Un Matrimonio por Contrato

Capitulo 50

Capítulo 50: El eco de la ausencia en la cima

​El silencio en el penthouse era denso, pesado, casi físico. Desde los ventanales de suelo a techo en el piso cincuenta, la ciudad se extendía como un mar de luces parpadeantes e indiferentes, un bullicio lejano que no lograba perforar la burbuja de soledad en la que Lorenzo se encontraba sumergido.

​Sobre la isla de la cocina, una botella de bourbon a medio vaciar y un solo vaso de cristal con hielo derretido eran los únicos testigos de las horas interminables que llevaba en vela.

​Sin Rous, el enorme departamento parecía desprovisto de alma. Ya no estaban el sonido seco de sus tacones resonando contra el mármol al regresar de una sesión fotográfica, ni las discusiones cargadas de sarcasmo e inteligencia que encendían el aire, ni el calor inconfundible de su cuerpo en la cama grande. El espacio se había convertido otra vez en lo que era antes de que ella irrumpiera en su vida: una fría y silenciosa tumba de cristal dorado.

​Lorenzo se desabotonó el cuello de la camisa con brusquedad, arrojándola sobre el respaldo de un sillón, y se pasó las manos por el rostro, sintiendo la áspera barba de dos días que se negaba a rasurar.

​Por primera vez en su vida, el poder absoluto que ejercía sobre sus empresas, las cifras récord en la bolsa y la imponente reputación de su apellido se sentían como una broma macabra. ¿De qué servía ser dueño de medio continente si no podía retener a la única mujer que le importaba sin asfixiarla en el intento?

​Caminó lentamente hasta la habitación principal. La cama estaba impecable, fría y perfectamente estirada, sin rastro de las sábanas revueltas que delataban su complicidad. En la mesita de noche, reposaba un pequeño frasco de perfume que ella había olvidado. Lorenzo lo tomó entre los dedos, cerrando los ojos con fuerza mientras aspiraba el aroma a azahar y seda que aún guardaba el vidrio.

​—Maldita sea, Rous... —murmuró su voz en la penumbra, ronca, quebrada por un dolor que jamás admitiría ante nadie más.

​La confesión de aquella noche en el lago resonaba en su cabeza como un eco persistente. «Ya te amaba desde el primer segundo...» Ella lo amaba. Tenía la certeza absoluta de que su corazón le pertenecía, pero sabía tan bien como ella que el amor, entre dos almas tan fieras y tercas, no era sinónimo de paz. Era un campo de batalla constante donde la necesidad de control de él chocaba implacablemente contra la urgencia de libertad de ella.

​Se acercó al ventanal, apoyando la frente contra el frío cristal mientras la tormenta interna amenazaba con desbordarlo. No soportaba la distancia. Cada hora que pasaba con el océano de por medio se sentía como una condena.

​Juró en ese instante que, en cuanto ella cruzara de nuevo esa puerta, dejaría de intentar encerrarla en una jaula. Le daría su espacio, aprendería a negociar con sus propios demonios y tragaría sus celos. Pero una parte oscura y posesiva de su mente susurraba que, si ella volvía a intentar volar demasiado lejos, él estaría dispuesto a quemar el mundo entero con tal de mantenerla atada a su lado.



#1843 en Novela romántica

En el texto hay: romanse pasión

Editado: 18.10.2026

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