El lago de Como se extendía como un espejo negro y terso, reflejado bajo un cielo cuajado de estrellas que parecía pintado a mano exclusivamente para ellos. La terraza privada del restaurante más exclusivo de la región flotaba casi sobre el agua, iluminada únicamente por la luz temblorosa de decenas de velas blancas dispuestas en candelabros de plata. El aire nocturno traía consigo el perfume del azahar y la humedad fresca de los Alpes italianos, creando una atmósfera de intimidad casi irreal.
Rous lucía un vestido de seda fluida en tono esmeralda, con la espalda descubierta y el cabello suelto cayendo en ondas suaves. Del otro lado de la mesa, Lorenzo la observaba con una fijeza magnética, habiendo despojado su imponente presencia corporativa de la corbata y la rigidez de la oficina. En ese rincón del mundo, lejos de las juntas directivas y del asedio de los paparazzis europeos, eran simplemente dos personas consumidas por una tregua de fuego y devoción.
—Debo admitir que tu concepto de «escapada correctiva» supera con creces cualquier balance fiscal que me hayas presentado jamás —murmuró Lorenzo con una sonrisa de medio lado, levantándose de su asiento para rodear la mesa.
Sin importarle la elegancia del lugar, se inclinó hacia ella, envolviéndola en un abrazo cálido y firme que la obligó a suspirar contra su pecho, antes de inclinar su rostro y besarla con una ternura hambrienta en los labios, saboreando el vino y la complicidad del momento.
—No te confíes, De Luca —respondió Rous con una chispa de picardía en la mirada al separarse apenas unos centímetros, acomodándole las solapas de la camisa con una caricia suave en la mejilla—. Solo estoy intentando demostrarte que sé gobernar fuera de las cuatro paredes de tu despacho. Aunque, a decir verdad, el paisaje ayuda bastante a bajar las defensas.
—Mis defensas contigo nunca han existido, Rous. Y lo sabes perfectamente —replicó él en voz baja, con una intensidad genuina que hizo que el pulso de ella diera un vuelco, sellando sus palabras con otro beso lento y profundo que los aisló por completo del mundo.
La plática fluyó entre risas cómplices, pullas cargadas de deseo y gestos de un cariño profundo que ambos llevaban demasiado tiempo ocultando bajo capas de orgullo. Entre copa y copa, las distancias se acortaban; Lorenzo volvía a atraparla entre sus brazos a mitad de la cena, besándole los nudillos, el cuello y la comisura de los labios con una devoción feroz, mientras Rous le devolvía una mirada de absoluta entrega, olvidándose por completo de que el resto del universo existía.
Lo que ninguno de los dos imaginaba era que, oculto en la penumbra del muelle colindante, un objetivo milimétrico los había estado siguiendo el rastro. Un teleobjetivo profesional capturó cada segundo de esa complicidad: los abrazos robados bajo las estrellas, los besos apasionados entre plato y plato, el brillo de devoción innegable en los ojos del frío magnate y la sonrisa abierta de la mujer más buscada del momento.
La cena culminó en la suite presidencial del hotel histórico que dominaba el lago. Tan pronto la puerta pesada de caoba se cerró a sus espaldas, la distancia entre ambos se desvaneció en un arrebato de urgencia. Las manos de Lorenzo recorrieron su espalda desnuda con una desesperación febril, atrapándola contra su cuerpo en un beso hambriento que supo a promesa y a tormenta. La noche se convirtió en un torbellino de sábanas revueltas, susurros al oído y una pasión desatada que desafió el frío de la madrugada alpina, fundiendo sus pieles hasta el límite de la cordura.
El amanecer en Italia entró a raudales por los ventanales de suelo a techo, iluminando el caos hermoso de la habitación. Pero la paz de la mañana duró exactamente lo que tardó el asistente de Lorenzo en deslizar una tableta electrónica sobre la mesa de centro de la sala.
Rous, envuelta en una bata de seda y sosteniendo una taza de café humeante, echó un vistazo a la pantalla y soltó una carcajada cristalina.
Los portales digitales y la prensa rosa internacional ardían en un frenesí mediático absoluto. Las fotografías tomadas la noche anterior en la terraza —capturando cada abrazo y cada beso entregado sin reservas— ocupaban las portadas de todos los diarios de crónica social del país y del continente.
"¿El hielo se derritió? El implacable magnate Lorenzo De Luca, completamente rendido entre los brazos de su esposa, la modelo Rous Bozzo, en una velada íntima y repleta de muestras de amor a las orillas del Lago de Como."
"La pareja del milenio: Elegancia, poder y una química innegable expuesta en cada beso. Así fue la romántica y exclusiva cita de los De Luca en Italia."
"Los reyes sin corona: El imperio financiero y la alta costura se unen bajo la luz de las velas y la complicidad de un romance desatado."
Rous giró la cabeza hacia la cama, donde Lorenzo terminaba de incorporarse, con el cabello revuelto y una expresión de fastidio divertido al ver los titulares.
—Vaya, querido esposo —dijo Rous con una sonrisa burlona, agitando la tableta frente a él—. Parece que nuestra pequeña escapada anónima no fue tan anónima después de todo. Ahora medio mundo sabe que eres un blandengue enamorado que no puede mantener las manos ni los labios quietos en público.
Lorenzo suspiró, frotándose el puente de la nariz antes de soltar una sonrisa lenta y peligrosa, levantándose de la cama para acorralarla contra la barra de la cocina con los brazos apoyados a ambos lados de su cuerpo.