Un Matrimonio por Contrato

Capitulo 56

Capítulo 56: El veredicto médico y el latido del destino

El inconfundible olor a antiséptico y lavanda del consultorio privado de la doctora Lombardi parecía asfixiar a Lorenzo. Sentado en la silla de cuero junto a la camilla, el magnate no había soltado la mano de Rous ni un solo segundo. Su postura era la de un animal acorralado, tenso, dispuesto a saltar ante la menor señal de peligro.

Rous, con la bata médica ajustada y la mirada fija en el monitor apagado del ecógrafo, intentaba mantener la respiración nivelada para que el pánico no terminara de traicionarla.

La doctora Lombardi, una especialista en obstetricia de renombre con la que la familia De Luca llevaba años tratando, dejó el expediente sobre su escritorio de cristal, se quitó las gafas de montura fina y les dirigió una mirada que heló el ambiente. No era una mirada de felicitación ni de empatía, sino de estricta y severa reprimenda profesional.

—Tengo que ser absolutamente franca con ustedes —comenzó la doctora, cruzando las manos sobre la mesa con un gesto inflexible—. Lo que ha ocurrido aquí es el resultado de una negligencia que podría haber tenido consecuencias catastróficas. Se suponía, Rous, que debías acudir a una revisión ginecológica exhaustiva inmediatamente después del traumatismo que sufriste en las escaleras. Un golpe directo en el abdomen bajo contra una baranda de mármol no se soluciona únicamente con una noche de observación general.

Lorenzo tensó la mandíbula hasta que los músculos de su rostro parecieron tallados en piedra. La culpa lo golpeó con la fuerza de un látigo. Él había contratado a los mejores cirujanos para curarle la herida de la cabeza y el hematoma superficial, pero en medio de la furia asesina contra su familia y el caos del hospital, habían pasado por alto lo más delicado.

—El impacto pélvico desplazó el dispositivo intrauterino —continuó la especialista, implacable, utilizando un tono clínico que no admitía interrupciones—. Al no ser reubicado a tiempo, el DIU perdió casi toda su efectividad. Y lo que terminó de coronar esta situación fue el agresivo virus estomacal que padeciste hace un par de meses.

Rous frunció el ceño, confundida, sintiendo que el corazón le latía en la garganta.

—¿El virus? ¿Qué tiene que ver una infección estomacal con esto? —preguntó ella, apretando instintivamente los dedos de Lorenzo, quien no le apartaba la vista de encima.

—Todo —sentenció la doctora Lombardi—. Los espasmos intestinales agudos, sumados a la violenta presión intraabdominal que ejerciste durante los episodios de vómitos y las continuas evacuaciones, generaron contracciones musculares muy fuertes en la zona pélvica baja. Esa presión constante provocó la expulsión completa del dispositivo. Con la fiebre altísima y el dolor generalizado que padecías en ese momento, es médicamente lógico que ni siquiera te dieras cuenta de que tu cuerpo lo había desechado.

El silencio cayó sobre la sala con un peso abrumador. Lorenzo cerró los ojos un instante, maldiciendo en silencio a su hermano mayor, a la avaricia de su familia, al maldito virus y, sobre todo, a sí mismo por no haber protegido cada milímetro del cuerpo de su esposa cuando debía.

—Fue mi culpa —masculló Lorenzo con voz ronca, la furia contenida dirigida enteramente hacia su propia arrogancia—. Debí obligarla a venir. Debí asegurarme de que la revisaran por completo en lugar de confiar en un simple parte de urgencias.

—Ya no importa de quién fue la culpa, Lorenzo —lo interrumpió Rous con suavidad, acariciando el dorso de su mano con el pulgar para anclarlo a la realidad. Luego volvió la vista hacia la doctora con una mezcla de pánico y esperanza titilando en sus ojos verdes—. Doctora... ¿estamos seguros de que está ahí? Después de todo lo que pasó, de la caída, del virus, del estrés de las pasarelas…

La especialista suavizó por fin su expresión, dejando de lado el regaño para encender el monitor y acercarse a la camilla con el transductor.

—La naturaleza es terca, Rous, y este embarazo es la prueba viviente de ello —murmuró la doctora mientras esparcía el gel frío sobre su vientre plano y comenzaba a deslizar el aparato con movimientos lentos y precisos—. Vamos a ver qué nos dice la pantalla.

El sonido estático llenó la habitación durante unos segundos interminables. Lorenzo contenía la respiración, inclinándose hacia adelante, con los ojos oscuros clavados en la pantalla como si intentara descifrar un mercado financiero de vida o muerte.

De pronto, en medio del mar de sombras grises y destellos, apareció una pequeña y minúscula mancha oscura.

—Ahí lo tienen —susurró la doctora, señalando el monitor con una sonrisa verdaderamente tranquilizadora—. Es un saco gestacional perfectamente posicionado. Estás embarazada, Rous. Es muy temprano, apenas rozando la cuarta semana, lo que explica por qué el cansancio y los síntomas empezaron a atacarte con tanta fuerza recién ahora.

Rous soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo, y un par de lágrimas rebeldes y silenciosas se deslizaron por sus sienes hasta perderse en el cabello. Era real. A pesar de los golpes, de la enfermedad y del caos indomable de sus vidas, la vida se había aferrado a ella con una terquedad digna de ambos.

Lorenzo se inclinó sobre la camilla, ignorando por completo la presencia de la doctora y la frialdad del consultorio médico. Apoyó la frente contra la de Rous, respirando su mismo aire, con las manos temblando levemente mientras le apartaba un mechón oscuro del rostro. No dijo una sola palabra, pero la devoción absoluta y el juramento mudo que ardían en sus pupilas le confirmaron a Rous que, a partir de ese segundo, el mundo entero tendría que arrodillarse antes de que él permitiera que algo les hiciera daño.



#1843 en Novela romántica

En el texto hay: romanse pasión

Editado: 18.10.2026

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