijos, clavados con una fijeza obsesiva en el inicio de la pasarela.
En ese momento, las luces estallaron en un destello cegador y Rous apareció.
El aire pareció evaporarse de los pulmones de Lorenzo. El mundo entero se redujo a ella. Vestida con una pieza de alta costura de seda negra que parecía esculpida directamente sobre su piel, con transparencias estratégicas y un talle que desafiaba la gravedad, Rous caminaba con una elegancia felina, altiva y devastadora. Llevaba el mentón ligeramente elevado, la mirada fría y calculadora de la contable que dominaba los números, combinada con la seguridad insolente de la supermodelo que sabía que era dueña absoluta de cada par de ojos en el recinto.
Cada paso que daba sobre los tacones de aguja resonaba en la mente de Lorenzo como un eco metálico. Podía escuchar los murmullos de aprobación a su alféizar, los susurros de los hombres en las filas laterales, el destello voraz de las cámaras fotográficas que acribillaban cada milímetro de su silueta. Una ola de celos viscerales, oscuros y primitivos le recorrió las entrañas, tensando cada músculo de su cuerpo hasta el límite de la ruptura.
Mía.
La palabra rugía en su cabeza como un recordatorio y una sentencia. Ella creía que estaba demostrándole al mundo su independencia, que esa pasarela era su trinchera contra el control de él. Pero lo que Rous ignoraba —lo que nadie en ese recinto millonario comprendía— era que cada destello de luz sobre su piel, cada parpadeo de la cámara y cada segundo de aquella exhibición desataban en Lorenzo una obsesión mucho más peligrosa. No quería encerrarla en una jaula de cristal; quería quemar el mundo exterior para que nadie más tuviera el derecho de mirarla así.
—Viene lo bueno —murmuró Dominic con una sonrisa de medio lado, dándole un leve codazo cómplice—. Bloque de lencería artística. Prepara el chaleco antibalas, Lorenzo.
El corazón de Lorenzo dio un vuelco salvaje cuando la música cambió a un ritmo más denso, cargado de una sensualidad casi pecaminosa. Las modelos empezaron a desfilar con conjuntos de encaje finísimo, y en cuestión de segundos, Rous volvió a pisar la pasarela. El diseño que portaba era una obra de arte en tonos burdeos y oro viejo, con tiras finas que acentuaban la perfección simétrica de su cintura y un abrigo de gasa ligera que flotaba tras ella como una capa de reina guerrera.
Los fotógrafos se volvieron locos. Los flashes parpadeaban como una tormenta eléctrica incesante.
Rous giró al llegar al borde de la pasarela, justo frente a los asientos VIP. Por una fracción de segundo, sus ojos verdes chocaron directamente con la mirada de Lorenzo.
En esa milésima de segundo, la máscara de frialdad de la modelo se resquebrajó. Un destello de desafío, de triunfo absoluto y de un deseo tan feroz como el suyo propio brilló en su mirada. Era un reto directo. Una provocación lanzada desde lo alto del trono que ella misma había construido.
Lorenzo sintió que la sangre le hervía en las venas. Su mandíbula se relajó milimétricamente, sustituyendo la rabia por una resolución de acero oscuro. Una sonrisa fría, casi imperceptible y hambrienta se dibujó en la comisura de sus labios.
Gana todas las batallas que quieras en la pasarela, Rous, pensó él, apretando los puños sobre las rodillas mientras la seguía con la mirada hasta que desapareció tras el telón. Porque cuando cruces la puerta de casa esta noche, la única dueña de tu pulso voy a ser yo.