A la mañana siguiente, Paul despertó más temprano de lo habitual.
Miró el reloj.
Las siete de la mañana.
Frunció el ceño.
Normalmente podía dormir hasta las nueve sin ningún problema, pero aquella mañana había algo que lo había despertado.
Se levantó, se preparó un café y salió al jardín.
Intentó leer.
No pudo.
Intentó revisar algunos correos.
Los cerró.
Intentó convencerse de que no estaba pensando en Elizabeth.
Fracasó miserablemente.
—Esto es ridículo —murmuró.
Había conocido a aquella mujer hacía apenas dos días.
Dos días.
Y ya estaba pensando en ella al despertar.
Paul tomó las llaves de su automóvil.
—Solo iré por un café.
Eso se dijo.
Y salió.
Mientras tanto, en la cafetería, Elizabeth estaba preparando la masa para unos pasteles.
Emma decoraba unos cupcakes.
—¿A qué hora viene?
Elizabeth levantó la mirada.
—¿Quién?
Emma sonrió.
—Paul.
—No sé.
—Ayer vino a la misma hora.
—Eso no significa nada.
—Claro que no.
—Puede venir por el café.
—Por supuesto.
—Y por el pastel.
—Naturalmente.
Elizabeth dejó el recipiente sobre la mesa.
—¿Puedes dejar de molestarme?
—No.
Elizabeth comenzó a reír.
—Eres insoportable.
—Y tú estás enamorada.
—No estoy enamorada.
—Todavía.
Elizabeth le lanzó un poco de harina.
Emma gritó.
—¡Mi cabello!
—Te lo merecías.
—¡Ahora sí tendremos guerra!
Antes de que Elizabeth pudiera responder, la puerta se abrió.
Ambas se quedaron quietas.
Paul entró.
Elizabeth sintió que su corazón daba un pequeño salto.
Emma sonrió.
—Mira quién llegó.
Paul se acercó al mostrador.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Elizabeth.
—¿Interrumpo algo?
Emma señaló a Elizabeth.
—Me estaba atacando.
Elizabeth la miró.
—¡Tú empezaste!
Paul soltó una carcajada.
—Parece que llegué en buen momento.
—No le hagas caso —dijo Elizabeth.
Paul miró la harina sobre el cabello de Emma.
—¿Qué pasó?
Emma señaló a Elizabeth.
—Violencia.
—Fue defensa propia.
—¿De qué?
—De tu exceso de confianza.
Paul sonrió.
—Me gusta este lugar.
Elizabeth levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque aquí nadie parece aburrirse.
—Eso es cierto.
Paul se sentó.
—¿Puedo pedir lo mismo de ayer?
Elizabeth sonrió.
—¿El pastel?
—Y el café.
—Ya sabía.
Ella se dio la vuelta para prepararlo.
Paul la observó.
Emma se acercó discretamente.
—¿Vas a seguir mirándola?
Paul la miró.
—¿Tú nunca te callas?
—No.
—Ya veo.
Emma sonrió.
—Me agradas.
—Eso es peligroso.
—Mucho.
A varios kilómetros de allí, un automóvil negro entraba al pueblo.
Jack conducía con una sonrisa.
—Veamos qué está haciendo este hombre.
Había decidido visitar a Paul sin avisarle.
Su intención era sorprenderlo.
Y también comprobar personalmente quién era la mujer que había logrado que su mejor amigo hablara de ella durante una llamada telefónica de veinte minutos.
Cuando llegó a la casa azul, bajó del automóvil y tocó la puerta.
Nadie respondió.
—Perfecto.
Jack sonrió.
—Entonces habrá que buscarlo.
Subió nuevamente al automóvil y comenzó a recorrer el pueblo.
No tardó mucho en encontrar la cafetería.
Estacionó frente al establecimiento.
Miró el letrero.
Café Elizabeth.
—Así que aquí está.
Entró.
La campanita sonó.
Elizabeth levantó la cabeza.
—Buenos días.
Jack sonrió.
—Buenos días.
Emma se acercó.
—¿Qué desea?
Jack miró alrededor.
—Estoy buscando a alguien.
—¿A quién?
—A Paul.
Elizabeth se quedó quieta.
—¿Conoce a Paul?
—Muchísimo.
—¿Es amigo suyo?
Jack sonrió.
—Su mejor amigo.
Elizabeth miró a Emma.
Emma inmediatamente sonrió.
—Interesante.
Jack se acercó al mostrador.
—¿Usted es Elizabeth?
—Sí.
—Soy Jack.
Elizabeth comprendió inmediatamente.
—Ah.
—¿Paul habla de mí?
—Un poco.
—¿Bien o mal?
Elizabeth sonrió.
—Depende.
Jack se llevó una mano al pecho.
—Espero que bien.
Emma apareció detrás de Elizabeth.
—Él dijo que usted era su mejor amigo.
—Lo soy.
—¿Y es cierto que es tan aburrido como parece?
Jack soltó una carcajada.
—¡Por fin alguien que lo entiende!
Elizabeth comenzó a reír.
Jack la observó.
—Ahora entiendo.
—¿Qué?
—Por qué Paul está tan interesado en este lugar.
Elizabeth se puso seria.
—¿Qué quiere decir?
Jack sonrió.
—Nada.
Pero antes de poder explicar, la puerta volvió a abrirse.
Paul entró.
Y se quedó completamente inmóvil al ver a Jack sentado junto a Emma.
—¿Qué haces aquí?
Jack levantó una mano.
—Sorpresa.
Paul cerró los ojos.
—Te dije que no vinieras.
—Y yo decidí ignorarte.
Paul miró a Elizabeth.
Ella estaba intentando contener la risa.
—No te preocupes —dijo Jack—. Ya conocí a todos.
—¿A todos?
Jack señaló a Emma.
—A ella.
Luego señaló a Elizabeth.
—A ella.
—¿Y mis hermanos? —preguntó Elizabeth.
—Todavía no.
Paul murmuró:
—Gracias a Dios.
Pero la tranquilidad duró exactamente treinta segundos.
La puerta se abrió.
Richard y Michael entraron.
Michael vio a Jack.
Después miró a Paul.
Luego a Elizabeth.
—¿Tenemos invitados?
Elizabeth cerró los ojos.
—Sí.
Jack se levantó.
—Soy Jack.
Michael estrechó su mano.
Editado: 30.09.2026