Paul llegó a la casa de Elizabeth exactamente a las siete de la noche.
Llevaba una camisa blanca, pantalón oscuro y una expresión tranquila.
O al menos eso intentaba aparentar.
Había aceptado la invitación sin pensarlo demasiado.
Pero mientras caminaba hacia la puerta, comenzó a preguntarse si había sido una buena idea.
No porque estuviera nervioso por conocer a la familia de Elizabeth.
Sino porque tenía la sensación de que sus hermanos estaban preparando algo.
Y, después de los últimos días, esa sensación no era precisamente infundada.
Tocó el timbre.
La puerta se abrió.
Michael apareció.
—Paul.
—Buenas noches.
Michael lo miró de arriba abajo.
—Elegante.
—Gracias.
—Demasiado elegante.
Paul arqueó una ceja.
—¿Eso es malo?
—No. Solo significa que tendremos que ensuciarte un poco.
Paul se quedó mirándolo.
—¿Perdón?
Michael sonrió.
—Era una broma.
—Claro.
—Pasa.
Paul entró.
La casa era mucho más grande de lo que había imaginado.
Elegante, pero cálida.
Había cuadros en las paredes, muebles antiguos y grandes ventanales que daban al jardín.
Paul observó todo con curiosidad.
No parecía la casa de una familia que llevaba una vida sencilla.
Sin embargo, tampoco quería sacar conclusiones.
—¡Paul! —escuchó.
Elizabeth apareció en la escalera.
Llevaba un vestido sencillo color azul oscuro.
Paul se quedó mirándola.
—Te ves hermosa.
Elizabeth sonrió.
—Gracias.
Michael carraspeó.
—Yo sigo aquí.
Paul sonrió.
—Lo había olvidado.
—Lo sé.
Elizabeth bajó las escaleras.
—Ven. Quiero presentarte a mi madre.
Paul siguió a Elizabeth.
En el comedor, una mujer elegante y amable se levantó para recibirlo.
—Bienvenido, Paul.
—Muchas gracias, señora.
—Puedes llamarme Margaret.
—Mucho gusto, Margaret.
Ella sonrió.
—He escuchado hablar de ti.
Paul miró a Elizabeth.
—¿En serio?
Elizabeth se sonrojó.
—Un poco.
Michael intervino.
—Muchísimo.
—¡Michael!
Todos rieron.
Paul tomó asiento.
Richard llegó unos minutos después.
—Buenas noches.
—Buenas noches —respondió Paul.
Richard se sentó frente a él.
Durante unos segundos hubo silencio.
Paul sintió que lo observaban.
No era una cena.
Era un interrogatorio.
Michael fue el primero en hablar.
—¿Dónde naciste?
Paul respondió.
—En la ciudad.
—¿Padres?
—Viven fuera del país.
—¿Hermanos?
—No.
—¿Trabajo?
Paul dudó.
—Tengo algunos negocios.
Richard levantó una ceja.
—¿Qué tipo de negocios?
Paul sonrió.
—De varios tipos.
Michael lo miró fijamente.
—Qué misterioso.
Elizabeth intervino.
—¡Déjalo!
—Solo estoy conversando.
—Estás interrogándolo.
—Es lo mismo.
Paul soltó una risa.
—No hay problema.
Michael sonrió.
—Bien.
Margaret negó con la cabeza.
—Mis hijos son demasiado protectores.
—Ya me di cuenta.
Richard cruzó los brazos.
—Solo queremos asegurarnos de que Elizabeth esté bien.
Paul miró a Elizabeth.
—Lo entiendo.
Ella bajó la mirada.
La cena comenzó tranquilamente.
Hablaron sobre el pueblo, la cafetería y la vida de Paul.
Pero entonces llegó el momento que Michael estaba esperando.
—Paul.
—¿Sí?
—Elizabeth dice que sabes cocinar.
Paul miró a Elizabeth.
—¿Yo dije eso?
—No exactamente.
Michael sonrió.
—Entonces demuéstralo.
—¿Ahora?
—Ahora.
Richard comenzó a reír.
—Michael, déjalo cenar.
—Después.
Paul miró a Elizabeth.
Ella parecía avergonzada.
—No tienes que hacerlo.
Paul se levantó.
—Está bien.
—¿Paul?
—Quiero hacerlo.
Michael se levantó también.
—Perfecto.
Diez minutos después, Paul estaba en la cocina.
Michael le había entregado un delantal.
Richard observaba desde la puerta.
Elizabeth intentaba contener la risa.
—¿Qué tengo que preparar? —preguntó Paul.
Michael puso varios ingredientes sobre la mesa.
—Algo dulce.
Paul miró los ingredientes.
—¿Qué?
—Lo que quieras.
—Esto parece una prueba.
Richard sonrió.
—Lo es.
Paul suspiró.
—Bien.
Comenzó a preparar una mezcla.
Elizabeth se acercó.
—¿Quieres ayuda?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Estás usando demasiada harina.
Paul miró el recipiente.
—¿Seguro?
—Sí.
Él agregó más.
Elizabeth lo miró horrorizada.
—¡Paul!
—¿Qué?
—¡Te dije que era demasiada!
Michael se echó a reír.
—Esto va a ser maravilloso.
Paul intentó corregir el desastre.
Cinco minutos después, la cocina parecía un campo de batalla.
Había harina en la mesa.
Harina en el suelo.
Harina en el cabello de Elizabeth.
Y una enorme mancha blanca en la camisa de Paul.
Elizabeth lo miró.
—Te dije que necesitarías ayuda.
Paul sonrió.
—Tal vez.
Michael señaló la camisa.
—¿Sabes cuánto cuesta eso?
Paul respondió tranquilamente:
—No tengo idea.
Michael sonrió.
—Entonces estamos progresando.
Richard soltó una carcajada.
Finalmente, el postre estuvo listo.
Era una especie de pastel.
O al menos eso esperaba Paul.
Lo llevaron a la mesa.
Margaret probó el primer pedazo.
Se quedó en silencio.
Paul tragó saliva.
—¿Está malo?
Margaret sonrió.
—No.
Michael probó.
Su expresión cambió.
—Está...
Richard lo interrumpió.
—¿Comestible?
Michael lo miró.
—Sorprendentemente.
Editado: 30.09.2026