Un Matrimonio por Contrato

Capitulo 44

Capítulo 44: Sombras en la entrada y una tregua a la luz de las velas

​El impacto mediático del desfile no tardó en cobrar su factura en el terreno de la realidad cotidiana. Para Rous, salir a la calle se convirtió en una operación de alta gerencia: la prensa rosa y los paparazzis acechaban cada esquina, transformando su rutina en un asedio constante. El peso de las cámaras y los flashes hizo inevitable un incremento drástico en la seguridad; un par de escoltas discretos comenzaron a custodiarla en cada desplazamiento, un recordatorio constante de que su independencia profesional venía acompañada de una jaula invisible de notoriedad pública.

​Unos días después, necesitada de un respiro y con el impulso de romper la monotonía del corporativo, Rous decidió ir a visitar a Lorenzo a su empresa.

​Sin embargo, al llegar en el todoterreno, la escena en la entrada principal le heló la sangre. Una densa marea de reporteros, camarógrafos y curiosos se agolpaba contra las puertas de vidrio del corporativo, buscando la primicia de la pareja del momento. Los flashes estallaban como relámpagos artificiales y los gritos pidiendo una declaración se superponían en un zumbido ensordecedor.

​Para Rous, aquel mar de rostros anónimos y lentes intrusivos le trajo de golpe malos recuerdos: la sensación asfixiante de perder el control, la vulnerabilidad de sentirse expuesta sin su consentimiento y el eco agrio de un pasado que prefería enterrar. Su respiración se volvió corta, y las manos le temblaron imperceptiblemente sobre el regazo mientras el chófer detenía el vehículo.

​Antes de que pudiera ceder al pánico, la puerta del auto se abrió con suavidad. Dos guardaespaldas formaron un cordón impenetrable, flanqueándola con rapidez para abrirle paso entre la jauría mediática hasta el interior seguro del edificio.

​Cuando las puertas del ascensor privado se cerraron, cortando de tajo el ruido exterior, Rous exhaló un suspiro tembloroso, intentando recomponer su imperturbable fachada.

​Al llegar al último piso, cruzó el umbral del despacho de Lorenzo sin previo aviso. El magnate estaba de pie frente a los ventanales, revisando unos informes, pero el sonido de sus tacones lo hizo girar de inmediato. Al ver el leve rastro de tensión en el rostro de ella y la forma en que aún aferraba su bolso, Lorenzo frunció el ceño con una velocidad alarmante. Cruzó el despacho en tres zancadas y la tomó del rostro con ambas manos, examinándola milímetro a milímetro.

​—¿Qué ha pasado? —preguntó él con voz ronca, letalmente baja—. ¿Te han acosado abajo? Dime una palabra y hago que despejen esa calle en menos de cinco minutos.

​Rous parpadeó, conmovida a pesar suyo por la ferocidad protectora que brotaba de sus ojos oscuros. Negó levemente con la cabeza, esbozando una sonrisa de medio lado para disipar la tormenta que amenazaba con desatarse en el semblante de su esposo.

​—Estoy bien, Lorenzo. Solo... la prensa de hoy estaba insoportable. Me trajo malos recuerdos, eso es todo —admitió ella con inusual franqueza, apoyando las manos sobre el pecho firme de Lorenzo para sentir el ritmo constante de su corazón—. Pero ya pasó.

​Lorenzo la abrazó con fuerza, enterrando el rostro en su cabello oscuro, inhalando su perfume como si fuera el único ancla en medio de un naufragio.

​—No volverán a acercarse a ti de esa manera. Te lo juro —murmuró contra su oído, con una intensidad que rozaba la jura de sangre.

​Rous se apartó un poco, sosteniéndole la mirada, y un brillo travieso iluminó de nuevo sus ojos verdes. Quitando la tensión del ambiente con un movimiento estratégico, deslizó un sobre negro y elegante sobre el escritorio de caoba.

​—Olvídate de los paparazzis y de la junta directiva por una noche —dijo ella, con un tono de voz que cambió de la vulnerabilidad al desafío seductor—. Esta noche secuestro al empresario más frío y controlador del país.

​Lorenzo miró el sobre, extrañado, y al abrirlo descubrió la confirmación de una reserva exclusiva. No era cualquier lugar: se trataba de uno de los restaurantes más lujosos, privados y míticos de Italia, un rincón escondido a la orilla del lago de Como al que accederían mediante un vuelo privado esa misma tarde. Rous se había encargando de todo.

​—¿Un viaje relámpago a Italia, solo nosotros dos? —preguntó Lorenzo, arqueando una ceja con una mezcla de sorpresa y diversión oscura—. Pensé que las reglas del contrato prohibían las escapadas románticas espontáneas.

​—Las reglas las acabo de reescribir yo, De Luca —respondió Rous con una sonrisa insolente, cruzándose de brazos—. Así que más te vale tener el pasaporte a la mano y dejar de mirar informes financieros. Tienes exactamente dos horas para estar listo. No pienso aceptar un no por respuesta.

​Lorenzo la miró en silencio durante unos segundos, fascinado por la fuerza indomable de la mujer que tenía enfrente. Una sonrisa lenta y hambrienta se dibujó en sus labios.

​—Acepto el secuestro, esposa mía —murmuró él, atrayéndola de nuevo hacia su cuerpo para sellar el pacto con un beso que prometía borrar por completo el ruido del mundo exterior—. Pero que te quede claro: en Italia, las reglas de nuestra alcoba se duplican.



#1843 en Novela romántica

En el texto hay: romanse pasión

Editado: 18.10.2026

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