Las semanas de reposo absoluto y el cuidado implacable de Lorenzo terminaron por surtir efecto. Para cuando el hematoma en el abdomen comenzó a desvanecerse y la pequeña sutura en la sien sanó bajo la atenta mirada de un médico privado que visitaba el departamento a diario, Rous ya no soportaba el encierro. Necesitaba aire, sol y, sobre todo, recuperar el control de su propio pulso.
Fue Dominic quien ideó la válvula de escape perfecta. Cansados de las cuatro paredes del corporativo y de la pesada sombra de la familia, organizaron una escapada discreta a un club privado y exclusivo en las afueras de Como, un paraíso reservado únicamente para la élite donde las miradas indiscretas y los paparazzis estaban estrictamente prohibidos por contrato.
El día transcurrió entre risas, chapuzones y una complicidad que hacía meses no experimentaban. Rous, vistiendo un elegante traje de baño negro y gafas de sol, se dejó consentir por Dominic, quien se empeñó en hacerla reír con anécdotas de su infancia y bromas sobre los desastres corporativos de Lorenzo. Verlos juntos, compartiendo esa complicidad de hermanos que habían sobrevivido a los mismos fantasmas, suavizó la línea dura de la mandíbula del magnate, quien los observaba desde una tumbona con una copa de bourbon en la mano y una expresión de rendida devoción.
Al caer la tarde, el calor del sol dio paso a la brisa fresca del agua templada de la piscina infinita que se fundía con el horizonte del lago.
Rous flotaba suavemente sobre la superficie cristalina antes de sentir cómo dos brazos firmes, conocidos y desesperadamente posesivos la rodeaban por la cintura, pegándola por completo a la sólida extensión de su pecho. Lorenzo la alzó con facilidad en el agua, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello mientras suspiraba profundamente.
—Estás demasiado pálida aún, esposa mía —murmuró Lorenzo contra su piel, dejando un beso lento y húmedo justo debajo de su oreja—. Te dije que guardaras reposo, no que vinieras a tentar a la suerte en una piscina.
—Ya estoy curada, Lorenzo. Y si sigues tratándome como si fuera de porcelana, juro que te ahogo aquí mismo —bromeó Rous girándose entre sus brazos para pasar los brazos alrededor de su cuello, con una sonrisa traviesa iluminando sus ojos verdes.
Dominic, que los observaba desde la orilla con una copa de champaña en la mano, soltó una carcajada estridente.
—Déjala en paz, tiburón. Si no la dejas respirar, la que te va a hundir la carrera en la bolsa de valores va a ser ella. ¡Salud por los sobrevivientes!
La cena que siguió en la terraza privada del club estuvo marcada por el alcohol y una relajación inusual. Las botellas de vino blanco y champaña se sucedieron una tras otra sobre la mesa de mármol. Dominic, tras un par de copas de más, se retiró a descansar a una de las suites del complejo, dejando a solas a la pareja frente a la inmensidad de la noche.
Rous, que había bebido mucho más de lo habitual para liberar la tensión acumulada de las últimas semanas, sintió que el alcohol le entibiaba las venas y le desataba la lengua. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad febril bajo la luz tenue de las velas.
—¿Sabes cuál es tu verdadero problema, Lorenzo De Luca? —comenzó diciendo Rous con una risa suave, apoyando los codos en la mesa y sosteniéndole la mirada con una valentía que solo el vino podía otorgarle.
Lorenzo, que apenas había probado su copa, arqueó una ceja con una sonrisa de medio lado, fascinado y alerta ante el brillo peligroso en los ojos de su esposa.
—Ilumíname, Rous. ¿Cuál es mi gran defecto según tú? —respondió él con voz ronca, sirviéndole un poco más de agua para contrarrestar el alcohol.
—Que crees que me compraste con un contrato de matrimonio, que crees que me salvaste de mi familia y que esta jaula dorada es mi refugio... —murmuró ella, y por un segundo, la dureza de su voz se quebró, dejando escapar una vulnerabilidad cruda que jamás le había mostrado a nadie—. Pero la verdad... la maldita verdad es que yo ya estaba enamorada de ti antes de firmar esa porquería de papel.
El mundo pareció detenerse alrededor de la mesa. El sonido del agua del lago contra el muelle quedó enmudecido por el golpe seco que esas palabras dieron en el pecho de Lorenzo.
—¿Qué has dicho? —susurró Lorenzo, abandonando toda compostura, con el corazón galopándome en las costillas con una fuerza salvaje.
Rous parpadeó lentamente, sintiendo que las barreras que había mantenido intactas durante años se derrumbaban de golpe. Las lágrimas se amontonaron en sus ojos verdes, no de tristeza, sino por la purga de confesar lo que su orgullo le había prohibido decir.
—Sí... te detestaba por lo arrogante, por lo posesivo, por quererme encerrar en tu mundo... pero te amaba como una idiota desde la primera vez que cruzamos miradas en esa maldita junta directiva —confesó ella con la voz temblorosa, dejando caer las defensas por completo—. Y me aterraba. Me aterraba tanto que jugaras conmigo que preferí levantar muros de hielo y hacerte creer que esto era solo un contrato. Pero cuando vi que casi te volvías loco en ese hospital... supe que ya no hay escapatoria para ninguno de los dos.
Lorenzo no esperó un segundo más. Se levantó de su asiento con una brusquedad desesperada, rodeó la mesa y la levantó de la silla en un solo movimiento, aplastándola contra su cuerpo mientras devoraba sus labios en un beso hambriento, desesperado y profundamente tierno.