Un mes para enamorarse

Capítulo 5. La primera prueba

Paul descubrió muy pronto que tener a Jack como mejor amigo podía ser una bendición.

También podía ser una desgracia.

Aquella mañana, los dos caminaban hacia la cafetería.

—¿Por qué tengo la sensación de que algo malo va a suceder? —preguntó Paul.

Jack sonrió.

—Porque tienes intuición.

—No me tranquiliza.

—Debería.

—No.

Jack soltó una carcajada.

—Relájate. Solo vamos a desayunar.

Paul lo miró de reojo.

—Eso dijiste ayer.

—Y terminamos conociendo a dos hermanos que parecen interrogadores profesionales.

—Exactamente.

—A mí me cayeron bien.

—Eso es porque no te conocen todavía.

—¿Y tú?

—Yo sí los conozco.

—¿Desde cuándo?

—Desde que me amenazaron con lanzarme al río si hacía llorar a Elizabeth.

Jack se detuvo.

—¿En serio?

Paul asintió.

—Completamente.

Jack sonrió.

—Me encantan estos hombres.

—Estás loco.

—Probablemente.

Cuando llegaron a la cafetería, Elizabeth estaba colocando unos pasteles en el mostrador.

Al verlos, sonrió.

—Buenos días.

Paul sintió que aquella sonrisa le alegraba inmediatamente la mañana.

—Buenos días.

Jack se acercó.

—Buenos días, Elizabeth.

—Hola, Jack.

Emma apareció detrás de ella.

—Buenos días.

Jack sonrió ampliamente.

—Para mí ya es un buen día.

Emma levantó una ceja.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Tan descarado.

—Solo cuando alguien me gusta.

Emma se quedó callada.

Elizabeth abrió los ojos.

Paul golpeó discretamente a Jack en el brazo.

—¿Qué?

—Nada —respondió Jack.

Emma sonrió.

—Interesante.

Paul negó con la cabeza.

Definitivamente, Jack iba a causar problemas.

No tardaron mucho en aparecer Richard y Michael.

Paul apenas los vio entrar, supo que algo estaba pasando.

Michael llevaba una sonrisa demasiado inocente.

—Buenos días.

Paul respondió con cautela.

—Buenos días.

Richard se acercó.

—Paul.

—Richard.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

Michael se sentó.

—Excelente.

Paul miró a Elizabeth.

Ella también parecía sospechar.

—¿Qué están tramando? —preguntó.

Michael puso cara de ofendido.

—¿Nosotros?

—Sí, ustedes.

—Nada.

Richard sonrió.

—Solo queremos pedirte un pequeño favor.

Paul cerró los ojos.

—Sabía que venía algo.

Elizabeth intervino.

—No tienen que pedirle nada.

Michael la ignoró.

—Necesitamos ayuda en la cocina.

Paul miró a Elizabeth.

—¿En la cocina?

—Sí.

—¿Por qué?

Michael respondió rápidamente:

—Porque hoy tenemos un pedido grande y necesitamos manos.

Elizabeth lo miró.

—Pero tenemos empleados.

Richard se aclaró la garganta.

—Hoy no vienen.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿Cómo que no vienen?

Michael sonrió.

—Están enfermos.

—¿Los dos?

—Sí.

—¿Al mismo tiempo?

—Qué mala suerte, ¿verdad?

Elizabeth miró a Paul.

—No tienes que hacerlo.

Paul sonrió.

—Puedo ayudar.

Michael dio una palmada.

—¡Perfecto!

Richard sonrió.

Jack se inclinó hacia Paul.

—Amigo, estás cayendo directamente en una trampa.

Paul murmuró:

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué aceptaste?

Paul miró a Elizabeth.

—Porque ella necesita ayuda.

Jack sonrió.

—Estás perdido.

Una hora después, Paul llevaba un delantal.

Y estaba cubierto de harina.

Elizabeth intentaba no reír.

—No te muevas.

—¿Qué pasa?

—Tienes harina en la cara.

Ella levantó la mano y le limpió suavemente una pequeña mancha de la mejilla.

Paul se quedó quieto.

Elizabeth también.

Sus ojos se encontraron.

Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

Hasta que Michael apareció.

—¡Qué escena tan conmovedora!

Elizabeth retiró inmediatamente la mano.

—¡Michael!

Richard apareció detrás.

—¿Interrumpimos?

Paul carraspeó.

—No.

Michael sonrió.

—Entonces continúa.

—No estaba pasando nada.

—Claro.

Richard miró a Paul.

—¿Sabes cocinar?

—Un poco.

—Perfecto.

Michael puso frente a él un recipiente.

—Entonces prepara esto.

Paul miró la mezcla.

—¿Qué es?

—Masa para pastel.

—Bien.

Elizabeth intentó intervenir.

—Paul no tiene que hacerlo.

—Quiero hacerlo —respondió él.

Michael sonrió.

—Excelente.

Veinte minutos después, Paul tenía una expresión de absoluta concentración.

La masa estaba por todas partes.

En la mesa.

En sus manos.

En el delantal.

Incluso había un poco en su cabello.

Jack entró en la cocina y se quedó mirándolo.

—¿Qué te pasó?

Paul lo miró seriamente.

—Estoy aprendiendo.

Jack comenzó a reír.

—¿A qué?

—A hacer pasteles.

—¿Y cómo va?

Paul señaló la masa.

—Creo que la masa me odia.

Emma apareció detrás de Jack.

—Eso no parece un pastel.

Paul suspiró.

—Gracias por tu apoyo.

Emma sonrió.

—Siempre.

Michael entró.

Miró el desastre.

—Perfecto.

Paul lo miró.

—¿Perfecto?

—Sí.

—¿Seguro?

—Claro.

Richard apareció detrás.

—¿Ya terminó?

Michael negó.

—Todavía no.

Paul entrecerró los ojos.

—¿Qué falta?

Los hermanos se miraron.

Michael sonrió.

—La decoración.

Media hora después, el supuesto pastel estaba listo.

Paul lo observó orgulloso.

Elizabeth se acercó.

—¿Lo hiciste tú?

—Sí.

—¿Solo?

—Con un poco de ayuda.

Michael carraspeó.

—Muchísima.

Elizabeth probó un pequeño pedazo.

Todos esperaron.




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