Capítulo 41: La condena de la seda y la carne
La puerta del departamento apenas se había cerrado a sus espaldas cuando el aire estalló en pedazos.
Antes de que Rous pudiera siquiera parpadear o arrojar los zapatos de diseñador a un rincón, Lorenzo la atrapó por la cintura con una fuerza ciega y posesiva. No hubo palabras de bienvenida, ni reproches sobre los destellos de los fotógrafos, ni reclamos por las miradas hambrientas que otros hombres le habían robado en la pasarela. El silencio que los envolvió era denso, pesado, cargado con la electricidad estática de una tormenta contenida que llevaba días buscando una válvula de escape.
La empujó con una suavidad implacable hacia la penumbra de la habitación principal. La luz fría de la luna, filtrándose a través de los amplios ventanales, bañaba la cama cubierta de sábanas de seda oscura, un lecho que esa noche se convertiría en su campo de batalla y en su refugio más sagrado.
—¿Querías demostrarle al mundo que nadie te manda, Rous? —la voz de Lorenzo, ronca, áspera y vibrante de un deseo reprimido hasta la locura, le quemó directamente contra la piel del lóbulo de la oreja mientras le desabrochaba el vestido con una torpeza desesperada—. Pues demuéstrame ahora si eres igual de valiente aquí adentro, frente a mí.
Rous soltó un jadeo desafiante, arqueando la espalda de inmediato cuando las grandes y calientes manos de Lorenzo recorrieron sus caderas con una urgencia salvaje.
—Haz tu peor esfuerzo, De Luca —murmuró ella con una sonrisa insolente y los ojos verdes fijos en los suyos, tirando al mismo tiempo de las solapas de su camisa hasta arrancar los botones por completo.
Lo que siguió desafió el concepto del tiempo, convirtiéndose en una entrega implacable que se prolongó durante cuarenta y ocho horas ininterrumpidas.
Lorenzo descargó toda su frustración, sus celos viscerales y su profunda adoración en una rendición absoluta. Convirtió la habitación en una celda dorada y el placer en la condena más exquisita que un ser humano pudiera soportar. No hubo un solo rincón de su piel, ni un milímetro de esa hermosa silueta de reloj de arena que maduraba y se enriquecía con cada encuentro, que él no recorriera, devorara y marcara con la devoción febril de un monarca absoluto rindiendo culto a su única debilidad.
Las horas se desdibujaron en un laberinto febril de sábanas revueltas, sudor tibio, respiraciones entrecortadas y gemidos que ahogaban las paredes del departamento. Cada sesión de intimidad era un pulso donde él la sometía con una autoridad abrumadora, obligándola a perder la cordura, a suplicar en susurros y a arañarle la espalda en busca de aire; pero, al mismo tiempo, cada caricia estaba milimétricamente calculada para no dañarla, cuidando con un celo enfermizo la delicada perfección de ese cuerpo que él consideraba su territorio sagrado y sagrado secreto.
Rous se descubrió a sí misma cayendo una y otra vez por un abismo sin fondo, entregando las armas ante un hombre que la conocía mejor que nadie. En el clímax de la segunda noche, atrapada bajo el peso imponente de su cuerpo y con la mirada febril de Lorenzo clavada en la suya como un ancla, sintió que ya no quedaban capas de orgullo que defender. Eran solo dos almas hambrientas y colisionando, quemándose en el fuego cruzado de un amor tan voraz que hacía trizas cualquier contrato terrenal.
Cuando el mundo exterior finalmente volvió a existir y el silencio espeso de la madrugada cubrió la habitación, Rous yacía inmóvil, hundida contra el pecho firme de Lorenzo, escuchando el tambor rítmico de su corazón. Él le acariciaba el cabello con una lentitud infinita, con los dedos enredados en sus hebras oscuras, mientras la besaba con una ternura infinita en la coronilla.
Ninguno de los dos pronunció una sola palabra. No hacía falta. La guerra de la pasarela había muerto, y en el mapa secreto de su piel, el ganador y el perdedor se habían fundido para siempre en uno solo.