Los rayos del sol de media mañana entraban con una insolencia asesina por los ventanales de la suite, perforando la cabeza de Rous con martillazos invisibles. Abrió los ojos con lentitud, sintiendo la boca seca como el desierto y un vacío en el estómago que no correspondía precisamente al alcohol, sino a la devastadora certeza de lo que había ocurrido la noche anterior.
La confesión.
Cada palabra disparada sin filtro bajo los efectos del vino y la euforia regresó a su mente en un carrusel implacable. Había bajado los escudos. Le había entregado en bandeja de plata su mayor debilidad al hombre más peligroso y posesivo del continente: admitir que lo amaba desde el primer segundo.
A su lado, la cama estaba vacía, aunque el hundimiento en las sábanas y el calor residual demostraban que Lorenzo se había marchado hacía muy poco. De pie frente al espejo del baño, con una bata de seda mal ceñida y el orgullo herido por su propia vulnerabilidad, Rous juró en silencio que jamás volvería a probar una sola gota de champaña en su vida.
La tregua idílica del lago de Como se disipó en el momento exacto en que ambos cruzaron las puertas de su realidad habitual. El engranaje del mundo corporativo y de la alta costura volvió a girar a toda velocidad, encendiendo de nuevo las viejas y adictivas dinámicas de poder entre ellos.
Lorenzo retomó su puesto en la torre principal, pero el peso de la confesión de Rous había alterado las reglas del juego. Sabiendo ahora que ella lo amaba, su obsesión protectora se intensificó hasta rozar la tiranía sutil. Cada vez que Rous aceptaba un contrato con marcas privadas o preparaba las maletas para cumplir con compromisos laborales fuera del país, el despacho de Lorenzo se convertía en una caldera de fricción.
—No vas a viajar sola a Milán para esa sesión fotográfica de la nueva colección —sentenció Lorenzo una tarde, apoyando las palmas sobre la caoba de su escritorio mientras Rous revisaba los boletos de avión con una expresión de desafío absoluto.
Rous levantó la barbilla, con los ojos verdes echando chispas y la rebeldía intacta.
—¿Disculpa? Tengo un contrato firmado, una agenda profesional independiente y un equipo de producción esperándome en Europa, Lorenzo. No necesito que me pongas un grillete cada vez que cruzo la frontera.
—No es un grillete, es sentido común. La última vez que te descuidaste un segundo, casi pierdes la vida por la avaricia de tu familia —replicó él con la voz baja, rasposa y tensa, dando dos pasos hacia ella para invadir su espacio vital—. Eres libre de trabajar en lo que quieras, Rous, pero mi paciencia tiene un límite. No pienso soportar estar a miles de kilómetros sabiendo que medio mundo te devora con la mirada mientras yo estoy atado a este maldito escritorio.
—¡Ese es tu problema, Lorenzo! Confundes amor con posesión —le espetó ella, plantándole cara sin ceder un solo milímetro, aunque por dentro recordaba con rubor su debilidad de la noche anterior—. Si querías una esposa sumisa que adornara tu sala de estar, te equivocaste de contrato. ¡Yo no me voy a achicar para caber en tu jaula dorada!
La discusión terminó con un portazo seco y una maleta cerrada con furia.
Al día siguiente, Rous voló a Europa. Y en el instante en que el jet privado despegó llevándosela lejos, el imperio de Lorenzo se desplomó en el más absoluto de los infiernos.
Los días que duró su ausencia fueron una tortura mental para el magnate. En su despacho, los informes financieros se acumulaban sin revisar; las juntas directivas se alargaban entre silencios letales donde ningún subordinado se atrevía a respirar con fuerza; y las llamadas nocturnas a la habitación del hotel en el extranjero se convirtieron en un ritual de silencios cargados de reproches, respiraciones cortas y un anhelo tan voraz que amenazaba con romperlos a ambos antes de que ella volviera a pisar suelo nacional.