Un mes para enamorarse

Capítulo 2. Una cafetería y un desconocido

Paul terminó hasta la última migaja del pastel de chocolate.

Elizabeth lo observaba desde detrás del mostrador mientras fingía estar ocupada acomodando unas tazas.

—¿Qué? —preguntó finalmente.

—Nada.

—Llevas cinco minutos mirándome.

—Estaba pensando.

—¿En qué?

Paul señaló el plato vacío.

—En que necesito otro.

Elizabeth soltó una carcajada.

—¿Otro pastel?

—Sí.

—¿No será que viniste al pueblo únicamente para engordar?

—Es una posibilidad.

Emma, que estaba limpiando una mesa cercana, intervino.

—Yo creo que vino por otra cosa.

Paul la miró.

—¿Por qué?

Emma señaló discretamente a Elizabeth.

—Por ella.

Elizabeth abrió los ojos.

—¡Emma!

—¿Qué? Solo estoy diciendo lo que veo.

Paul sonrió divertido.

—Tu amiga es bastante directa.

—Demasiado —respondió Elizabeth.

—Y tú eres demasiado seria.

Elizabeth cruzó los brazos.

—No soy seria.

—Lo eres.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Emma los observó durante unos segundos y negó con la cabeza.

—Llevan diez minutos conociéndose y ya parecen un matrimonio.

Elizabeth tomó un paño y se lo lanzó.

Emma se agachó riendo.

—¡Violencia en el trabajo!

Paul no pudo evitar reír.

Hacía mucho tiempo que no se sentía así.

Relajado.

Sin tener que cuidar cada palabra.

Sin personas tratando de agradarle.

Elizabeth era diferente.

Y eso comenzaba a llamar demasiado su atención.

—¿Vives aquí? —preguntó ella.

—Por un tiempo.

—¿Cuánto?

—Un mes.

Elizabeth arqueó una ceja.

—¿Un mes?

—Sí.

—¿De vacaciones?

—Exactamente.

—Entonces eres turista.

—Supongo.

—¿Y qué haces?

Paul se quedó callado durante un segundo.

No quería mentir.

Pero tampoco podía decirle que era propietario de una de las empresas más importantes del país.

—Trabajo en negocios.

Elizabeth asintió.

—Eso explica la cara de aburrimiento.

Paul soltó una carcajada.

—¿Tengo cara de aburrido?

—Un poco.

—¿Y cómo debería tenerla?

—No sé. Más feliz.

Paul la miró.

—Tal vez necesito una buena razón.

Elizabeth se quedó ligeramente sorprendida.

Emma, desde el otro lado del local, sonrió.

—Esto se está poniendo interesante.

Elizabeth decidió ignorarla.

—¿Y dónde te estás quedando?

—En la casa azul que está cerca del río.

—¿La casa de los árboles grandes?

—Sí.

Elizabeth sonrió.

—Es bonita.

—Me gusta.

—Entonces espero que disfrutes tu estancia.

Paul se levantó.

—Creo que lo haré.

Dejó dinero sobre la mesa.

Elizabeth tomó el billete y frunció el ceño.

—Esto es demasiado.

—Quédate con el cambio.

—No.

—Elizabeth...

—El pastel cuesta mucho menos.

—Entonces considérelo una propina.

—No acepto propinas de ese tamaño.

Paul sonrió.

—Entonces invítame otro café mañana.

Elizabeth lo miró.

—¿Eso es una negociación?

—Sí.

—¿Y si digo que no?

—Volveré pasado mañana.

Elizabeth intentó contener una sonrisa.

—Qué insistente.

—Me han dicho cosas peores.

Paul salió de la cafetería.

Pero antes de cerrar la puerta, escuchó a Emma decir:

—¡Te gusta!

—¡Cállate!

Paul sonrió mientras caminaba.

Esa misma tarde, Elizabeth llegó a casa.

La propiedad de su familia era mucho más grande de lo que cualquiera imaginaría al verla trabajando en la cafetería.

La casa estaba rodeada de jardines, árboles y una enorme terraza.

Elizabeth entró por la puerta principal.

—¡Ya llegué!

—¡Por fin! —respondió una voz masculina desde la sala.

Su hermano mayor, Richard, apareció con los brazos cruzados.

—Llegas tarde.

—Trabajé.

—Siempre trabajas.

—Porque tengo una cafetería.

—Que pertenece a la familia.

—Pero es mía.

Richard suspiró.

—Eres imposible.

Entonces apareció su otro hermano, Michael.

A diferencia de Richard, Michael tenía una sonrisa que inmediatamente hacía sospechar que estaba a punto de hacer alguna travesura.

—¿Quién era el hombre?

Elizabeth se detuvo.

—¿Qué hombre?

—El que salió de tu cafetería.

Richard levantó una ceja.

—¿Qué hombre?

Elizabeth dejó su bolso sobre una silla.

—Un cliente.

Michael sonrió.

—Un cliente que te hizo sonreír.

—Yo sonrío con todos.

—Mentira.

—Michael.

—¿Es guapo?

—No voy a hablar de esto.

Richard se acercó.

—¿Cómo se llama?

Elizabeth respiró profundamente.

—Paul.

Los dos hermanos se miraron.

Michael sonrió lentamente.

—Paul.

—Sí.

—¿Apellido?

Elizabeth guardó silencio.

Richard la observó con atención.

—¿No sabes su apellido?

—No se lo pregunté.

Michael abrió los ojos.

—¿Tú?

—¿Qué?

—¿No preguntaste el apellido de un hombre que acaba de llegar al pueblo?

—No.

Michael se llevó una mano al pecho.

—Mi hermana está enamorada.

—¡No estoy enamorada!

Richard comenzó a reír.

—Tranquila. Apenas lo conoces.

—Exactamente.

—Entonces no pasa nada.

Elizabeth tomó su bolso.

—Además, hay algo importante.

Sus hermanos dejaron de bromear.

—¿Qué? —preguntó Richard.

—No quiero que le digan quién soy.

Michael frunció el ceño.

—¿A Paul?

—Sí.

—¿Por qué?

Elizabeth suspiró.

—Porque quiero conocerlo sin que sepa que mi familia tiene dinero.

Richard la observó durante unos segundos.

—¿Crees que podría interesarse en ti por eso?

—No lo sé.

Michael sonrió.

—Entonces será divertido.




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