Un mes para enamorarse

Capítulo 14. La trampa para James

La idea de la trampa había comenzado como una ocurrencia de Elizabeth.

Pero, cinco minutos después, toda la familia estaba alrededor de la mesa del comedor como si estuvieran organizando una operación militar.

Michael había incluso encontrado una libreta.

En la primera página escribió, con letras enormes:

OPERACIÓN JAMES.

Debajo dibujó una línea.

Después escribió:

Objetivo: descubrir qué sabe el tío de Paul.

Paul observó la libreta.

—¿De verdad necesitábamos ponerle nombre?

Michael levantó la mirada.

—Toda operación importante necesita un nombre.

Richard se sentó frente a él.

—No es una operación militar.

—Eso dices tú.

—Es una conversación cuidadosamente preparada.

Michael escribió debajo:

OPERACIÓN: CONVERSACIÓN CUIDADOSAMENTE PREPARADA.

Emma soltó una carcajada.

—Eso es todavía peor.

Jack se inclinó para mirar.

—¿Puedo participar?

Michael negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque eres demasiado atractivo.

Jack parpadeó.

—No esperaba que esa fuera la razón.

Michael lo señaló.

—Un hombre como tú entrando en la vida de James podría levantar sospechas.

Emma sonrió.

—Michael acaba de encontrar una excusa elegante para decirte que no confía en ti.

—Gracias, Emma.

—De nada.

Paul intentó contener una sonrisa.

Pero la situación era demasiado seria para tomarla completamente a broma.

Volvió a mirar el documento.

El nombre de James Harrison aparecía relacionado con la empresa que Victoria había encontrado entre los archivos de Catherine.

Y eso cambiaba todo.

—Necesitamos saber si James sigue involucrado —dijo Paul.

Richard asintió.

—Y, sobre todo, necesitamos saber qué relación tenía con Catherine.

Elizabeth tomó el documento.

—Hay algo que no entiendo.

—¿Qué?

—Si James realmente está involucrado, ¿por qué esperar tantos años?

Richard respondió:

—Porque quizá no estaba involucrado desde el principio.

Paul levantó la mirada.

—O quizá empezó después.

—Exactamente.

Michael cerró la libreta.

—Entonces necesitamos hacer que crea que sabemos algo que en realidad no sabemos.

Paul sonrió lentamente.

—Eso puede funcionar.

Elizabeth lo miró.

—¿Qué tienes en mente?

Paul apoyó las manos sobre la mesa.

—Una información falsa.

Richard entendió inmediatamente.

—Le damos a James un dato que solamente nosotros conoceremos.

—Exacto.

—Y esperamos.

Michael volvió a abrir la libreta.

—Eso sí me gusta.

Emma preguntó:

—¿Qué información?

Paul miró el documento.

—La llave.

Todos guardaron silencio.

La pequeña llave marcada con 17-B estaba todavía dentro de la caja que Victoria había encontrado.

—James no sabe que existe —continuó Paul—. Al menos eso creemos.

—Entonces podemos hacerle creer que hemos encontrado la caja completa —dijo Elizabeth.

Richard asintió.

—Pero necesitamos que la información llegue hasta él.

Michael sonrió.

—Yo tengo una idea.

Todos lo miraron con desconfianza.

—No.

Michael frunció el ceño.

—Ni siquiera la he dicho.

—Precisamente —respondió Richard.

Dos horas después, Michael apareció en el pueblo con una misión.

Era una misión sencilla.

Demasiado sencilla.

Tenía que dejar caer, de manera aparentemente accidental, que Paul había encontrado un antiguo documento.

Pero Michael tenía un problema.

No sabía ser discreto.

Entró en la cafetería, se acercó a una mesa donde había dos conocidos de la familia y dijo en voz suficientemente alta:

—¡No puedo creer que Paul haya encontrado el documento 17-B!

Elizabeth, que estaba limpiando una taza a pocos metros, cerró los ojos.

Richard, detrás del mostrador, murmuró:

—Dios mío.

Michael continuó:

—Y ahora resulta que también existe una caja.

Richard se llevó una mano a la frente.

—Lo va a arruinar.

Pero entonces ocurrió algo inesperado.

Uno de los hombres de la mesa levantó la cabeza.

—¿Qué caja?

Michael sonrió.

—¿Caja?

—Sí.

Michael fingió ponerse nervioso.

—No debería haber dicho eso.

Los hombres se miraron.

Michael tomó rápidamente una bandeja.

—Olviden lo que escucharon.

Y se marchó.

Richard se acercó a Elizabeth.

—Eso fue horrible.

Ella negó con la cabeza.

—Espera.

—¿Qué?

—Funcionó.

Richard miró hacia la mesa.

Uno de los hombres ya estaba enviando un mensaje.

A varios kilómetros de allí, James Harrison recibió el mensaje.

“Paul ha encontrado el documento 17-B. También sabe de la caja.”

James lo leyó dos veces.

Su rostro cambió.

Se levantó de su escritorio.

—No.

Caminó hasta la ventana.

—Eso no puede ser.

Tomó el teléfono.

Marcó un número.

—¿Estás seguro?

La voz al otro lado respondió:

—Eso es lo que me dijeron.

James apretó la mandíbula.

—¿Quién lo sabe?

—Paul. Richard. Michael.

James se quedó inmóvil.

—¿Elizabeth?

—No lo sabemos.

James miró hacia la puerta.

—Necesito que averigües dónde está esa caja.

—¿Y si ya la tiene Paul?

James respondió inmediatamente:

—Entonces averigua dónde la va a llevar.

Colgó.

Respiró profundamente.

Y por primera vez en muchos años, parecía verdaderamente preocupado.

En la casa de Elizabeth, Paul recibió un mensaje.

“James acaba de contactar a alguien.”

Paul levantó la mirada.

—Funcionó.

Elizabeth se acercó.

—¿Cómo lo sabes?

Paul le mostró el teléfono.




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