La puerta del consultorio médico se abrió con un leve chirrido metálico, y el especialista de guardia salió al pasillo limpiándose las gafas con un pañuelo de papel. Antes de que pudiera articular palabra, Lorenzo ya lo había acorralado con la mirada, con los nudillos tan blancos de tanto apretar los puños que parecía que la piel iba a romperse.
—Habla de una vez. ¿Cómo está? —exigió Lorenzo, con un hilo de voz que no admitía réplicas ni eufemismos.
El doctor tragó saliva ante la abrumadora presencia de ambos hombres y se apresuró a calmar las aguas.
—Tranquilos, por favor. Está fuera de peligro —comenzó diciendo el médico, viendo cómo la tensión en los hombros de Lorenzo y Dominic descendía apenas un ápice—. El impacto contra la baranda y la caída fueron fuertes, lo que provocó que se desvaneciera por el susto y el golpe seco. Presenta una contusión abdominal importante, pero afortunadamente no hay daños internos graves. Además, tiene una pequeña herida en la cabeza que requirió un par de puntos de sutura. Dadas las circunstancias y el antecedente reciente de su intervención, recomendamos dejarla una noche entera en observación estricta para descartar cualquier complicación neurológica o inflamatoria.
Un suspiro de alivio colectivo, denso y tembloroso, recorrió el pasillo. Pero el alivio duró poco, disolviéndose de inmediato en una corriente de resentimiento puro.
—Quiero verla ahora mismo —sentenció Lorenzo, dando un paso al frente hacia la puerta de la habitación.
—Déjalos entrar doctor —pidió una voz débil pero firme desde el interior.
Los dos hombres empujaron la puerta y entraron. Rous yacía en la camilla blanca, con el rostro pálido, un pequeño vendaje pulcro cubriendo la sutura cerca de la sien y una vía intravenosa conectada al dorso de su mano. A pesar del evidente dolor físico y del cansancio reflejado en sus ojos verdes, su postura exhalaba una dignidad inquebrantable.
Lorenzo se acercó a grandes zancadas, arrodillándose junto a la camilla con una lentitud casi reverente, como si temiera que con un movimiento brusco ella fuera a desaparecer. Le tomó la mano con extrema delicadeza, besando los nudillos con desesperación muda, mientras Dominic se quedaba al pie de la cama, con los ojos anegados en una rabia silenciosa.
—Voy a destruir a cada uno de ellos, Rous —masculló Lorenzo contra su piel, con la voz rota por la furia contenida—. Van a pagar cada centímetro de este golpe con su patrimonio, con su libertad y con cada gota de sangre. No voy a permitir que vuelvan a pisar el mismo continente que tú.
A su lado, Dominic asintió con la mandíbula tensa, secundando la amenaza sin vacilar.
Rous los miró a ambos. Sabía de lo que eran capaces; conocía el poder financiero y la implacable crueldad que tanto su esposo como su hermano podían desatar cuando se trataba de protegerla. Pero un profundo cansancio la invadió, un deseo irrevocable de cerrar ese capítulo oscuro de su vida de una vez por todas. Con un movimiento suave, apretó la mano de Lorenzo para detener el torbellino destructivo que amenazaba con estallar.
—No, Lorenzo. No desperdicies tu energía destruyéndolos en los tribunales... no de esa manera —murmuró Rous con voz pausada, deteniendo la furia de ambos hombres con la pura autoridad de su mirada—. No quiero que su sangre ensucie nuestras manos, ni quiero volver a ver sus rostros jamás.
Se giró hacia Dominic, cuyos ojos reflejaban la culpa y el dolor de llevar su misma sangre.
—Lo único que pido... lo único que quiero es que se les notifique formalmente una orden de alejamiento perpetua. Que se les prohíba acercarse a mí, llamarme, escribirnos o intentar contactarnos por cualquier medio. Están muertos para nosotros. Esa será su verdadera condena: el olvido absoluto.
Dominic tragó grueso, sintiendo el peso de la ruptura familiar definitiva, pero asintió con la cabeza, comprendiendo que era la única paz posible.
—Como tú digas, hermana. Se hará exactamente así.
Al día siguiente, tras recibir el alta médica con la rigurosa recomendación de guardar reposo absoluto, Rous regresó al departamento.
El ambiente de la enorme residencia había cambiado por completo. Se había transformado en un santuario de paz y control absoluto diseñado exclusivamente por Lorenzo para su recuperación. Las llamadas de negocios y los informes corporativos habían sido desterrados a la planta baja; el magnate frío y distante se había esfumado, dejando espacio únicamente para un hombre devoto que no se apartaba de su lado ni un solo segundo.
Esa tarde, la luz dorada del atardecer se filtraba por los ventanales de la habitación principal, iluminando las sábanas de seda donde Rous descansaba cómodamente arropada. Lorenzo se sentó a la orilla de la cama, sosteniendo con paciencia una pequeña bandeja de plata con una infusión antiinflamatoria y alimentos ligeros adecuados para su recuperación.
—Tienes que comer un poco, Rous. El médico fue muy claro con las indicaciones —murmuró Lorenzo con una suavidad inédita, acercando con cuidado la cucharita a sus labios.
Rous lo miró con una sonrisa sutil, divertida a pesar del dolor en el costado, mientras aceptaba el bocado.
—Me estás tratando como si fuera de cristal, De Luca —bromeó ella en un susurro bajo, aunque sus ojos brillaban con un afecto sincero—. Te recuerdo que solo fue una caída. Sobreviví a los peores balances fiscales de tu empresa y a tu insoportable carácter; un par de escalones de mármol no van a poder conmigo.