Un mes para enamorarse

Capítulo 13. La pieza que faltaba

Paul permaneció junto a la ventana varios segundos después de que el automóvil desapareciera por la carretera.

No podía quitarse de la cabeza las palabras de su padre.

“Creo que ya saben dónde estás.”

Hasta hacía unas semanas, su mayor problema había sido decidir cuánto tiempo más quería permanecer en aquel pequeño pueblo.

Ahora había personas siguiendo sus movimientos.

Su familia escondía secretos de hacía más de veinte años.

Su prima Victoria investigaba la muerte de su madre.

Y, de alguna manera, la familia de Elizabeth estaba relacionada con todo aquello.

Paul miró a Elizabeth.

Ella seguía esperando una explicación.

—¿Quién era? —preguntó finalmente.

—No lo sé.

—¿Tu padre?

—No.

—¿Victoria?

—Tampoco.

Elizabeth se acercó a la ventana.

—¿Crees que nos estaban vigilando?

Paul asintió.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—No lo sé.

Elizabeth cruzó los brazos.

—Esto ya no me gusta.

—A mí tampoco.

—¿Y qué vamos a hacer?

Paul tomó su teléfono.

—Primero voy a hablar con Richard.

—¿Por qué con Richard?

—Porque tiene mejor sentido común que yo cuando estoy preocupado.

Elizabeth sonrió.

—Eso ha sido una confesión bastante importante.

Paul la miró.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Paul sonrió.

Entonces escucharon una voz desde el pasillo.

—¡Elizabeth!

Ella cerró los ojos.

—Michael.

Paul suspiró.

—¿Cómo sabes?

—Porque nadie más entra gritando a esta hora.

Michael apareció en la puerta.

—Buenos días.

Miró a Paul.

—¿Ya desayunaste?

—No.

—Perfecto.

—¿Por qué?

Michael sonrió.

—Porque hice huevos.

Paul palideció.

—No.

Michael frunció el ceño.

—¿No qué?

—La última vez que cocinaste casi incendiamos la cocina.

—Fue un accidente.

Richard apareció detrás.

—No fue un accidente. Dejaste una sartén en el fuego mientras estabas viendo un partido.

Michael señaló a Richard.

—Detalles.

Elizabeth empezó a reír.

—Vamos a desayunar.

Paul miró a Michael con desconfianza.

—Si sobrevivo, te perdono.

—Eso es lo que quiero escuchar.

La cocina se llenó rápidamente de voces.

Jack llegó diez minutos después.

Emma lo acompañaba.

—¿Por qué siempre llegas cuando hay comida? —preguntó Michael.

Jack se sentó.

—Porque soy un hombre con prioridades.

Emma dejó una bolsa sobre la mesa.

—Traje pan.

Jack la miró.

—Por eso me gustas.

Emma levantó una ceja.

—¿Por el pan?

—No.

—¿Entonces?

Jack sonrió.

—Porque siempre sabes qué necesito.

Michael soltó una carcajada.

—Este hombre está perdido.

Richard asintió.

—Completamente.

Jack miró a Paul.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Por qué tienes esa cara?

Paul guardó silencio.

Richard intervino.

—Nos estaban vigilando.

La sonrisa de Jack desapareció.

—¿Qué?

Elizabeth explicó brevemente lo ocurrido.

Jack se puso serio.

—¿Viste la placa?

—No.

—¿El modelo?

—No estoy seguro.

—¿Color?

—Oscuro.

Jack suspiró.

—Excelente descripción.

Michael levantó una mano.

—Yo lo vi.

Todos lo miraron.

—¿Qué viste?

Michael respondió tranquilamente:

—Un automóvil.

Richard cerró los ojos.

—Gracias, Michael.

—¿Qué?

—No ayudas.

—Estoy haciendo mi parte.

Emma soltó una carcajada.

—¿Pueden dejar de pelear?

Michael señaló a Paul.

—Él necesita protección.

Paul arqueó una ceja.

—¿Protección?

—Sí.

—¿De quién?

Michael sonrió.

—De nosotros.

Jack se rio.

—Eso sí es peligroso.

Después del desayuno, Richard pidió hablar con Paul a solas.

Los dos salieron al jardín.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Richard.

—Voy a investigar.

—¿Solo?

—No.

Paul mostró su teléfono.

—Ya contacté a una persona de confianza de mi empresa.

Richard asintió.

—Bien.

—Pero necesito saber algo.

—¿Qué?

—¿Qué sabes de la relación entre mi familia y la de Elizabeth?

Richard respiró profundamente.

—No mucho.

—No me sirve.

—Lo sé.

Richard caminó unos pasos.

—Cuando éramos niños, escuchamos algunas conversaciones de nuestros padres. Sabíamos que existían negocios compartidos entre los Harrison y los Montgomery.

—¿Y después?

—Después comenzaron los problemas.

—¿Qué clase de problemas?

—Demandas, transferencias de empresas, socios que desaparecieron de un día para otro.

Paul se detuvo.

—¿Desaparecieron?

—Algunos dejaron el país. Otros simplemente vendieron sus participaciones.

—¿Y Catherine?

Richard negó.

—No sabemos exactamente qué descubrió.

Paul miró hacia la casa.

—Margaret sí sabe algo.

—Sí.

—Pero todavía no nos lo cuenta todo.

Richard permaneció callado.

—¿Crees que tu madre guarda la prueba?

—Creo que sí.

—Entonces hay que encontrarla antes que quien esté buscándola.

Paul asintió.

—Exactamente.

Mientras ellos hablaban, Elizabeth estaba en la cocina con Margaret.

—Mamá.

Margaret continuaba preparando café.

—¿Sí?

—Quiero preguntarte algo.

—Ya sé qué.

Elizabeth sonrió.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tienes la misma expresión que tenías cuando eras niña y habías roto algo.

—Nunca rompía nada.

Margaret la miró.

—Una lámpara.

—Fue una vez.

—Dos.

Elizabeth rio.

—Está bien.

Después se puso seria.

—¿Qué escondiste de Catherine?

Margaret dejó la taza sobre la mesa.

—No escondí nada.




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