Un mes para enamorarse

Capitulo 3. Los hermanos hacen su aparición

Elizabeth pasó el resto de la mañana intentando convencerse de que la respuesta de Paul no significaba absolutamente nada.

“Todavía no.”

¿Qué clase de respuesta era esa?

Y, peor aún, ¿por qué había sentido que el corazón se le aceleraba cuando la escuchó?

—Deja de sonreír —murmuró Emma.

Elizabeth levantó la mirada.

—No estoy sonriendo.

—Llevas diez minutos sonriendo mientras preparas los cupcakes.

—Estoy contenta.

—Claro. ¿Y casualmente estás contenta desde que llegó cierto huésped?

Elizabeth le lanzó una mirada.

—No empieces.

Emma se acercó al mostrador.

—Solo digo que ese hombre no te quita los ojos de encima.

Elizabeth miró discretamente hacia una de las mesas.

Paul estaba leyendo el menú.

Aunque llevaba casi cinco minutos mirando la misma página.

—Quizá está pensando qué pedir.

Emma soltó una carcajada.

—Elizabeth, lleva veinte minutos con el menú al revés.

Elizabeth miró.

Era cierto.

Paul estaba leyendo el menú al revés.

Ella no pudo evitar reír.

Paul levantó la cabeza.

—¿Qué?

Elizabeth señaló el menú.

—Lo tienes al revés.

Paul miró sus manos.

—Ah.

Emma se tapó la boca para no reír.

—Excelente estrategia.

Paul giró el menú.

—Estaba comprobando si alguien se daba cuenta.

Elizabeth arqueó una ceja.

—Claro.

—Exactamente.

—Entonces eres terrible fingiendo.

—Y tú eres terrible creyéndome.

Durante unos segundos se quedaron mirándose.

Emma decidió que era mejor desaparecer.

—Voy a la cocina.

Elizabeth la miró.

—¿Por qué?

—Porque me gusta vivir.

Y se fue.

Elizabeth negó con la cabeza.

Paul sonrió.

—Tu amiga es divertida.

—Demasiado.

—Me cae bien.

—Eso es porque todavía no la conoces lo suficiente.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿También eres divertida?

Elizabeth sonrió.

—Depende.

—¿De qué?

—De quién pregunte.

Paul se inclinó ligeramente hacia ella.

—Entonces tendré que averiguarlo.

Elizabeth sintió un pequeño cosquilleo en el estómago.

Antes de poder responder, la puerta de la cafetería se abrió.

La campanita sonó.

Y entraron dos hombres.

Richard y Michael.

Elizabeth los reconoció inmediatamente.

—No.

Los dos sonrieron.

Paul los miró.

—¿Los conoces?

—Desafortunadamente.

Michael se llevó una mano al pecho.

—Qué cruel.

Richard se acercó.

—Somos sus hermanos.

Paul se levantó educadamente.

—Mucho gusto.

Richard estrechó su mano.

—Richard.

Michael hizo lo mismo.

—Michael.

Paul sonrió.

—Paul.

Michael observó a su hermana.

Después a Paul.

Después nuevamente a Elizabeth.

—Así que tú eres Paul.

Paul frunció el ceño.

—Sí.

—El nuevo.

—Sí.

—El que vive en la casa azul.

Elizabeth cerró los ojos.

—Michael...

—¿Qué?

Richard intervino.

—Nos gusta conocer a las personas que se acercan a nuestra hermana.

Paul sonrió.

—Eso es comprensible.

Michael se sentó.

—¿Qué intenciones tienes con ella?

Elizabeth casi dejó caer una taza.

—¡Michael!

Paul abrió los ojos.

—¿Perdón?

Richard se sentó junto a su hermano.

—No le hagas caso.

Michael negó con la cabeza.

—Estoy siendo amable.

—Tú no sabes ser amable —respondió Elizabeth.

Paul estaba claramente divertido.

—No se preocupen. Solo soy cliente.

Michael lo observó con atención.

—Por ahora.

—¡Michael!

Richard empezó a reír.

—Déjalo. Está molestando.

Paul sonrió.

—No hay problema.

Michael levantó una mano.

—Perfecto. Entonces quiero un pastel.

Elizabeth lo miró.

—¿Qué pastel?

—El más caro.

—No tenemos uno caro.

—Entonces inventa uno.

—¡Michael!

Paul soltó una carcajada.

Elizabeth se llevó una mano a la frente.

—Mis hermanos son así.

—Ya me di cuenta.

Richard sonrió.

—Pero somos buenos hermanos.

—Eso está por verse —murmuró Elizabeth.

Una hora después, Paul terminó su café y se levantó.

—Nos vemos mañana.

Elizabeth asintió.

—Hasta mañana.

Michael levantó la voz desde una mesa.

—¡Paul!

Paul se giró.

—¿Sí?

—¡Cuida bien la casa azul!

Paul frunció el ceño.

—¿Por qué?

Michael sonrió inocentemente.

—Hay fantasmas.

Elizabeth cerró los ojos.

—Ignóralo.

Paul miró a Michael.

—¿De verdad?

—No.

Richard le dio un golpe en el hombro.

—Déjalo tranquilo.

Paul se rio.

—Nos vemos.

Cuando salió, Elizabeth se volvió hacia sus hermanos.

—¿Qué les pasa?

Michael sonrió.

—Nos cae bien.

—Lo conocen desde hace una hora.

—Precisamente.

Richard se cruzó de brazos.

—Es demasiado tranquilo.

—¿Eso es malo?

—No.

Michael sonrió.

—Pero quiero saber cuánto tarda en perder la paciencia.

Elizabeth abrió los ojos.

—¡No!

—Solo un poquito.

—¡No hagan nada!

Los dos hermanos levantaron las manos.

—Prometido —dijeron al mismo tiempo.

Elizabeth los conocía demasiado bien.

Aquello no era una promesa.

Era una amenaza.

Esa tarde, Paul regresó a su casa.

Estaba sentado en el sofá cuando recibió una llamada.

—¿Hola?

—¿Dónde estás?

Paul reconoció inmediatamente la voz.

Jack.

—En el pueblo.

—Ya sé que estás en el pueblo. ¿Dónde exactamente?

—En mi casa.

—¿Y cómo es?

—Tranquila.

—¿Y qué has hecho?

Paul sonrió.

—He conocido a alguien.

Hubo un silencio.

—¿Qué?

—Una mujer.

—¿Tú?




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