La noche había caído sobre el pequeño pueblo.
En la casa de Elizabeth, la cena transcurría con tranquilidad.
O al menos eso parecía.
Elizabeth estaba sentada junto a su madre, mientras Richard y Michael discutían sobre quién había preparado peor el café aquella mañana.
—Fue Michael —dijo Elizabeth.
—¡Mentira!
—Le pusiste tanta azúcar que parecía jarabe.
Richard soltó una carcajada.
—Yo lo probé. Tenía razón.
Michael señaló a su hermano.
—Tú no tienes derecho a opinar. La semana pasada quemaste las tostadas.
—Fue un accidente.
—Quemaste seis.
—Estaba distraído.
Su madre negó con la cabeza.
—No sé cómo sobrevivieron siendo niños.
Elizabeth sonrió.
Pero entonces Richard se quedó callado.
Había algo que llevaba horas pensando.
Algo que había descubierto aquella tarde.
Y no sabía si debía decirlo.
Michael lo notó.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Tienes cara de estar tramando algo.
—No estoy tramando nada.
Elizabeth miró a su hermano.
—Richard.
Él suspiró.
—Encontré algo sobre Paul.
La sonrisa de Elizabeth desapareció.
—¿Qué encontraste?
Michael se inclinó hacia delante.
—Ahora sí me interesa.
Richard sacó su teléfono.
—Busqué su nombre.
Elizabeth frunció el ceño.
—¿Por qué hiciste eso?
—Porque quería saber quién es.
—Te dije que no investigaras.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Richard miró a su hermana.
—Porque quiero protegerte.
Elizabeth suspiró.
—No necesito que me protejan de todos los hombres que conozco.
—Lo sé.
—Entonces...
Richard giró el teléfono hacia ellos.
—Su nombre completo es Paul Harrison.
Michael dejó de sonreír.
—¿Harrison?
Richard asintió.
—Sí.
Elizabeth miró la pantalla.
—¿Y?
Richard la observó.
—¿No sabes quiénes son los Harrison?
Elizabeth negó con la cabeza.
Michael tomó el teléfono.
Sus ojos se abrieron.
—No puede ser.
—¿Qué? —preguntó Elizabeth.
Richard respondió:
—Los Harrison son una de las familias empresariales más importantes del país.
Elizabeth se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Paul Harrison es el propietario de Harrison Group.
Elizabeth recordó inmediatamente las pocas cosas que Paul le había contado.
“Trabajo en negocios.”
Sintió que algo se apretaba en su pecho.
—No.
Michael la miró.
—¿Qué pasa?
—Él no puede ser ese Paul Harrison.
Richard mostró una fotografía.
Era Paul.
Vestido con un traje elegante, rodeado de empresarios.
Elizabeth sintió que el mundo se detenía durante unos segundos.
—Es él.
Michael silbó.
—Nuestro huésped misterioso no es precisamente un turista cualquiera.
Richard guardó el teléfono.
—Y ahora entiendo por qué quiso venir al pueblo sin decir quién era.
Elizabeth bajó la mirada.
—Él no sabe quién soy yo.
Michael y Richard se miraron.
—Eso es cierto —dijo Michael.
Elizabeth levantó la cabeza.
—Y tampoco debe saberlo.
Richard frunció el ceño.
—Elizabeth...
—No.
—Pero si él descubre...
—No quiero que cambie la manera en que me mira.
Su madre, que había permanecido en silencio, tomó suavemente la mano de su hija.
—Entonces déjalo conocerte como Elizabeth.
Elizabeth asintió.
—Eso es exactamente lo que quiero.
Michael sonrió.
—Entonces no diremos nada.
Elizabeth lo miró con desconfianza.
—¿De verdad?
—De verdad.
Richard asintió.
—Será nuestro secreto.
Elizabeth respiró aliviada.
Sin embargo, Michael tenía una sonrisa extraña.
—Aunque...
—¿Aunque qué?
—Ahora que sabemos quién es, quiero ver cuánto tarda en confesar que está enamorado de ti.
Elizabeth se sonrojó.
—¡No está enamorado de mí!
Richard soltó una carcajada.
—Después de lo que vimos hoy, yo no estaría tan seguro.
—Solo estamos conociéndonos.
—Claro —dijo Michael.
—¡Es verdad!
Su madre sonrió.
—Déjenla tranquila.
Michael levantó las manos.
—Está bien.
Pero sus ojos brillaban con malicia.
Elizabeth conocía demasiado bien esa expresión.
—¿Qué estás pensando?
—Nada.
—Michael...
—Nada.
—Te conozco.
—Mañana veremos.
—¿Qué veremos?
Michael sonrió.
—Qué tan valiente es el señor Harrison.
Mientras tanto, en la casa azul, Paul estaba sentado en el sofá.
Tenía el teléfono en la mano.
Había recibido varios mensajes de su asistente.
Reuniones pendientes.
Documentos que necesitaban su firma.
Una junta que debía atender en dos días.
Paul respondió uno de los mensajes.
“Resuelvan todo sin mí.”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Señor Harrison, eso no es posible.”
Paul sonrió.
“Entonces háganlo posible.”
Dejó el teléfono.
Pero no pudo concentrarse.
Tomó una pequeña bolsa que había comprado aquella tarde.
Dentro había una caja.
Un regalo.
Había pasado frente a una tienda y había visto algo que le recordó a Elizabeth.
No sabía por qué lo había comprado.
Bueno...
Sí lo sabía.
Pero no quería admitirlo.
Al día siguiente pensaba llevárselo.
A la mañana siguiente, Paul llegó a la cafetería antes de las nueve.
Elizabeth estaba sola.
Cuando lo vio entrar, sonrió.
—Buenos días.
—Buenos días.
Paul dejó una pequeña caja sobre el mostrador.
Elizabeth la miró.
—¿Qué es?
—Para ti.
Ella abrió los ojos.
—¿Para mí?
—Sí.
—¿Por qué?
Paul se encogió de hombros.
Editado: 30.09.2026