El almuerzo familiar dominical prometía ser una formalidad civilizada, una de esas reuniones donde los intereses corporativos y las apariencias de la alta sociedad italiana debían sostenerse con una sonrisa. Sin embargo, a última hora, una crisis imprevista en el mercado internacional retuvo a Lorenzo en la torre principal, impidiéndole asistir. Rous acudió sola, confiando en que el apellido De Luca y su propia presencia imponente bastarían para mantener a raya las tensiones de la familia.
No fue así. Lo que comenzó como un intercambio de pullas sobre herencias, testamentos y la repartición de acciones del emporio familiar, escaló rápidamente hasta convertirse en una discusión feroz impulsada por la avaricia pura. Los hermanos mayores de Rous, cegados por la envidia ante el reciente éxito mediático y financiero de la pareja, perdieron los estribos, elevando los gritos y lanzando acusaciones directas contra ella para humillarla y desestabilizarla.
Dominic, que se encontraba presente, se interpuso de inmediato entre ellos, protegiendo a su hermana con todo lo que pudo, plantando cara a sus propios familiares con una furia contenida.
—Basta ya de esta hipocresía de buitres —espetó Dominic, empujando con firmeza a uno de sus hermanos para mantenerlo alejado de Rous—. Si tienen problemas con el crecimiento de la empresa, arréglenlo en el consejo de administración, no aquí.
Pero la situación ya era un polvorín. En medio del forcejeo, un mal movimiento calculado de uno de los hermanos mayores, respaldado por las provocaciones de su esposa, terminó empujando violentamente a Rous por accidente. El impacto la desequilibró de golpe; su cuerpo chocó de forma directa y seca contra la fría baranda de las escaleras de mármol del recibimiento, haciéndole perder el control antes de caer estrepitosamente por varios peldaños hasta quedar inerte en la planta baja.
El comedor quedó sepultado en un silencio de tumba, roto únicamente por el grito desgarrador de Dominic, quien se precipitó escaleras abajo para socorrerla mientras la sangre y el pánico se apoderaban del ambiente.
Dos horas más tarde, el pasillo del ala privada del hospital central de Como parecía a punto de derrumbarse bajo la presión de dos fuerzas de la naturaleza completamente fuera de sí.
Lorenzo —quien siendo hijo único había sentido que su mundo se desplomaba al recibir la llamada— había irrumpido por las puertas automáticas del centro médico apenas diez minutos después del ingreso de Rous, con el traje desabrochado, el rostro pálido de terror y los ojos oscuros inyectados en una furia homicida que congelaba la sangre a cualquiera que se cruzara en su camino.
Al verlo llegar, Dominic —con las manos manchadas aún con rastros de sangre y el pulso temblando de rabia contenida— se adelantó para bloquearle el paso a la sala de urgencias.
—¿Cómo está? —la voz de Lorenzo no sonó humana; era un rugido sordo, rasposo, cargado de una desesperación letal que amenazaba con destrozar los muros del hospital—. Dime que está bien, Dominic. Juro por mi vida que, si le pasa algo, quemo hasta los cimientos cada propiedad de esta maldita familia.
—Los médicos la están estabilizando, la golpearon duro contra la baranda y rodó por las escaleras... fue un maldito accidente provocado por la avaricia de nuestros propios hermanos —respondió Dominic apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos, con los ojos anegados en una furia idéntica a la de su cuñado—. Intenté detenerlos, Lorenzo. Juro que intenté protegerla.
La mención de los hermanos fue la chispa que faltaba. Lorenzo dio un paso atrás, respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando al ritmo de un colérico huracán. No había rastro del magnate calculador y frío; solo quedaba el animal salvaje dispuesto a devorar a los responsables de herir lo único sagrado que poseía.
—Que contraten a los mejores abogados del continente y preparen sus testamentos —siseó Lorenzo con una calma mortal, mientras la puerta del consultorio médico se abría lentamente para darles el parte médico—. Porque a partir de hoy, esa escoria va a desear no haber nacido jamás.