El reloj marcaba pasadas las dos de la madrugada cuando el sonido silencioso de la puerta principal rompió la quietud del penthouse. Rous acababa de adelantar su vuelo de regreso un día entero, huyendo antes de tiempo del set de grabación en Milán, empujada por una urgencia invisible que le pesaba en el pecho.
Al entrar al departamento, todo era oscuridad. Caminó de puntitas por el pasillo hasta la habitación principal y lo encontró. Lorenzo estaba dormido sobre las sábanas revueltas del lado izquierdo de la cama, completamente vestido con los pantalones del traje y la camisa arrugada. Las profundas ojeras oscurecían su rostro, la sombra de una barba descuidada endurecía sus facciones y la rigidez de su postura delataba que había sucumbido al agotamiento extremo de varios días en vela, vigilando fantasmas y consumido por la distancia.
Al verlo así, un profundo y agudo remordimiento le encogió el corazón a Rous. Ella había estado batallando por su independencia a miles de kilómetros, mientras el hombre implacable que tenía enfrente se caía a pedazos en silencio.
Sin hacer ruido, se despojó del abrigo y de los zapatos. Gateó con extrema suavidad sobre el colchón hasta deslizarse con cuidado entre sus brazos, buscando el refugio de su pecho como si el mundo exterior fuera a destruirlos si se separaban.
El reflejo instintivo de Lorenzo fue instantáneo. Incluso en el abismo del sueño profundo, sus brazos reaccionaron con una fuerza ciega y automática, rodeando su cintura con desesperación y pegándola a su cuerpo como si temiera que fuera un espejismo. Hundió el rostro en su cabello, respirando hondo, y abrió los ojos oscuros con un brillo febril al comprobar que era real.
—Llegaste antes —murmuró Lorenzo con la voz destrozada, ronca por el cansancio, mientras la besaba con una urgencia hambrienta y temblorosa en la frente—. Si vuelves a fugarte tanto tiempo, te juro que compro la aerolínea entera solo para impedir que despegues.
—Ya estoy aquí, Lorenzo... cállate y duerme —susurró ella, sonriendo contra su piel mientras se perdía en el calor seguro de su abrazo.
Sin embargo, la tregua y la paz del reencuentro duraron exactamente dos días.
El virus que se había colado sigilosamente en su organismo durante sus últimas horas de vuelo en Europa terminó por estallar de la forma más despiadada. Todo comenzó con un escalofrío incontrolable a mitad de la tarde, seguido rápidamente por una fiebre alta que le encendía las mejillas y le nublaba los sentidos.
Rous yacía doblada en la cama, con el estómago revuelto por unas náuseas espantosas y un malestar intestinal tan agudo que le arrancaba gemidos ahogados cada vez que intentaba moverse.
Para Lorenzo, aquello fue revivir el terror del accidente en las escaleras, pero con un enemigo invisible que la atacaba desde adentro. El magnate frío y distante se desvaneció por completo; en su lugar quedó un cuidador obsesivo que no se apartó de la habitación ni un solo instante.
Cambió las compresas frías en su frente una y otra vez, le ayudó a beber pequeños sorbos de suero con una paciencia infinita y sostuvo su cabello con firmeza cada vez que las náuseas la obligaban a levantarse hacia el baño.
—Odio esto... me siento horrible, Lorenzo —se quejó Rous con la voz temblorosa y débil, con los ojos cristalinos por la fiebre mientras él le secaba el sudor de la sien con una toalla tibia.
Lorenzo se inclinó, besando con infinita devoción cada centímetro de su rostro febril, sin importarle el riesgo de contagiarse, con la mandíbula tensa por la impotencia de no poder absorber su dolor.
—Vas a estar bien, Rous. El médico viene en camino —le prometió él con un susurro áspero, abrazándola con cuidado de no lastimar su abdomen adolorido—. Ya pasamos lo peor de las tormentas afuera; esta maldita fiebre también la vamos a vencer juntos.