Las siguientes setenta y dos horas fueron una prueba de fuego para ambos. El virus estomacal que había derribado a Rous no dio tregua durante los primeros dos días; la fiebre alta se ensañó con ella al caer la tarde, obligando al médico privado a realizar visitas nocturnas de emergencia para administrarle hidratación intravenosa y analgésicos que mantuvieran a raya los espasmos intestinales.
En ese periodo, el penthouse se transformó en un búnker de silencio absoluto. Lorenzo canceló reuniones presenciales, desvió las decisiones corporativas menores a través de videollamadas rápidas desde el estudio y convirtió la habitación principal en su único centro de gravedad. Despojado de su habitual armadura de ejecutivo implacable, se convirtió en una sombra devota junto a la cama: le preparaba caldos suaves con sus propias manos, vigilaba el parpadeo del termómetro con la tensión de un general en plena batalla y le leía fragmentos de libros o informes financieros aburridos solo para arrullarla cuando el insomnio y los dolores no la dejaban descansar.
Para el cuarto día, la marea comenzó a retroceder.
La fiebre finalmente se rompió pasada la medianoche, dejando a Rous sumida en un sueño profundo y reparador que tiñó sus mejillas de un tono más saludable, muy lejos de la palidez extrema con la que había regresado de Milán.
Al despertar cerca del mediodía, la luz dorada del sol filtrándose por las cortinas entreabiertas de la habitación se sintió distinta. Su estómago ya no ardía, el dolor intestinal había cedido a una modesta fatiga muscular y, por primera vez en días, el apetito asomó con timidez.
Giró la cabeza sobre la almohada y encontró a Lorenzo sentado en el borde del colchón, con la camisa abierta en el cuello, una taza de café humeante en la mano y los ojos fijos en ella con una mezcla de agotamiento y alivio infinito.
—Buenos días, bella durmiente —murmuró Lorenzo con la voz ronca, esbozando una sonrisa lenta que iluminó sus facciones cansadas—. El termómetro marca treinta y seis punto cinco. Oficialmente, el virus ha sido expulsado de este departamento.
Rous exhaló un suspiro largo, sintiendo los músculos por fin relajados, y le extendió los brazos con una pereza absoluta.
—Creo que prefiero mil pasarelas bajo la lluvia y tres auditorías fiscales antes de volver a pasar por un maldito virus estomacal, Lorenzo —bromeó ella con la voz aún rasposa, acomodándose contra su pecho cuando él se inclinó para abrazarla con cuidado—. Me siento como si me hubiera atropellado un tren de mercancías.
—Pero estás a salvo. Y eso es lo único que importa —respondió él, enterrando el rostro en su cabello oscuro y besando la coronilla con una devoción feroz—. Tienes prohibido volver a enfermarte, Rous. No respondo de mis actos si tengo que verte pasar por algo así otra vez.
Los siguientes días transcurrieron bajo un ritmo inusual de placidez. Sin la presión de los viajes de modelaje ni las crisis en la torre corporativa, el tiempo se ralentizó entre sábanas limpias, películas en la pantalla gigante de la sala y largas horas de conversación ininterrumpida en el balcón, donde Rous recuperaba fuerzas envuelta en una manta de cachemira.
Aquel aislamiento forzoso, lejos de distanciar sus complejos temperamentos, funcionó como un bálsamo. Las discusiones por el control y las pullas sobre la independencia se disolvieron en una complicidad silenciosa y madura. En medio de los días de descanso, la tormenta parecía haber encontrado finalmente un puerto donde anclar.