Capítulo 43: El precio de los aplausos
La sala de juntas del corporativo olía a café amargo, papel arrugado y a una tensión corporativa que solía cortarse con cuchillo. Sin embargo, ese día el aire estaba cargado de algo mucho más volátil: los ecos ensordecedores de la pasarela y las portadas de los diarios económicos y sociales que cubrían la caoba de la mesa principal.
Lorenzo entró al recinto con el paso firme, el traje de sastre impecable y el rostro esculpido en granito puro. A su lado, con una sonrisa burlona que intentaba mantener a raya bajo una falsa fachada de seriedad, caminaba Dominic, quien oficiaba de asesor y, sobre todo, de testigo silencioso del volcán interno que amenazaba con estallar en el pecho de su mejor amigo.
Antes de que Lorenzo pudiera siquiera tomar asiento en la cabecera, el director de operaciones levantó la mano, agitando un ejemplar del diario matutino.
—Magnífico movimiento estratégico, Lorenzo —comenzó diciendo el ejecutivo con una sonrisa de oreja a oreja—. Las acciones del grupo subieron un catorce por ciento tras el desfile. Y los contratos publicitarios para la señora De Luca se han triplicado. Tengo sobre mi mesa tres propuestas de marcas internacionales que quieren a ambos como imagen corporativa conjunta. Una jugada maestra, sin duda... aunque admito que nos sorprendió a todos tu ausencia absoluta de las oficinas durante dos días. Dicen que hasta el mismísimo rey Midas se distrae cuando la reina pisa fuerte.
Un murmullo de aprobación y risas contenidas recorrió la sala.
Para cualquiera de los presentes, los elogios eran meras adulaciones hacia el éxito financiero de la familia. Pero para Lorenzo, cada palabra pronunciada sobre Rous —cada mención a su exposición pública, a su cuerpo, a las portadas que la mostraban envuelta en seda y lencería ante los ojos hambrientos de medio país— funcionaba como una chispa cayendo sobre un bidón de gasolina.
La mandíbula de Lorenzo se tensó con tanta fuerza que los músculos del cuello se le marcaron a través de la camisa. Su mirada se ensombreció, adquiriendo un brillo letal y posesivo que hizo que el director de operaciones tragara saliva de golpe y bajara la vista hacia sus papeles.
—Mis asuntos personales no son materia de debate en este consejo —intervino Lorenzo con una voz tan gélida y cortante que congeló la temperatura de la sala en una fracción de segundo—. El rendimiento financiero se evalúa con números en la pantalla, no con comentarios sobre la vida privada de mi esposa. Queda clara la postura: las campañas conjuntas se rechazan de inmediato. Su carrera pertenece exclusivamente a su propio mérito, no a las estrategias de este corporativo.
Un silencio sepulcral se apoderó de la mesa. Nadie se atrevía a replicar.
A su lado, Dominic inclinó ligeramente el torso hacia adelante, apoyando los codos en la caoba, y dejó escapar un suspiro disimulado mientras observaba la vena que le latía furiosamente en la sien a Lorenzo.
(Pensamientos de Lorenzo): Quieren verla. Quieren comprar su imagen, exhibirla en cada cartelera de la ciudad, aplaudir el trofeo que creen que tengo colgado del brazo. Idiotas. No saben que cada flash de esa cámara es una ofensa directa a lo que es mío, a lo que solo yo tengo el derecho de poseer en la penumbra. Si tuviera que quemar este edificio entero para que dejen de pronunciar su nombre con esa suficiencia comercial, lo haría ahora mismo.
Dominic, que conocía a Lorenzo lo suficiente como para leer entre líneas cada uno de sus silencios letales, giró apenas el rostro hacia él y le murmuró en un tono casi imperceptible, solo para que pudiera oírlo:
—Respira, tiburón... que vas a terminar vaciando la sala a balazos sin haber firmado un solo balance. Te lo advertí: querías casarte con un huracán, ahora aguanta el eco de los truenos. Y por lo que más quieras, no pienses en cancelar la mitad de la bolsa de valores hoy, o tu suegra te mandará a exorcizar.
Lorenzo le lanzó a Dominic una mirada de reojo cargada de una amenaza sorda, aunque por dentro sabía que su cuñado tenía maldita la razón. La rabia y el orgullo chocaban contra el dulce y denso recuerdo de las últimas cuarenta y horas en la alcoba.
—Cierra la boca, Dominic, y concéntrate en los números antes de que decida auditar tus cuentas personales —respondió Lorenzo en un susurro igual de bajo, recuperando formalmente la máscara de CEO impasible ante una junta que seguía conteniendo la respiración.