Capítulo 57: El peso de la esperanza y un bourbon a medias
El trayecto desde la torre corporativa hasta la residencia de Dominic se sintió como atravesar una densa neblina de irrealidad. Como si estuviera atrapado en un déjà vu asfixiante, Lorenzo detuvo su auto frente a la propiedad de su cuñado apenas un par de horas después de haber dejado a Rous descansando en el penthouse. Necesitaba aire. Necesitaba articular en voz alta el torbellino que amenazaba con destrozarle las costillas antes de que la presión lo hiciera estallar.
Cuando Dominic abrió la puerta principal, con las mangas de la camisa arremangadas y una expresión de genuina sorpresa al ver al magnate sin previo aviso en su pórtico, supo de inmediato que algo grave ocurría. Lorenzo tenía la corbata aflojada, el saco colgado al hombro y una mirada que mezclaba el agotamiento crónico con un brillo febril e indescifrable.
—¿Lorenzo? —preguntó Dominic, haciéndose a un lado para dejarlo pasar al vestíbulo—. ¿Qué pasó? ¿Rous está bien?
—Sirve un trago, Dominic. El más fuerte que tengas —fue la única respuesta de Lorenzo, caminando directamente hacia el despacho de su cuñado con la familiaridad de quien busca un refugio en medio de una trinchera.
Dominic no hizo preguntas. Cerró la puerta, caminó hacia el mueble bar de caoba y sirvió dos vasos de bourbon puro. Le tendió uno a Lorenzo, quien se había dejado caer pesadamente en uno de los sillones de cuero oscuro, con la vista clavada en los hielos del vaso como si en ellos pudiera descifrar el futuro.
—Habla ya, de Luca, me estás poniendo nervioso —exigió Dominic, sentándose frente a él—. ¿Volvió la familia a molestar? Porque te juro que si esos buitres...
—Rous está embarazada.
Las palabras cayeron en el despacho con la contundencia de un bloque de plomo. Dominic se quedó paralizado con el vaso a medio camino de sus labios. Parpadeó un par de veces, procesando la información, antes de que una sonrisa lenta, incrédula y radiante comenzará a dibujarse en su rostro.
—¿Qué? —susurró Dominic, inclinándose hacia adelante—. Hermano... ¡Eso es increíble! Pero, espera, ¿cómo es posible? Ella llevaba el dispositivo, ¿no?
Lorenzo le dio un trago largo al bourbon, sintiendo el ardor del alcohol rasparle la garganta antes de soltar un suspiro largo y tembloroso.
—El golpe en las escaleras. Cuando tu hermano la empujó... el impacto desplazó al maldito DIU. Y el virus estomacal que le dio después, con los espasmos, terminó por expulsarlo por completo. La doctora Lombardi nos lo confirmó hoy —explicó Lorenzo, pasándose una mano por el cabello en un gesto de pura frustración—. Apenas tiene cuatro semanas, Dominic. Cuatro malditas semanas. Es demasiado pronto.
La sonrisa de Dominic se suavizó, transformándose en una expresión de profunda comprensión fraternal. Podía ver a través de la armadura del CEO; podía ver al hombre aterrorizado que yacía debajo.
—Lorenzo, mírame —le pidió Dominic con voz firme y serena—. Estás aterrado.
—Por supuesto que estoy aterrado —espetó Lorenzo, levantándose del sillón como un león enjaulado para caminar de un lado a otro del despacho—. La última vez perdimos todo en un parpadeo. Verla sufrir así, verla romperse... casi me destruye. Y ahora, saber que es tan temprano, que cualquier cosa podría salir mal... Siento una bola aplastante en el pecho, Dominic. Es un terror absoluto que me paraliza, mezclado con una felicidad tan inmensa, tan jodidamente grande, que siento que me voy a volver loco si intentó contenerla.
Dominic dejó su vaso sobre la mesa, se levantó y acortó la distancia para poner una mano firme sobre el hombro de Lorenzo, obligándolo a detener su frenético andar.
—Escúchame bien, cuñado. Es normal que tengas miedo. Los antecedentes no nos juegan a favor, y el susto de hoy con la doctora no ayuda. Pero Rous no es de cristal. Mi hermana es la mujer más fuerte, terca e indestructible que vas a conocer en tu vida —le aseguró Dominic, apretando su hombro con fuerza—. Esta vez es diferente. Ya no hay secretos, ya no hay una familia tóxica merodeando, y ella te tiene a ti, vigilando cada uno de sus pasos con esa obsesión tuya que, por una vez, va a ser útil.
Lorenzo soltó una risa amarga, corta, casi un resoplido, pero la tensión en sus hombros comenzó a ceder imperceptiblemente.
—No pienso dejar que nada la toque. Ni siquiera el viento si puedo evitarlo —murmuró Lorenzo, y por primera vez en toda la noche, el terror en sus ojos le dio paso a una convicción inquebrantable.
—Ese es el Lorenzo que conozco —sonrió Dominic, levantando su vaso desde la mesa—. Todavía no vamos a festejar públicamente, respetaremos los tiempos y los miedos de Rous. Pero aquí, a puerta cerrada y entre nosotros... voy a brindar por esa bola aplastante de felicidad que no quieres admitir. Porque, pase lo que pase, vas a ser un padre increíble, de Luca.
Lorenzo miró a su cuñado, sintiendo que el nudo en la garganta se deshacía un poco más. Levantó su vaso, chocándolo suavemente contra el de Dominic en el silencio del despacho, permitiéndose, por primera vez desde que vio las dos líneas rojas, saborear la magnitud del milagro que la vida les había devuelto.