Un mes para enamorarse

Capítulo 8. Un secreto entre dos familias

Elizabeth permaneció frente a sus hermanos con los brazos cruzados.

—¿Qué significa esa cara?

Michael levantó el teléfono.

—Significa que ahora sabemos que Paul no es simplemente un hombre de negocios.

—Ya les dije que lo sé.

Richard la observó con atención.

—¿Y qué piensas hacer?

Elizabeth suspiró.

—Nada.

—¿Nada?

—Seguiré tratándolo como lo he hecho hasta ahora.

Michael sonrió.

—Eso me gusta.

—¿Qué te gusta?

—Que no te importe su dinero.

Elizabeth negó con la cabeza.

—Precisamente por eso no quiero que él sepa quién soy.

Richard se sentó en uno de los sillones.

—Elizabeth, tarde o temprano tendrá que saberlo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué esperar?

Ella guardó silencio.

Finalmente respondió:

—Porque quiero saber si realmente le gusto.

Michael dejó de sonreír.

—¿Y si sí?

Elizabeth levantó la mirada.

—Entonces se lo diré.

—¿Y si no?

Elizabeth bajó los ojos.

—Entonces al menos sabré que lo que vivimos fue real mientras duró.

Richard se acercó y le puso una mano en el hombro.

—No juegues con tus propios sentimientos.

—No lo hago.

—Ya estás enamorada.

Elizabeth negó inmediatamente.

—No.

Michael soltó una carcajada.

—La negación es el primer síntoma.

—¡No estoy enamorada!

—Entonces mañana dile que no quieres volver a verlo.

Elizabeth se quedó callada.

Michael sonrió.

—Eso pensé.

Al día siguiente, Paul despertó pensando en Elizabeth.

Nuevamente.

Se sentó en la cama y negó con la cabeza.

—Esto ya es un problema.

Tomó el teléfono.

Tenía varios mensajes de Jack.

“¿Despierto?”

Otro.

“¿Sigues vivo?”

Y otro.

“Voy a desayunar con Emma.”

Paul respondió:

“¿Desde cuándo?”

La respuesta llegó inmediatamente.

“Desde que descubrí que me gusta.”

Paul sonrió.

Jack estaba avanzando rápidamente.

Paul se vistió y salió de casa.

Esta vez no fue directamente a la cafetería.

Quería comprar algo para Elizabeth.

Entró en una pequeña tienda del pueblo y encontró una caja de madera artesanal.

Pensó que sería perfecta para guardar sus recetas.

La compró y regresó a la cafetería.

Cuando entró, encontró a Elizabeth y Emma conversando.

—Buenos días.

Elizabeth sonrió.

—Buenos días.

Paul dejó la caja sobre el mostrador.

—Es para ti.

Elizabeth abrió los ojos.

—¿Otra vez?

—No puedo evitarlo.

—Paul...

—Ábrelo.

Elizabeth retiró la tapa.

Al verla, su rostro se iluminó.

—Es preciosa.

—Pensé que podrías guardar tus recetas ahí.

Elizabeth acarició la madera.

—Me encanta.

—Entonces valió la pena.

Ella lo miró.

—Gracias.

Paul sonrió.

Emma observaba la escena desde atrás.

—Voy a fingir que no estoy aquí.

Elizabeth se rio.

—Emma.

—No dije nada.

En ese momento entró Jack.

Llevaba una bolsa de papel.

—Buenos días.

Emma sonrió.

—Buenos días.

Jack se acercó.

—Te traje algo.

Emma parpadeó.

—¿A mí?

—Sí.

Le entregó la bolsa.

Emma la abrió.

Dentro había una pequeña caja de chocolates.

—¿Por qué?

Jack se encogió de hombros.

—Porque ayer dijiste que te gustaban.

Emma lo miró sorprendida.

—¿Lo recuerdas?

—Recuerdo muchas cosas cuando me interesa alguien.

Emma se quedó callada.

Elizabeth miró a Paul.

Paul miró a Elizabeth.

Ambos sonrieron.

—Parece que tenemos un problema —murmuró Elizabeth.

—¿Cuál?

—Tu amigo.

—¿Qué hizo?

—Está conquistando a Emma.

Paul sonrió.

—¿Y eso es malo?

—No.

—Entonces no veo el problema.

—El problema es que mis hermanos también se darán cuenta.

Paul soltó una carcajada.

—Pobre Jack.

—Exactamente.

Y no tardaron mucho.

Richard y Michael entraron a la cafetería poco después.

Michael vio a Jack entregándole los chocolates a Emma.

Se quedó quieto.

—¿Qué está pasando aquí?

Jack sonrió.

—Nada.

Emma escondió la caja detrás del mostrador.

Michael miró a Richard.

—¿Viste eso?

—Lo vi.

—Nuestro territorio está siendo invadido.

Richard suspiró.

—No exageres.

Michael señaló a Jack.

—Ese hombre está cortejando a nuestra amiga.

Jack arqueó una ceja.

—¿Cortejando?

—Sí.

—¿Y qué problema hay?

Michael se cruzó de brazos.

—Tenemos que evaluarte.

Jack soltó una carcajada.

—¿Evaluarme?

—Sí.

Paul intervino:

—Jack, no aceptes.

—¿Por qué?

—Porque ellos no juegan limpio.

Michael sonrió.

—¿Quién dijo que habrá juego?

Richard negó con la cabeza.

—Michael, déjalo.

Jack se puso de pie.

—Acepto.

Paul lo miró.

—Estás loco.

—Puede ser.

Emma comenzó a reír.

—Esto será divertido.

Elizabeth negó con la cabeza.

—No sé por qué siento que vamos a arrepentirnos.

Michael sonrió.

—Porque tienes buen instinto.

La primera prueba consistió en algo aparentemente sencillo.

Llevar unas cajas de harina desde el almacén hasta la cafetería.

Michael señaló una enorme pila.

—Solo hay que trasladarlas.

Jack miró las cajas.

—¿Cuántas?

—Unas veinte.

Paul comenzó a reír.

—Te lo advertí.

Jack se quitó la chaqueta.

—No hay problema.

—¿Seguro? —preguntó Richard.

—Seguro.

Jack tomó la primera caja.

Cinco minutos después ya estaba sudando.

Michael sonreía.

—¿Cansado?

—No.

Tomó otra.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.