Capítulo 53: El peso de un secreto y tres líneas rojas
Dos meses después de haber superado aquel virus implacable, la vida de Rous había recuperado su vértigo habitual. Las pasarelas internacionales, los flashes y las exigentes sesiones fotográficas volvían a ocupar cada rincón de su agenda. Sin embargo, en medio del ajetreo de firmar nuevos contratos con marcas de lujo, el cuerpo comenzó a enviarle señales extrañas que ella misma se empeñaba en ignorar.
Ocurrió una tarde, tras finalizar una maratónica sesión fotográfica para una revista de alta costura en Milán. Mientras conversaba plácidamente con sus compañeros de equipo en el camerino, un mareo repentino y denso la golpeó con la fuerza de una ola invisible. El mundo se le torció por un segundo y el aire le faltó en los pulmones, amenazando con desvanecerla allí mismo. Apoyándose con disimulo contra el tocador, respiró hondo hasta estabilizarse, atribuyéndole de inmediato al cansancio acumulado por las nuevas exigencias laborales y el ritmo frenético de los viajes.
Sin embargo, con el transcurrir de los días, el malestar lejos de desaparecer cambió de forma.
El cansancio se volvió cráneo-pesado, una modorra constante que no se quitaba con horas de sueño; el apetito se disparó de formas insólitas, obligándola a ceder ante antojos extraños y combinaciones absurdas que jamás habrían formado parte de su estricta dieta. Su cuerpo parecía reclamar atención a gritos, acumulando pequeños indicios que su mente se negaba a conectar por completo, hasta que una tarde, un helado escalofrío le recorrió la columna vertebral al hacer cuentas con el calendario.
Con el corazón golpeándole en las costillas y las manos temblando ligeramente, Rous tomó una decisión. Esa misma tarde, aprovechando que Lorenzo se encontraba en una junta directiva interminable, compró lo necesario en una farmacia discreta y se encerró en el baño de su planta alta.
Los minutos que tardó la química en surtir efecto se sintieron como horas suspendidas en el vacío.
Cuando bajó la mirada hacia la superficie de plástico, el suelo parecío desvanecerse bajo sus pies. Tres pruebas descansaban ordenadamente sobre el mármol. Tres pruebas con un resultado idéntico, inapelable y absoluto: dos líneas rojas perfectamente marcadas en cada una.
Positivas.
Un torbellino de vértigo, miedo y una profunda, innegable conmoción le heló la sangre. Estaba embarazada. Un hijo de Lorenzo. La idea, que en cualquier otro contexto habría sido una catástrofe para su independencia, se estrelló de golpe contra la realidad de lo que sentían el uno por el otro. ¿Cómo reaccionaría el magnate controlador ante la noticia de que su mundo, su obsesión y su refugio se ampliarían con un heredero?
Rous intentó recuperar la compostura, lavándose el rostro con agua fría y respirando hondo frente al espejo, pero el impacto del secreto era demasiado grande para disimularlo. Sus ojos verdes aún delataban el temblor del shock cuando la puerta principal del penthouse sonó y los pasos firmes de Lorenzo resonaron en el pasillo.
El magnate entró a la habitación, desatándose la corbata con cansancio, pero su instinto depredador se activó en una fracción de segundo al verla pálida, con la espalda apoyada contra el lavabo y una expresión que jamás le había visto.
Lorenzo cruzó el espacio en dos zancadas, deteniéndose a pocos centímetros de ella. Su mirada oscura barrió su rostro con una velocidad alarmante, buscando la causa de ese temblor imperceptible en sus manos.
—Estás pálida, Rous. ¿Qué pasa? —exigió saber Lorenzo con voz ronca, la tensión disparándose de inmediato en su postura—. ¿Te sientes mal otra vez? Mírame.
Rous abrió los labios para intentar desviar el tema, para inventar alguna excusa sobre el cansancio del vuelo o la presión del modelaje, pero la verdad pesaba demasiado en sus ojos. No podía ocultarlo; ya la conocía demasiado bien. Con un gesto lento, estiró la mano y señaló hacia la pequeña bandeja sobre el tocador.
Lorenzo bajó la mirada. Las tres pruebas de embarazo reposaban allí, mudas e irrefutables.
El mundo en la mente del implacable CEO pareció detenerse por completo. Los músculos de su rostro se endurecieron en una máscara de absoluta incredulidad, antes de que sus ojos oscuros volvieran a encontrarse con los de ella, inundados por una marea de emociones tan violentas y profundas que ninguna palabra en el diccionario habría alcanzado a describir.