La noche había caído sobre el pueblo.
En la cafetería, Elizabeth terminaba de limpiar las últimas mesas mientras Emma guardaba las cajas de repostería.
—Hoy estabas muy distraída —comentó Emma.
Elizabeth levantó la mirada.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—No sé de qué hablas.
Emma sonrió.
—Paul.
Elizabeth suspiró.
—¿Tan evidente es?
—Muchísimo.
—No puedo evitarlo.
Emma se acercó y apoyó los codos sobre el mostrador.
—¿Te preocupa la mujer que vino ayer?
Elizabeth dejó de limpiar.
—Un poco.
—¿Por qué?
—No sé quién es.
—Pero Paul sí.
Elizabeth bajó la mirada.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
A varios kilómetros de allí, Victoria estaba sentada en una habitación de hotel.
Frente a ella había una carpeta negra.
La abrió.
Dentro había fotografías antiguas.
Paul con diecinueve años.
Paul junto a su padre.
Paul entrando a una gala.
Paul junto a Victoria.
Y una fotografía que la hizo sonreír.
Era una imagen tomada hacía muchos años.
Paul y Victoria estaban frente a sus respectivas familias.
En aquella época ambos eran jóvenes.
En el centro estaban sus padres.
El padre de Paul, Alexander Harrison.
Y el padre de Victoria, Edward Montgomery.
Victoria pasó los dedos por la fotografía.
—Todo estaba decidido entonces...
Una voz masculina respondió desde la puerta.
—No estaba decidido.
Victoria levantó la cabeza.
Era el mismo hombre que había estado sentado junto a ella en el automóvil.
—Llegas tarde, Daniel.
—Tu padre me pidió que viniera.
—¿Para qué?
Daniel entró en la habitación.
—Para detenerte.
Victoria soltó una pequeña risa.
—¿Detenerme?
—Sí.
—¿Después de todos estos años?
Daniel miró la carpeta.
—Victoria, sabes perfectamente lo que significa que Paul esté aquí.
Ella cerró la carpeta.
—Lo sé mejor que nadie.
—Entonces sabes que no puedes acercarte a él.
Victoria se puso de pie.
—No voy a acercarme a él.
Daniel la miró.
—¿Y qué estás haciendo?
Victoria tomó su abrigo.
—Voy a proteger lo que mi familia construyó.
Daniel permaneció en silencio.
Victoria caminó hasta la ventana.
—Paul cree que escapó de todo esto.
—Porque escapó.
—No.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Solo se escondió.
A la mañana siguiente, Paul llegó a la cafetería temprano.
Elizabeth estaba preparando la masa de unos croissants.
—Llegas temprano.
—Quería verte.
Ella sonrió.
—¿Y no podías esperar hasta el horario normal?
—No.
—¿Por qué?
Paul se acercó al mostrador.
—Porque ayer me dijiste que te importo.
Elizabeth se sonrojó.
—No tienes que recordármelo.
—Me gusta recordarlo.
Ella intentó esconder una sonrisa.
—Eres insoportable.
—Pero aquí estás.
—Porque esta es mi cafetería.
—Entonces tendré que encontrar otra excusa.
Elizabeth lo miró.
—¿Qué excusa?
Paul se inclinó ligeramente hacia ella.
—Tú.
Elizabeth se quedó sin palabras.
Pero antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
Victoria entró.
La sonrisa de Elizabeth desapareció.
Paul se quedó inmóvil.
—Victoria.
—Paul.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Victoria miró a Elizabeth.
Después volvió a mirar a Paul.
—Necesitamos hablar.
—No aquí.
—Entonces sal conmigo.
Elizabeth sintió una extraña incomodidad.
Paul la miró.
—Volveré.
Victoria dio media vuelta.
Paul salió detrás de ella.
Caminaron hasta una pequeña plaza.
Victoria se detuvo.
—¿Por qué estás aquí?
Paul frunció el ceño.
—Porque quería estar aquí.
—No te pregunté qué haces. Te pregunté por qué.
—Ya sabes la respuesta.
—Quiero escucharla de ti.
Paul suspiró.
—Estoy cansado.
Victoria lo observó.
—¿De qué?
—De todo.
—¿De tu familia?
—También.
—¿De tu padre?
Paul no respondió.
Victoria entendió.
—Sigues huyendo de él.
—No estoy huyendo.
—Paul, llevas casi un mes escondido en un pueblo donde nadie conoce tu apellido.
Él la miró con dureza.
—No estoy escondido.
Victoria dio un paso hacia él.
—¿Y qué crees que estás haciendo?
—Viviendo.
Victoria guardó silencio.
Paul continuó:
—Por primera vez estoy haciendo algo porque quiero.
—¿Y ella forma parte de eso?
Paul supo inmediatamente a quién se refería.
—Elizabeth no tiene nada que ver con mis problemas.
—Eso espero.
Paul endureció la mirada.
—No vuelvas a hablar de ella de esa manera.
Victoria sonrió con tristeza.
—Sigues siendo el mismo.
—¿Qué significa eso?
—Que proteges a las personas que te importan.
Paul no respondió.
Victoria respiró profundamente.
—Pero no sabes toda la verdad.
—¿Qué verdad?
Ella lo miró fijamente.
—Mi familia y la tuya no solo hicieron negocios juntos.
Paul frunció el ceño.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Victoria sacó un sobre de su bolso.
Se lo entregó.
Paul lo abrió.
Dentro había una copia de un antiguo contrato.
Leyó las primeras líneas.
Su expresión cambió.
—¿Qué es esto?
—El acuerdo entre los Harrison y los Montgomery.
Paul siguió leyendo.
—Esto es de hace más de diez años.
—Sí.
—¿Y por qué me lo enseñas?
Victoria sostuvo su mirada.
—Porque nuestros padres hicieron un acuerdo que nunca te contaron completamente.
Paul cerró el documento.
—¿Qué acuerdo?
Victoria tardó unos segundos en responder.
—Nuestras familias habían decidido unir sus empresas.
Editado: 30.09.2026