Un mes para enamorarse

Capítulo 12. El secreto de las dos familias

La habitación quedó completamente en silencio.

Paul seguía mirando el documento que tenía entre las manos.

El nombre de Margaret aparecía claramente entre los firmantes del antiguo acuerdo.

La madre de Elizabeth.

Su mirada pasó lentamente del documento a Elizabeth.

—¿Tu madre sabía esto?

Elizabeth negó con la cabeza.

—No lo sé.

Richard permanecía de pie junto a la mesa, con los brazos cruzados.

—Sí lo sabía.

Elizabeth levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Mamá sabía que nuestras familias habían tenido negocios juntos. Lo que no sabemos es cuánto conocía del resto.

Elizabeth se volvió hacia Michael.

—¿Tú sabías esto?

Michael levantó ambas manos.

—Yo sabía que existían documentos antiguos. No sabía que Paul estaba involucrado directamente.

Paul soltó una risa amarga.

—Qué conveniente.

Michael frunció el ceño.

—No empieces conmigo.

—¿Por qué no?

—Porque si hubiera sabido que tu familia escondía una prima secreta durante años, habría intentado ayudarte.

Paul lo miró fijamente.

—¿Ayudarme a qué?

Michael abrió la boca.

No encontró respuesta.

Richard tomó el documento.

—Lo que necesitamos ahora es entender qué significa.

Elizabeth se acercó.

—¿Y por qué mi madre aparece aquí?

Richard señaló una de las líneas.

—Porque hace más de veinte años, Margaret fue asesora financiera de una de las empresas involucradas.

Paul frunció el ceño.

—¿Mi familia confiaba en ella?

—Mucho.

Elizabeth abrió los ojos.

—Mamá nunca me habló de eso.

Michael sonrió ligeramente.

—Tu madre tampoco nos cuenta todo.

—¿Eso te parece gracioso?

—No.

Michael miró a Paul.

—Pero empiezo a entender por qué ustedes dos se encontraron.

Paul levantó una ceja.

—¿Qué quieres decir?

Michael se encogió de hombros.

—Que probablemente nuestras familias llevan décadas complicándonos la vida sin siquiera conocernos.

Elizabeth negó con la cabeza.

—Michael, este no es momento para bromas.

—Precisamente porque es un momento horrible, alguien tiene que hacerlas.

Paul soltó una pequeña carcajada.

Richard lo miró.

—¿De qué te ríes?

—De tu hermano.

Michael sonrió.

—¿Ves?

Paul negó con la cabeza.

—No significa que me caigas bien.

—Todavía.

Elizabeth puso los ojos en blanco.

—Ustedes dos son imposibles.

Michael señaló a Paul.

—Él empezó.

—¡Tú empezaste!

Richard se llevó una mano a la frente.

—Dios mío.

Por primera vez desde que habían descubierto los documentos, Elizabeth sonrió.

Pero aquella pequeña alegría duró apenas unos segundos.

Porque alguien estaba a punto de entrar en la habitación.

La puerta principal se abrió.

Margaret apareció en el salón.

En cuanto vio los documentos sobre la mesa, se quedó completamente quieta.

Su rostro perdió color.

—¿Dónde encontraron eso?

Elizabeth se levantó.

—Mamá.

Margaret miró a Richard.

Después a Michael.

Finalmente a Paul.

—¿Quién te contó?

Paul respondió:

—Mi padre.

Margaret dejó lentamente las llaves sobre una mesa.

—Entonces ya empezó.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿Qué empezó?

Margaret no respondió.

—Mamá.

—Elizabeth...

—No.

La joven se acercó.

—Esta vez no.

Margaret la miró.

—¿No qué?

—No quiero que vuelvas a decirme que no es asunto mío.

—Es asunto mío.

—También es asunto mío.

Elizabeth señaló los documentos.

—Mi nombre no aparece ahí, pero el tuyo sí. Y ahora Paul está involucrado.

Margaret miró a Paul.

—Lo siento.

Paul se quedó serio.

—No necesito disculpas.

—Entonces, ¿qué necesitas?

—La verdad.

Margaret cerró los ojos.

—No sé si puedo darte toda la verdad.

—Dame la que tengas.

Margaret permaneció en silencio.

Finalmente se sentó.

—Está bien.

Todos se acomodaron alrededor de la mesa.

—Pero tienen que entender algo —dijo Margaret—. Lo que ocurrió hace más de veinte años no fue simplemente un problema empresarial.

Richard frunció el ceño.

—Entonces, ¿qué fue?

Margaret miró los documentos.

—Fue una traición.

Paul se inclinó hacia delante.

—¿Entre quiénes?

Margaret respiró profundamente.

—Entre varias personas.

—Eso no responde nada.

—Lo sé.

—Entonces empieza por el principio.

Margaret miró hacia la ventana.

—Catherine.

Paul sintió un escalofrío al escuchar el nombre.

—La madre de Victoria.

Margaret asintió.

—Sí.

—¿La conocías bien?

—Éramos amigas.

Elizabeth abrió los ojos.

—¿Amigas?

—Muy buenas amigas.

—Nunca me hablaste de ella.

—Porque prometí no hacerlo.

—¿Por qué?

Margaret bajó la mirada.

—Porque Catherine me lo pidió.

Paul preguntó:

—¿Cuándo la conociste?

—Cuando éramos jóvenes. Mucho antes de que tú nacieras.

—¿Y cómo era?

Margaret sonrió tristemente.

—Valiente.

Hubo una pausa.

—Muy valiente.

—¿Y Victoria?

—Victoria era una niña adorable.

Margaret sonrió al recordarla.

—Siempre estaba detrás de su madre. Tenía unos ojos enormes y hacía preguntas sobre todo.

Michael sonrió.

—Eso explica muchas cosas.

Elizabeth lo miró.

—Michael.

—¿Qué? Solo digo que la familia tiene tradición de hacer demasiadas preguntas.

Richard intervino:

—Continúa, mamá.

Margaret asintió.

—Catherine descubrió algo relacionado con las empresas de nuestras familias.

Paul frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—No lo sé exactamente.

—¿Cómo puedes no saberlo?

—Porque Catherine tenía miedo.




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